Pandas, espías y elefantes en el Berlín comunista
En el Berlín comunista, la policía secreta le regalaba osos al zoo, una panda china rechazada por Estados Unidos se alquilaba por tres semanas, un ciervo llegado de Vietnam se llamaba Dien Bien Phu y un aligátor llevaba el nombre de Mao. Todos pasaron por el Tierpark, el zoológico que la República Democrática Alemana inauguró en su capital en 1955 para competir con el del Oeste y que terminó convirtiéndose en uno de los lugares más queridos de la ciudad. Entre animales exóticos, espías y rivalidades de la Guerra Fría, el parque fue un escenario privilegiado de la vida cotidiana del socialismo. Durante más de tres décadas lo dirigió Heinrich Dathe, un zoólogo con pasado nazi que se volvió una celebridad popular en la Alemania Oriental y cuya suerte cambió con la reunificación
por Mariano Schuster
Una panda en el Berlín comunista
En las primeras horas de la noche del 2 de agosto de 1958, un camión de carga llegado de Copenhague entró lentamente en Berlín Oriental y enfiló la avenida arbolada que llevaba hacia el Tierpark, el flamante zoológico de la Alemania comunista. Dentro de una gran caja de madera atada al acoplado viajaba Chi-Chi, una hembra de panda gigante de apenas un año y medio. Atrapada por cazadores chinos en los bosques de la provincia de Sichuan en el verano de 1957, Chi-Chi había pasado fugazmente por el Zoológico de Pekín hasta que el comerciante austriaco Heini Demmer la adquirió mediante un insólito trueque en el que, a cambio de la panda, les entregó a las autoridades chinas un cargamento entero de jirafas, cebras, rinocerontes e hipopótamos africanos. Aunque poco tiempo después Demmer se aseguró la venta de Chi-Chi al Brookfield Zoo de Chicago, el secretario de Estado norteamericano, John Foster Dulles, no estuvo dispuesto a hacer excepciones con nada que llegara de la China de Mao, ni siquiera con un oso panda, por lo que, amparado en la Ley de Comercio con el Enemigo y en un estricto embargo que prohibía la importación de más de cuatrocientas mercancías comunistas, le denegó a Chi-Chi el permiso de ingreso al país. Con la venta caída y la panda varada en Europa, Demmer, que necesitaba dinero para mantenerla, la llevó de gira por los zoológicos de Frankfurt y Copenhague.
Heinrich Dathe, el director del zoo del Berlín rojo, seguía el recorrido de la panda con la ambición de un coleccionista, pero estaba muy lejos de tener los 200.000 marcos que Demmer pedía por ella. La urgente necesidad de conseguir una atracción capaz de robarle visitantes al zoo «burgués» del Oeste lo llevó a cerrar con el comerciante un trato más modesto, una suerte de alquiler por tres semanas que el propio Dathe presentó en la prensa como un gesto de gratitud de Demmer hacia el Tierpark. En Friedrichsfelde, el viejo parque señorial del este de la ciudad donde funcionaba el zoológico, Chi-Chi se adaptó rápidamente a su recinto circular de una austeridad muy socialista. Tenía piso de hormigón, un bebedero, un tronco seco para trepar y, como único lujo, un subibaja de madera.
Entre el 2 y el 26 de agosto, más de 400.000 personas llegadas del Este y del Oeste de un Berlín todavía sin Muro se agolparon ante las barandas de alambre para contemplar a un animal que hasta entonces solo conocían por las enciclopedias ilustradas o las crónicas de aventureros y expedicionarios. A diferencia de Happy, el panda que antes de la guerra había pasado brevemente por la ciudad devorando hectáreas de bambú, Chi-Chi estaba adaptada a una dieta de sustitución digna de un comedor obrero: raciones de arroz con huevo, bananas, manzanas, naranjas, leche en polvo y vitaminas, tres veces al día. Mientras la multitud seguía cada bocado de Chi-Chi como si fuera un espectáculo, los zoólogos del Tierpark aprovechaban cada minuto. Sabían que la panda se iba en tres semanas, así que guardaban mechones de su pelo en sobres de laboratorio y llenaban cuadernos con dibujos en los que registraban cómo se sentaba a comer, cómo se rascaba y cómo trepaba al tronco.
