Mis amigas no me salvan

Sobre los grupos de amigas se proyecta hoy una promesa de cuidado e incluso de salvación. Esa promesa tiene razones históricas y políticas comprensibles, pero también puede fabricar una ficción nueva: la de un vínculo inmune al conflicto, ajeno a la diferencia y limpio de toda ambigüedad.

por Elvira Navarro

Identidad y amistad

 En Tierra de empusas, la novela más reciente de la premio Nobel Olga Tokarczuk, el joven polaco Mieczyslaw Wojnicz, enfermo de tuberculosis, acude a un sanatorio situado en la alta montaña y se aloja en una pensión para caballeros. Los huéspedes de la pensión proceden de toda Europa y son variopintos. Sin embargo, están unidos por algo: la conversación sobre las mujeres. Sus conclusiones no son buenas. La novela se ambienta en 1913 y recoge todas las opiniones misóginas vigentes en aquella época, algunas con argumentos pseudocientíficos basados en el menor tamaño del cerebro femenino, que hacía que se las considerara ineptas para todo lo intelectual.

  Wojnicz no acaba de sentirse cómodo entre esos hombres. Él es huérfano de madre y a menudo recuerda a su niñera, el único ser que le dio un poco de amor en una infancia al cuidado de un padre áspero y avergonzado de la condición de su hijo. Aunque esta condición solo la averiguaremos al final de la historia, sobre ella se van dando numerosas pistas, como, por ejemplo, que nuestro protagonista suba al cuarto de la fallecida mujer del dueño de la pensión para probarse su ropa.

Wojnicz se siente defectuoso porque no tiene una identidad definida y no cabe en ningún grupo. No acaba de ser un hombre, tampoco una mujer. Cuando el médico que le trata la tuberculosis descubre lo que le sucede: el joven le dice lastimeramente que él es una anomalía y que más le convendría morirse. Para su sorpresa, el médico le quita hierro al asunto argumentándole que las cosas no son necesariamente ni de una forma ni de otra, y que la experiencia solo se aviene a categorías simples en las ficciones humanas. Como las personas no estamos seguras de nosotras mismas, le explica el doctor, inventamos un sistema estable y rígido que simplifique lo real: el pensamiento binario, basado en antítesis. 

La mente establece un conjunto de contradicciones manifiestas (blanco-negro, día-noche, arriba-abajo, mujer-hombre) y son esas las que determinan toda nuestra percepción. No hay nada intermedio. El mundo visto así es infinitamente más sencillo, es fácil navegar entre esos dos polos, es fácil establecer normas de conducta y en particular es fácil juzgar a los demás, reservándose para uno mismo el lujo de la ambigüedad.

Aunque Wojnicz no se siente bien entre los huéspedes de la pensión, sí logra tener un buen amigo allí: Thilo, un chico jovencísimo que también es distinto, en este caso por ser homosexual. Los homosexuales tampoco estaban muy bien vistos en 1913. Thilo y Wojnicz se identifican, en primer lugar, porque no son iguales al resto de los hombres que moran allí, y esa identificación origina su amistad. Lo no normativo es la base de su entendimiento, de la misma manera que lo normativo es lo que permite al resto de hombres de la pensión la camaradería. Estructuralmente, el fundamento de ambos vínculos es el mismo, la identificación. 

Sin embargo, mientras que cualquier lector empatiza con Thilo y Wojnicz, no lo hace con el resto de los hombres. No es solo porque la voz narradora se posicione con ellos, que también, sino porque estos hombres hacen proselitismo de lo que les permite entenderse: su identidad les parece mejor que la de las mujeres, mejor que la de los homosexuales, mejor que la de los seres ambiguos como Wojnicz, que ha de disimular ante el mundo que es alguien distinto a lo que de verdad es. Estos señores (¡señoros!) nos resultan antipáticos porque juzgan a los demás. Quieren imponer lo que es válido o no, lo bueno y lo malo, alzándose ellos como medida de todas las cosas. En este marco, resulta imposible la amistad con alguien diferente.