Pese a que Berlín Oriental ostentó durante tres semanas un tesoro que el Oeste miraba con envidia, la travesía de Chi-Chi apenas estaba comenzando. En septiembre de 1958, la Sociedad Zoológica de Londres le pagó a Demmer 12.000 libras esterlinas y se quedó con la panda. Ya instalada en Regent’s Park, Chi-Chi se convirtió en una verdadera celebridad, al punto que el naturalista Peter Scott la inmortalizó en 1961 al dibujarla como símbolo del Fondo Mundial para la Naturaleza, transformando a la criatura proscrita por Washington en el rostro del ecologismo global. Pero la panda más famosa del mundo seguía soltera, y en todo Occidente no había un solo panda macho que pudiera cambiar eso. Para romper esa soledad, la diplomacia tuvo que abrir una grieta en la Cortina de Hierro y en marzo de 1966, los británicos y los soviéticos acordaron enviar a Chi-Chi al Zoológico de Moscú durante siete meses para aparearla con An-An, el único panda macho que vivía fuera de China. Pero aunque en Moscú Chi-Chi se volvió adicta al té dulce que le preparaban los cuidadores, al cariñoso An-An lo recibió a zarpazos limpios. Por lo visto, en plena ruptura entre Pekín y el Kremlin, ni siquiera los pandas chinos lograban entenderse en territorio soviético. El segundo intento, en Londres en 1968, terminó igual, y cuando murió, en 1972, a los dieciséis años, Chi-Chi había cruzado más fronteras que la mayoría de los ciudadanos de la República Democrática Alemana.
A Chi-Chi, una panda llegada de China, Estados Unidos le cerró las puertas por el embargo a los productos comunistas. Berlín Oriental la recibió durante apenas tres semanas, pero alcanzaron para que más de 400.000 personas fueran a conocerla.
El zoológico del pueblo
Tres años antes de la llegada de Chi-Chi a Berlín Oriental, la inauguración del Tierpark, el 2 de julio de 1955, había sido una puesta en escena montada contra reloj, con un ojo en la ideología y el otro en el mapa de la ciudad. Después de la división de Berlín en sectores de ocupación al final de la Segunda Guerra, la dirigencia de la Alemania comunista había tenido que aceptar con irritación que el viejo Jardín Zoológico de Berlín, fundado en 1844 en el céntrico barrio de Tiergarten, hubiera quedado por completo en el sector occidental. A los berlineses del Este esa irritación les importaba poco, y eran miles los que seguían cruzando a diario una frontera todavía permeable para visitar el viejo zoo. Pero para que el salario de los obreros del Este dejara de pagar la carne de los leones del Oeste capitalista, el municipio de Berlín Oriental dirigido por Fritz Ebert aprobó en agosto de 1954 la creación de un zoológico propio. Como mostraron las historiadoras Mieke Roscher y Anna-Katharina Wöbse al estudiar los zoológicos de los dos Berlín durante la reconstrucción de posguerra, desde un inicio el objetivo del Tierpark iba a ser doble. Por un lado, debía darles a los berlineses del Este un paseo propio sin necesidad de cruzar la frontera. Por el otro, tenía que demostrarle al Oeste que, también en jirafas y elefantes, el socialismo podía superar al capitalismo. El lugar elegido para levantar el reino animal del marxismo-leninismo fueron las 160 hectáreas del parque del castillo de Friedrichsfelde, la antigua finca de la familia von Treskow, expropiada tras la derrota del nazismo. La vieja nobleza le dejaba su parque al zoológico del pueblo.
El zoológico de Berlín Occidental podía presumir de tradición, pero estaba apretado en poco más de 30 hectáreas. El parque del Tierpark rojo disponía, en cambio, de más de cinco veces esa superficie para convertirse en el zoológico más extenso de Europa, aunque cuando abrió sus puertas solo había habilitado una tercera parte del predio. Para construir el zoo, la dirigencia comunista recurrió al Programa Nacional de Reconstrucción, el plan estatal de trabajo voluntario con el que las autoridades comunistas buscaban acelerar la recuperación de la ciudad. Entre noviembre de 1954 y julio de 1955, brigadistas de las fábricas estatales, empleados públicos, miembros de las Juventudes Libres Alemanas y amas de casa aportaron casi 700.000 horas de trabajo. Retiraron toneladas de escombros de la guerra, drenaron los terrenos pantanosos que rodeaban el lago del parque, cavaron zanjas y levantaron las primeras jaulas de madera para unos animales que todavía no habían llegado. En la Tercera Conferencia del Partido Socialista Unificado, los líderes de la RDA celebraron la obra del zoológico como un ejemplo de iniciativa popular en la edificación de la cultura socialista.