Como las personas no estamos seguras de nosotras mismas, le explica el doctor, inventamos un sistema estable y rígido que simplifique lo real: el pensamiento binario, basado en antítesis.

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¿La amistad es siempre un vínculo entre iguales?

"Ya no creamos comunidades de amigos, sino burbujas de iguales", decía Marina Garcés en una entrevista reciente en el diario El País. La filósofa catalana se preguntaba en qué medida estamos confundiendo la necesidad de seguridad con el deseo de amistad. “Los amigos nos pueden dar apoyo o acompañamiento porque son prácticas que vemos desintegrarse en otros ámbitos de lo social, lo laboral o lo familiar. Pero cuando la amistad es vista como una terapia, esta idea de que mis amigas son mi salvavidas, se apuesta por una reducción de la aventura de la amistad en sí misma”.  

Las palabras de Garcés hacen referencia a los dos asuntos que quiero plantear aquí. El primero es una consecuencia de la afirmación “Ya no creamos comunidades de amigos, sino burbujas de iguales”, a saber: la presuposición de que antes sí existía un mundo donde los grupos de amigos estaban dispuestos a no privilegiar la identificación para encarar la aventura de forjar una relación con alguien distinto. ¿De verdad existía un mundo así, o las palabras de Garcés solo apuntan a la potencialidad de la amistad, a lo que este tipo de vínculo puede propiciar, y también a que ahora estamos limitando esa potencia? ¿Y de qué manera lo certificamos? ¿Valdría aquí mi propia experiencia?

Como no creo en que se puedan establecer generalidades desde la experiencia personal, y como además en este asunto podríamos matizar incesantemente dependiendo de lo que queramos entender por igualdad y diferencia (o en cuántos grados medimos cada una según el contexto), me voy de nuevo al ejemplo de las relaciones que se establecen en la novela de Olga Tokarczuk, pues ahí igualdad y diferencia se delimitan en la trama. Lo que observamos en Tierra de empusas es que, si bien Thilo y Wojnicz se hacen amigos porque en primer término se reconocen como no normativos, lo cierto es que podrían haberse integrado bien con el resto de hombres si estos no hubieran despreciado la masculinidad no hegemónica de ambos. Si el resto de hombres hubiera aceptado esa “aventura” de la amistad en sí misma, como adentrarse y abrazar una identidad distinta. Sin embargo, y como le dice el médico a Wojnicz, eso pasaría por renunciar a la propia seguridad y al juicio sobre los demás.

La segunda de las afirmaciones de Garcés a la que quiero darle vueltas tiene que ver con esta necesidad de seguridad, a partir de la cual hoy, según la filósofa, los grupos de amigos serían más que nunca burbujas de iguales en las que refugiarnos de la hostilidad del mundo (a los “no iguales” los percibimos, por tanto, no como algo en principio neutro, sino peligroso, tal y como sucede en Tierra de empusas). La pensadora, además, conjugó esta necesidad de un espacio seguro en femenino: “esta idea de que mis amigas son mi salvavidas”, decía en la entrevista. 

Usar el femenino es muy oportuno porque, desde hace un tiempo, y feminismo mediante, asistimos a una reivindicación de la amistad entre mujeres. Se está hablando y escribiendo mucho de la amistad femenina en la medida en que se concibe como espacio seguro y como resistencia o acto político. El asunto me apela porque soy mujer, feminista y tengo amigas: se supone que estoy de suerte. Sin embargo, esta concepción redentora de los grupos de amigas me produce un rechazo parecido al que Wojnicz siente cuando escucha a los hombres hablar mal de las mujeres. 

En qué medida estamos confundiendo la necesidad de seguridad con el deseo de amistad cuando la amistad es vista como una terapia, esta idea de que mis amigas son mi salvavidas, se apuesta por una reducción de la aventura de la amistad en sí misma.

 Universalizar la experiencia personal a partir de que lo personal es político

Bajo el paraguas de que “lo personal es político” nos hemos ido acostumbrando a un tipo de ensayo que analiza la esfera privada para señalar de qué manera el sistema de poder se encarna y se sostiene a través de los vínculos personales. Esta perspectiva ha alumbrado la conexión entre la esfera íntima y las grandes estructuras sociales y políticas, pero también ha originado el establecimiento de categorías generales que, muy interesadamente, aspiran a ser inamovibles en su significación. 

Recalco lo de “interesadamente” porque, cuando se trata de pensar nuestra vida personal, tenemos demasiado interés en alinear las conclusiones con nuestra circunstancia, deseos y credos. Puesto que la realidad es rica en casuística, podemos caer en la tentación de catalogar los vínculos según nos haya ido en ellos, construyendo teorías que elevan la experiencia de unos pocos, o de muchísimos, a verdad universal: la pareja hetero como ideal total o lo contrario, como dominación patriarcal (y entonces aparece el lesbianismo político o el meterse en un convento como única salida); la familia tradicional como reproductora del sistema capitalista, como resistencia al neoliberalismo o como un orden establecido con un propósito espiritual (estas tres maneras de considerar la familia pueden, a su vez, combinarse entre sí), la monogamia como un modelo de pareja opresivo frente al alegre y liberador poliamor o al revés: el poliamor como falta de compromiso y blanqueamiento de la infidelidad. La maternidad como servidumbre o como realización natural. Etcétera.

Así enunciado, todo este panorama apriorístico en la consideración de las relaciones humanas resulta absurdo. La única conclusión evidente es la contraria: que no valen las generalizaciones. Podemos atribuir una variedad de significados a los vínculos precisamente porque estos jamás se experimentan del mismo modo ni encarnan los mismos valores. Sin embargo, la evidencia da igual frente a eso que nos gusta tanto a los humanos: tener razón, sentir que estamos en el lado correcto, establecer, como le explicaba el médico a Wojnicz en Tierra de empusas, un sistema de pensamiento estable y rígido, el binario, que simplifica lo real para convertirlo en una ficción aparentemente tranquilizadora donde lo bueno está siempre de un lado y lo malo de otro. 

Asistimos desde hace unos años a una absurda pelea sobre cuáles son los mejores (¡y los peores!) tipos de vínculo, como si la realidad obedeciera a apriorismos ideológicos o conceptuales y como si, y esto es lo más incomprensible, ahora mismo alguien nos obligara a algo. A casarnos o a no casarnos. A ser heteros o a no serlo. A tener una familia tradicional, o una que no lo es, o ninguna. Y cuando no podemos hacer teoría de ello, establecerlo como ley al igual que Dios con su dedo en las tablas de Moisés, creamos tendencias. Sobre todo, por cierto, en revistas de moda para mujeres. “En cuanto alguien dice ‘mi novio’ en las redes sociales la silencio inmediatamente”, empezaba diciendo una periodista británica en Vogue en un artículo reciente sobre lo poco cool que ahora resulta presumir de novio en las redes sociales. El artículo presentaba argumentos de esta guisa: “En el podcast The Delusional Diaries, liderado por dos influyentes neoyorquinas, Halley y Jaz, se debatió sobre si tener novio hoy en día es ‘de cutres’. ‘¿Por qué tener novio parece de republicanos?’, rezaba uno de los comentarios más leídos, con 12.000 likes”.

Aunque la amistad lleva siglos siendo pensada y elogiada, se había mantenido en un discreto segundo plano, a salvo de la excesiva categorización, de que le cayeran demasiadas idealizaciones y expectativas. Sin embargo, esa zarpa ya se posa sobre ella, y a veces con la mejor de las intenciones, como es la de aplaudir la amistad entre las mujeres.