Para dirigir el rutilante Tierpark, las autoridades comunistas eligieron a Heinrich Dathe, un zoólogo de cuarenta y cuatro años formado en la Universidad de Leipzig bajo la tutela de Karl Max Schneider, el histórico director del zoológico de esa ciudad, célebre por sus investigaciones sobre el comportamiento de los animales. La biografía de Dathe no era exactamente la de un héroe antifascista. En 1932, con poco más de veinte años, se había afiliado al Partido Nazi, y durante la Segunda Guerra Mundial había servido en la Wehrmacht, la fuerza armada del Tercer Reich. Tras la guerra, la desnazificación que los soviéticos y los comunistas alemanes impulsaron en el Este lo dejó en la calle y, para mantener a su familia, llegó a ganarse unos billetes imitando cantos de pájaros en la radio local. Para recuperar su puesto como zoólogo, tuvo que someterse a una evaluación que determinara si había sido un nazi convencido. Como reconstruyó el periodista Jan Mohnhaupt en The Zookeepers' War [La guerra de los cuidadores del zoo], el testimonio de Heinz Keil, un sobreviviente de los campos de concentración que dirigía la administración del zoológico, terminó salvándolo del ostracismo. Después de varias conversaciones, Keil concluyó que Dathe nunca había sido un nazi convencido y firmó el certificado que le permitió volver al trabajo en julio de 1950. Dado que los elefantes y las cigüeñas no pedían certificado de antecedentes ideológicos, el Estado que se fundaba sobre el antifascismo adoptó el criterio de no ser más exigente que ellos.
Bajo, de anteojos gruesos y con un peculiar acento sajón, más que un cuadro del Partido, Dathe parecía un tipo bonachón con un expediente que nadie en Berlín Oriental tenía ganas de releer. Pese a su historial político, las autoridades que repetían permanentemente citas de Marx y de Lenin se encargaron de malcriar a su flamante director. Su primer contrato con el municipio, que el historiador Gary Bruce rescató en su libro Through the Lion Gate [A través de la Puerta de los Leones], le dio un sueldo modesto, pero acompañado de privilegios excepcionales en la RDA. Tenía veinticuatro días de vacaciones al año, prioridad en hoteles sindicales, acceso a revistas científicas occidentales traducidas y, sobre todo, el lujo absoluto de instalar su casa dentro del propio parque, con los flamencos y los leones de vecinos.
El Tierpark se construyó sobre las 160 hectáreas de una antigua finca aristocrática. Brigadistas de fábricas estatales, jóvenes comunistas y amas de casa aportaron casi 700.000 horas de trabajo voluntario para levantar el zoológico del pueblo.

Para que los alemanes del Este sintieran el zoológico como propio, Dathe se salteó la grandilocuencia ideológica y, en lugar de repetir consignas sobre el materialismo dialéctico, se adueñó del éter dominical para hablarles de animales. A las 8:30 de la mañana, cuando media RDA todavía andaba en pantuflas, su voz cálida entraba en millones de hogares a través de Escuchado en el Tierpark, el programa de la emisora estatal Berliner Rundfunk. Dathe anunciaba los nacimientos de la semana y explicaba la fisiología de las especies, pero también leía al aire cartas de chicos y jubilados, respondía con paciencia las dudas sobre el cuidado de canarios y perros y contaba las anécdotas cotidianas de los cuidadores del zoo. Durante años, Dathe tuvo también sus propios programas en la televisión de la RDA, como Teleencuentro en el Tierpark, pero el de radio fue el que más lejos llegó, con 1.774 emisiones, y terminó en 1991. Duró más que la RDA.
Por más popular que llegara a ser en la radio, Dathe no fue quien trazó los primeros planos del zoológico que iba a dirigir durante más de tres décadas. En 1954, antes de que asumiera la dirección del zoo, la obra ya había sido asignada a Heinz Graffunder, un joven proyectista respaldado por el arquitecto jefe de Berlín. Graffunder ideó un parque paisajístico de amplios espacios abiertos para bisontes, ciervos y camellos, y lo articuló en torno al castillo de los von Treskow y a los jardines que el paisajista Peter Joseph Lenné había diseñado en 1821. Algunos años más tarde, el mismo arquitecto que le dio a los bisontes su zoológico fue el encargado de construir el Palacio de la República, la catedral laica de la Alemania comunista en el centro de Berlín Oriental.
En el caluroso verano de 1955, el Tierpark tenía una extensión inmensa, pero apenas contaba con animales para poblarla. Los primeros habitantes llegaron gracias a una insólita cadena de donaciones institucionales. Del Zoológico de Halle entregó una cigüeña negra y un camello de dos jorobas, a los que una fábrica de colchones sumó más cigüeñas y la empresa estatal de pintura, unos guanacos. La prensa y los ministerios financiaron la fauna mayor. El diario oficial Neues Deutschland y el Ministerio de Industria Pesada pagaron un elefante cada uno, mientras que la empresa estatal de refrigeración, con cierta lógica, aportó osos polares. Las dos primeras elefantas del parque, Dombo y Bambi, cuyos nombres evocaban sospechosamente al cine de Disney, terminaron alojadas en un establo que iba a ser provisorio. Dos años después llegó la donación más elocuente. Los soldados y oficiales del Regimiento de Guardia, la unidad militar de élite dependiente del Ministerio para la Seguridad del Estado (la Stasi), juntaron de sus propios sueldos más de 7.600 marcos para regalar dos osos de los Andes. En la carta de entrega, los oficiales aseguraban que sus hombres habían colaborado «con alegría» para que el parque fuera el más hermoso de Europa. Antes de desplegar sus espías entre los cuidadores, la policía secreta ya se presentaba en sociedad como una amable benefactora de osos.
Cuando el 2 de julio de 1955 el presidente de la Alemania comunista, Wilhelm Pieck, y el alcalde de Berlín Oriental, Fritz Ebert, cortaron la cinta inaugural ante una multitud de más de 30.000 personas, el Tierpark se presentó oficialmente como el «zoológico del pueblo». Entre las autoridades y los invitados estaba, de modo completamente inesperado, Katharina Heinroth, la directora del Zoológico de Berlín Occidental. Dathe había exigido que la invitaran, pese a las dudas del aparato del partido, y había amenazado con renunciar si le impedían la entrada a su colega del Oeste. La colaboración no duraría mucho.
Heinrich Dathe había pertenecido al Partido Nazi, pero terminó convertido en una de las celebridades más queridas de la Alemania socialista. Nunca se afilió al partido gobernante y durante décadas entró cada domingo por la radio en millones de hogares para hablar de animales.
La guerra fría animal
A medida que las praderas del Tierpark se poblaban de manadas de ciervos, bisontes, antílopes y aves rapaces, la rivalidad entre Heinrich Dathe y Heinz-Georg Klös, nombrado director del zoológico occidental en 1956, se convirtió en un duelo en el que cada uno inventariaba los animales del otro como la CIA y la KGB contaban los misiles del enemigo. El historiador Clemens Maier-Wolthausen, que analizó esas relaciones en su libro Alphamännchen und hohe Tiere [Machos alfa y peces gordos], mostró cómo la disputa pública convivía con intercambios científicos y personales que seguían cruzando la frontera. Klös debía rendirle cuentas al Senado de Berlín Occidental y a un grupo de accionistas privados, lo que lo obligaba a amontonar la mayor variedad de especies posible en recintos modernos pero pequeños. Dathe, en cambio, dependía del presupuesto de un Estado socialista y tenía a su disposición un territorio casi ilimitado para diseñar paisajes enteros y mantener manadas de animales en un estado de semilibertad. En el Oeste sobraban accionistas y faltaba terreno. En el Este sobraban hectáreas y faltaban divisas.
La tensión entre ambos directores derivó en una carrera feroz por la primacía técnica y la adquisición de especies exóticas. Según Mohnhaupt, durante una visita oficial al sector occidental para la inauguración de las nuevas instalaciones de elefantes, Dathe comentó ante la prensa que los ejemplares de Klös le parecían «algo enclenques». La chicana subió de tono hasta terminar en empujones junto a la baranda de la jaula de los elefantes. Pero el sarcasmo de Dathe no se limitaba a los animales del Oeste. En una reunión con sus colegas llegó a servir Klösschen, las típicas albóndigas de papa alemanas, solo para divertirse a costa del parecido con el apellido de su rival. Como resumió Jürgen Lange, que dirigió durante años el acuario del zoológico de Berlín Occidental, si un zoológico compraba un burro enano para la sección infantil, el otro respondía con un asno mamut, una raza de burros gigantes. La Guerra Fría también tenía su carrera armamentista en versión burro.