¿Por qué la amistad en femenino?

Los grupos de amigas son hoy celebrados y reivindicados. En pancartas de manifestaciones feministas leemos lemas como “El amor existe, son mis amigas”, “Me cuidan mis amigas, no la policía”, “La amistad entre mujeres es supervivencia” y similares; también se escriben ensayos reivindicativos sobre la amistad femenina como un tipo de vínculo potencialmente liberador y empoderador. El feminismo da muchas razones y todas son convincentes: porque la cultura patriarcal le ha dicho a la mujer que su relación más importante ha de ser con su marido e hijos (y en ese contexto el grupo de amigas sí puede ser liberador). Porque deshace la concepción, impuesta por el machismo, de que la relación entre las mujeres solo puede ser la de rivalizar por los hombres. Por sufrir situaciones de opresión que pueden ser reconocidas y denunciadas con más eficacia desde la acción grupal. 

Aunque la amistad lleva siglos siendo pensada y elogiada, se había mantenido en un discreto segundo plano, la zarpa de las idealizaciones y expectativas ya se posa sobre ella, y a veces con la mejor de las intenciones, como es la de aplaudir la amistad entre las mujeres

Pero todo esto debe leerse en un marco político. La política nunca es sutil, sino todo lo contrario al tratarse de una llamada a la acción. Para movilizar, usa consignas. Tenemos un problema cuando nos llevamos la consigna a nuestra vida personal, porque, de la misma manera que el príncipe azul nunca existió, las amigas que responden a una idea idealizada y salvífica de la amistad femenina tampoco, por más que haya grupos de amigas que funcionen estupendamente. Por otra parte, y aunque le queramos dar siempre un sentido positivo, el énfasis puesto en la A de amiga no deja de ser la celebración de una identidad. Porque ¿qué define esa A? Desde luego, no es un lugar vacío, porque usa el femenino. Sin embargo ¿qué es lo femenino y cuántas mujeres responden a eso? ¿Acaso hay una dinámica relacional genuinamente femenina? ¿Es siquiera deseable que la haya? ¿Y qué hacemos entonces con las mujeres que no la cumplen? ¿No estamos cayendo en el esencialismo, en huir de una normatividad para caer en otra? ¿De qué estamos hablando? 

Espacios seguros

Los espacios seguros son zonas diseñadas para que los grupos marginales puedan reunirse y expresarse libremente sin temor a reacciones violentas, y aparecieron en los años sesenta en Estados Unidos en el marco de los movimientos LGBT+ y feministas. Tenían, y siguen teniendo, todo el sentido cuando, en efecto, hay violencia, y lo pierden cuando decidimos llamar violencia a casi cualquier cosa que nos perturbe. 

El uso del término “seguro” se ha ampliado a la vez que la concepción de la mujer como alguien que siempre necesita protección, asunto este que, formulado en estos términos, parece propio de una concepción heteropatriarcal de la mujer: un ser débil al que hay que amparar y tutelar. Pero la paradoja aquí es que esto ha venido propiciado por cierto feminismo actual, el que considera que los hombres son siempre potenciales agresores y las mujeres siempre víctimas potenciales, de tal manera que “espacio de seguridad” se emplea en no pocos ámbitos feministas donde no solo no es necesario, sino que, a mi entender, resulta contraproducente, por ejemplo, en espacios de debate o culturales solo de mujeres, que se presentan como seguros. Cuando veo esto, me preocupa, pues estamos dando a entender que las mujeres solo podemos hablar entre nosotras y que no somos capaces de hacer frente mediante la palabra a quienes nos confrontan. Asimismo, cuando el término se aplica a espacios donde lo que se pone en juego es la palabra, se da por hecho una unanimidad, como si las mujeres, por serlo, nos posicionásemos todas en el mismo lugar y no existieran fricciones ni violencia entre nosotras.