Dathe aprendió rápido a convertir la paranoia oficial ante el brillo del Oeste en su mejor palanca de extorsión presupuestaria. Según afirma el historiador Gary Bruce en Through the Lion Gate, hacia 1960, cuando el zoológico occidental construyó una moderna casa para los monos y empezó a gestionar la compra de veintidós chimpancés, Dathe mandó un informe al municipio de Berlín Oriental advirtiendo sobre el peligro real de una «migración masiva de visitantes hacia el zoológico del Oeste». Si no le aprobaban los fondos, amenazaba con reducir la colección del zoológico comunista en un 60 por ciento, deshacerse de elefantes, bisontes y antílopes y dejar que la «propaganda enemiga occidental» presentara al parque rojo como un zoológico en decadencia. El presupuesto fue aprobado, y el Tierpark tuvo su propia casa de monos completamente climatizada. Las exigencias de Dathe, sin embargo, irritaban a las alturas del poder, y las quejas de dos ministros terminaron sobre el escritorio del alcalde Fritz Ebert. Erich Mielke, el jefe de la Stasi, no podía creer que, después de que su ministerio le aprobara dinero para una nueva jaula de fieras, el director le contestara por escrito que la suma le parecía insuficiente y le pidiera más. Willi Stoph, el ministro de Defensa, estaba exasperado por la insistencia de Dathe en organizar campañas de donación a beneficio del zoológico entre los reclutas del Ejército Popular Nacional. Pocos ciudadanos de la República Democrática Alemana podían darse el lujo de decirle al jefe de la Stasi que su dinero no alcanzaba.
La ambición de Dathe y del arquitecto Heinz Graffunder alcanzó su punto más alto en 1963 con la Casa Alfred Brehm, presentada como la instalación zoológica más grande del mundo, donde el público caminaba a la altura de las copas de las palmeras, entre murciélagos gigantes y aves tropicales. Pero la misma economía planificada que la había levantado podía dejar otras obras a mitad de camino, como la Casa de los Tapires. Prevista desde mediados de los años 50 para alojar tapires de Malasia, la obra empezó en 1962, pero en 1967, cuando terminaron de levantar la estructura, el gobierno desvió el acero y el hormigón hacia el centro de Berlín, donde hacían falta para remodelar la Alexanderplatz y construir la Torre de Televisión. Durante años, la obra quedó a medio hacer, convertida en un esqueleto de hierro oxidado cubierto de yuyos frente al cual los cuidadores tenían que improvisar explicaciones para los visitantes.
La Guerra Fría también tuvo su carrera armamentista zoológica. Si uno de los parques compraba un burro enano, el otro respondía con un asno mamut. La competencia entre sus directores llegó a terminar en empujones delante de los elefantes.
El comunismo animal y el vocabulario de Moscú
Mucho antes de que Berlín Oriental decidiera construir su zoológico socialista, Moscú ya había ensayado la transformación de un viejo jardín zoológico en una institución estatal dedicada a la educación popular y la investigación científica. El 27 de marzo de 1919, Lenin firmó el decreto que nacionalizaba el zoológico de la ciudad, y siete años después, en 1926, el antiguo «jardín zoológico» se convirtió oficialmente en «parque zoológico». Como cuenta el historiador John Kinder en su libro World War Zoos [Zoológicos en la guerra mundial], en octubre de 1937 la purga estalinista llegó a las jaulas, y el director y varios cuidadores fueron detenidos con acusaciones inventadas, como asustar a los osos con altoparlantes, envenenar a los animales con salchichas con estricnina o armar funciones de ballet en el zoológico. En agosto de 1948, cuando el agrónomo Trofim Lysenko impuso con el respaldo de Stalin su «darwinismo creativo soviético», el Zoológico de Moscú clausuró su exposición permanente sobre Darwin. Al año siguiente, las autoridades proyectaron reemplazarla por otra adaptada a la nueva doctrina oficial, pero los planes nunca llegaron a concretarse. Darwin había sido expulsado del zoológico en nombre del darwinismo.
Cuando esa concepción científica encontró terreno en la RDA, los ideólogos oficiales recurrieron a una lectura de Iván Pávlov que privilegiaba los reflejos condicionados y desconfiaba de atribuirles pensamientos o emociones humanas a los animales y, en ese marco, la revista médica oficial Tu salud empezó a tachar a los dueños de mascotas de desviados burgueses que malgastaban en animales la carne que debía consumir la clase trabajadora. La ciencia oficial, que le debía casi todo al perro de Pávlov, parecía desconfiar del perro del vecino. Para justificar esta teoría, los ideólogos del Partido se apoyaban en una lectura selectiva de los clásicos marxistas. En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels habían incluido a las sociedades protectoras de animales en su crítica del «socialismo burgués», aunque años más tarde, en sus cartas a su hija Eleanor, Marx hablaría con cariño de los gatos de la familia, Sambo, Blacky y Tommy, y le contaría que Sambo se había vuelto casi inseparable de él desde que ella se había ido a París. Sus herederos en el bloque del Este leyeron el Manifiesto, pero las cartas sobre los gatos nunca entraron en el canon.
Por más que la doctrina pretendiera moldear un «animal socialista» puramente utilitario, la vida cotidiana en la RDA tenía olor a alpiste para canarios, a pescado para gatos y a huesos para perros. Ajenos a los manuales del Partido, los ciudadanos desbordaban el correo de la radio con cartas para Dathe preguntándole cómo curarle la sarna a un perro o qué hacer si un loro dejaba de cantar. Entre el ideal revolucionario y la persistencia de los perros y los gatos se abrió una contradicción que las autoridades no sabían cómo resolver. La RDA ni siquiera tuvo una ley propia de protección animal y siguió aplicando, con apenas algunos retoques, la que se había sancionado en 1933, en el primer año del nazismo. Los democristianos de Gerald Götting, el pequeño partido tolerado por los comunistas en un Estado oficialmente ateo, insistieron durante décadas en reemplazarla, y cuando hizo falta un fundamento ético que pudiera convivir con el marxismo-leninismo, el único disponible fue la «reverencia por la vida» del médico y teólogo Albert Schweitzer. Con los años, la mirada oficial sobre los animales domésticos también cambió. En los años 70, los documentos del Estado ya presentaban la tenencia de perros, gatos y pájaros como una «necesidad cultural» y una «manifestación del progreso social en la RDA». Desde 1970, además, los perros comían un alimento balanceado que se llamaba Laika, como la perra que los soviéticos habían mandado al espacio, hasta que en 1972 lo reemplazó una versión mejorada con un nombre bastante menos cósmico, Goldy.
En el Tierpark vivían una elefanta llamada Unidad, un ciervo bautizado Dien Bien Phu y un aligátor que llevaba el nombre de Mao. En el Berlín comunista, hasta los animales exóticos podían convertirse en embajadores de las alianzas políticas del socialismo.
En las granjas y los establos de propiedad estatal, los animales eran engranajes de una maquinaria diseñada para medir la producción en toneladas de carne y litros de leche. Como señala la historiadora Anett Laue en Das sozialistische Tier [El animal socialista], el maltrato animal estaba castigado, pero provocar pérdidas importantes en los rebaños o en la producción ganadera podía merecer hasta dos años de cárcel. Para la ley, el sufrimiento de una vaca pesaba menos que los litros de leche que dejaba de dar. Pero en el Tierpark de Dathe, la dirigencia comunista le hacía lugar al afecto. Cada animal tenía su nombre escrito en una ficha médica, un cuidador que le cepillaba el lomo y una historia para contarles a los visitantes. De Vietnam del Norte desembarcó Kosko, una elefantita regalada por Ho Chi Minh que al llegar tenía el tamaño de una valija y corría libre por los caminos del zoo, jugando carreras con los chicos al lado del puesto de helados. También llegaron desde Vietnam otros animales como la elefanta Unidad y el ciervo Dien Bien Phu, bautizado en homenaje a la derrota de los colonizadores franceses. Desde Pekín llegó Mao, un aligátor (pariente lejano del yacaré) que terminó compartiendo el Tierpark con el resto de los embajadores animales del socialismo asiático.
Ese mundo de nombres propios y carreras con elefantes bebés junto al puesto de helados no tardó en llamar la atención de la burocracia. En 1965, la Ley sobre el Sistema Unificado de Educación Socialista clasificó al Tierpark como una institución cultural subordinada al Ministerio de Cultura y obligada a cumplir un plan de investigación científica, y desde entonces el zoológico se vio obligado a hablar en el idioma del Estado. Para los pedagogos oficiales, que desconfiaban de cualquier intento de presentar a los animales como pequeños seres humanos, explicarles a los chicos que un oso disfrutaba de su baño matinal era parte del léxico del sentimentalismo burgués. Lo que correspondía era el nombre científico de la especie y el principio de la «protección mediante el uso racional de la naturaleza», que la RDA terminaría escribiendo en su propia Constitución. Dathe aprendió a hablar los dos idiomas. Se presentaba a las reuniones ministeriales con semblante grave, firmaba los extensos borradores del plan de investigación y aceptaba la terminología oficial en los papeles. Después, el domingo a la mañana, se sentaba frente al micrófono de Berliner Rundfunk y le hablaba a su audiencia, con la misma voz de siempre, de sus cacatúas y sus camellos.