La idea de que mis amigas son un espacio de seguridad bebe de este marco de acción política, y el problema aquí no es la seguridad en sí misma (sentirme seguro entre mis allegados es reconfortante y necesario), sino el convertir los espacios cerrados e identitarios (en este caso, mi grupo de amigas) en la condición ideal para la seguridad. Creo que no hace falta insistir en lo que significa eso, especialmente a nivel político: no hay más que mirar en quiénes son los que pregonan que todo iría mejor si solo nos juntáramos entre nosotros.

¿Qué es la amistad?

A la pregunta de en qué consiste el amor, el escritor Rafael Reig respondía en una entrevista para la revista República de las Letras que cada amor es diferente. Que hay que inventarlo. Él se refería a la pareja, pero sus palabras son aplicables a la amistad, que también es un tipo de amor. Decía: “No está ahí, no es un modelo, no es lo que sale en las películas, no es lo que se lee en las novelas, no es disciplina social. Es un acto libre y, por lo tanto, rebelde y absolutamente único”. ¿No son preciosas y ciertas estas palabras?

El mundo no responde a patrones rígidos. La amistad no siempre resulta mejor entre una mujer y otra antes que entre un hombre y una mujer. Hay grupos de amigas que resultan opresivos con la mejor de las intenciones (políticas o sin ellas). Hay mujeres a las que no les gusta estar en grupos (ni de hombres ni de mujeres), o cuya mejor amiga es un hombre. Cuando los grupos de amigos funcionan a largo plazo, es muy difícil establecer patrones comunes, y en cualquier caso funcionan porque se ponen en juego otras cosas alejadas de la identidad: por ejemplo, la aceptación de la diferencia (con el tiempo todos nos convertimos en otras personas), y el perdón (nos vamos a poner a prueba muchas veces, y necesitaremos que nos comprendan y perdonen).

¿Ya no creamos comunidades de amigos, sino burbujas de iguales? Esta era otra de los asuntos que dije al principio del artículo que iba a tratar aquí. En verdad, no me atrevería a afirmar nada porque la casuística provee de respuestas para cualquier cosa, pero entiendo esa afirmación de Marina Garcés en el contexto actual, tan agresivo y polarizado, donde incluso las opiniones distintas a las nuestras las percibimos como amenazas. Y aquí tiene razón la pensadora cuando señala que todos perdemos si nos conformamos con que nuestras amistades sean solo “burbujas de iguales” y desertamos de la aventura de abrirnos al otro, de comprender y dialogar con sus razones. Es más: si la amistad tiene tan buena prensa, es por esto mismo, por la potencial libertad que permite el vínculo, que lo es en primer término con respecto a nuestra propia identidad: en ese encuentro con el otro dejamos de aferrarnos a lo que somos y pensamos. Y además no le damos tanta importancia si fracasa precisamente porque no hemos esperado tanto de ella, como sí lo hacemos de la pareja o la maternidad. Entre lo mucho que se está escribiendo hoy sobre la amistad, a veces leo alegatos para que los amigos sean tan centrales como la familia o la pareja, y eso me parece un error, pues implica poner un exceso de expectativas en un vínculo cuya potencia ha residido en verse más libre de ellas.

Al final de Tierra de empusas, Wojnicz, que no era ni hombre ni mujer, termina haciendo una elección sobre su identidad. La elección no le lleva a buscar un grupo donde esta nueva identidad sea subrayada ni celebrada. En realidad, salvo un par de datos asépticos, no se dice nada sobre la vida que a partir de ese momento decide vivir, eso se deja a la imaginación del lector. En la mía él, o ella, ha aprendido a alejarse de los grupos cuya cohesión depende de realzar todo aquello que los hace sentirse seguros y mejores, porque eso es siempre a costa de dejar a alguien fuera.

El mundo no responde a patrones rígidos, la amistad no siempre resulta mejor entre una mujer y otra antes que entre un hombre y una mujer