Al margen de los esquemas administrativos, la vida cotidiana dentro del Tierpark producía episodios de una afectividad que desbordaba cualquier planificación. Durante la estadía de Chi-Chi en 1958, Dathe se enteró de que una vecina de Berlín Oriental, postrada por una enfermedad grave, sufría por no poder ir a verla, e improvisó entonces una visita a domicilio. El director del zoológico metió a la panda en una pesada jaula de madera, la llevó en una camioneta hasta el barrio de la mujer y, con la ayuda de sus cuidadores, subió el cajón por las escaleras hasta un cuarto piso. En la penumbra del dormitorio, acomodó al animal junto a la cama y guió la mano de la enferma para que pudiera acariciarle el pelo.
Tres años después, cuando la madre del primer oso malayo nacido en el parque rechazó a su cría, Dathe se llevó a la cachorrita a su casa y la bautizó Evi. Durante meses, los chicos de la RDA siguieron por la radio la vida de la osita, que tomaba la mamadera en el living, perseguía una manzana como si fuera una pelota y se daba baños de espuma en la bañera del director del zoológico. Cuando sus garras empezaron a rayar los muebles de Dathe, la osa volvió al parque convertida en una celebrity.
En el Zoológico de Moscú, las purgas estalinistas de 1937 llevaron a la cárcel a su director y a varios cuidadores, acusados de asustar osos con altoparlantes, envenenar animales y hasta organizar funciones de ballet. Una década después, el zoológico clausuró su exposición sobre Darwin en nombre del darwinismo soviético.
Un servicio secreto en tierra animal
Mientras los chicos seguían por la radio las aventuras de los animales del Tierpark, el parque vivía bajo una mirada mucho menos afectuosa. Convertido en una de las vidrieras más relucientes de la RDA, el zoo recibía a diario a diplomáticos y turistas extranjeros, movía divisas y mantenía tratos comerciales con empresas del mundo capitalista. Para los ojos de la Stasi, esa apertura lo transformaba en un colador de espías que requería una vigilancia tan permanente como minuciosa. La sombra de la policía secreta no tardó en caer sobre la veterinaria. Desde la primavera de 1958, algunos de los más valiosos animales del zoológico empezaron a enfermarse y a morir de golpe en la paja de sus jaulas, apagándose sin síntomas claros. En febrero de 1959, la Stasi abrió una causa formal contra varios cuidadores. Entre las víctimas estaba un kulán, un rarísimo asno salvaje de pelo rojizo traído de las estepas soviéticas. En los legajos de la Stasi que el investigador Daniel Bosch estudió para el Archivo Federal alemán, la palabra que se repite es «sabotaje». Los agentes estaban convencidos de que infiltrados occidentales buscaban envenenar la fauna del pueblo para herir el orgullo de la patria socialista.
En un informe de 1959, la oficina de la Stasi en Lichtenberg anotó que, «estadísticamente», hasta el propio Dathe formaba parte del círculo de sospechosos, aunque enseguida lo descartó. Según los agentes, el director tenía una ambición extremadamente fuerte y sabía que solo en el Tierpark podía volverse grande y famoso, porque si se fugaba al Oeste difícilmente iba a encontrar un puesto parecido. El blanco principal de los investigadores fue, en cambio, un cuidador de veinticuatro años que los expedientes identifican con el seudónimo de Günther Rabe, empleado en el zoológico desde septiembre de 1955. La Stasi le contó sus sospechas a Dathe y, a través del propio director, le encargó a Rabe que informara cualquier anomalía que notara en los animales. En octubre de 1959, agentes de la Stasi revisaron a escondidas su oficina y se llevaron cartas privadas con sellos de Alemania Occidental y Checoslovaquia, varias pastillas sin etiqueta, un tubo con pasta rosa y un frasco de vidrio que llevaba la palabra «Jacutin». El laboratorio analizó todo. Las pastillas eran un preparado contra la falta de calcio. La pasta rosa era dentífrico para chicos. El Jacutin, un antiparasitario, resultó tóxico. La sospecha creció.
La trampa empezó a prepararse antes de que la investigación tuviera una carátula clara. El 20 de octubre de 1959, los agentes del departamento técnico de la Stasi entraron a escondidas en la oficina del cuidador y adulteraron el Jacutin con plata coloidal, una sustancia que podían rastrear después en los órganos de los animales muertos. Si encontraban plata, creían que podrían demostrar que el veneno había salido de ese frasco. El 6 de noviembre, la investigación recibió oficialmente el nombre de Operación «Kulán», en referencia al asno muerto. Una semana después, los agentes agregaron un segundo marcador, esta vez de oro, para reforzar la trampa. En los análisis posteriores, las autopsias encontraron plata en animales muertos, y el nivel del frasco había bajado. La Stasi creyó que tenía a su envenenador. El 19 de noviembre detuvo a Rabe y lo llevó a la cárcel preventiva de Pankow, aunque el pretexto oficial fueron cuatro tortugas de contrabando traídas de Alemania Occidental que encontraron escondidas en su casa.
La Stasi investigó durante años la muerte de animales del Tierpark, convencida de que existía una conspiración occidental. Llegó a adulterar un antiparasitario para incriminar a un cuidador, pero nunca pudo demostrar el sabotaje. Terminó convirtiendo a su principal sospechoso en informante.
Sin embargo, con Rabe entre rejas, el plan policial empezó a hacer agua. Los análisis siguieron encontrando plata en animales que habían muerto cuando el frasco ya estaba en manos de la Stasi, así que el metal no podía venir de ahí. Y el segundo marcador que los agentes habían agregado al Jacutin nunca apareció en ningún cadáver. Con los meses, la propia Stasi terminó admitiendo que parte de esos resultados se debían a errores en su propio trabajo. Aunque durante los interrogatorios la policía secreta no descubrió una red de sabotaje político, sí sacó a la luz una trama de contrabando bastante artesanal. Rabe compraba serpientes, tortugas y pequeños monos a comerciantes de Alemania Occidental y de Checoslovaquia, los recibía en la casa de su suegra, en Berlín Occidental, y los revendía en el mercado negro de la RDA con la ayuda de un compañero que, en realidad, trabajaba por encargo de la Stasi. El único sospechoso estaba preso y en el zoológico los animales se seguían muriendo. La Stasi nunca pudo demostrar que hubiera un saboteador ni determinar una causa única para las muertes.
Para una policía que no concebía una muerte sin un enemigo de clase detrás, cada animal envenenado era una conspiración y cada sospechoso podía ser un recurso. Así que, viendo que la acusación por sabotaje no aguantaba el menor análisis, la Stasi optó por una solución pragmática. Según el propio expediente, la pena por contrabando era un chiste comparada con el «valor operativo» que podían sacarle al cuidador. Poco antes de la Navidad de 1959, la policía secreta liberó a Rabe, lo transformó en un contacto y, en septiembre de 1960, lo convirtió en informante secreto y le asignó el seudónimo de «Rudi Waldvogel», traducible como «Rudi Pájaro del Bosque». Para que cajonearan la causa por contrabando, Rabe aceptó espiar para la policía secreta dentro del zoológico. La Operación «Kulán» se cerró oficialmente en 1962 sin un solo saboteador. La Stasi había buscado un envenenador y había encontrado un informante. Durante más de veinte años, hasta que una enfermedad grave lo obligó a retirarse en 1981, el antiguo sospechoso de envenenar kulanes redactó informes grises sobre las opiniones políticas de sus compañeros, los comentarios de los visitantes occidentales y la vida privada del propio Heinrich Dathe.
Mientras la Operación «Kulán» seguía abierta, la vigilancia mostró sus grietas. Por el Tierpark, convertido en una estación de trasbordo del bloque socialista, pasaban animales que esperaban semanas en cuarentena antes de seguir viaje hacia Occidente, y Gerd Morgen, el cuidador a cargo de esa aduana sanitaria, vio su oportunidad. Mohnhaupt cuenta que la noche del 26 de octubre de 1961, dos meses después de levantado el Muro, Morgen se escondió en el cajón de madera de un alce ruso que viajaba en tren hacia un zoológico del norte de Alemania Occidental. El alce viajaba con los papeles en regla. Morgen, de colado. Su compañero Bernd Matern tuvo menos suerte. En 1965 intentó escaparse en bote por el lago Wannsee, pero quienes le habían conseguido la embarcación trabajaban para la Stasi y lo detuvieron antes de zarpar. Pasó dos años preso, hasta que Alemania Occidental pagó por él.
Lejos de dedicarse simplemente a vigilar el zoo, la policía secreta también cuidaba el prestigio del parque. Cuando el director del zoológico de Berlín Occidental, Heinz-Georg Klös, intentó repartir entre ambos sectores de la ciudad la sede del Simposio Internacional sobre Enfermedades de Animales de Zoológico, la Stasi movilizó sus contactos para impedirlo y mantener el encuentro exclusivamente en Berlín Oriental. Esa misma obsesión por el zoo como vidriera del socialismo lo convirtió en escenario de visitas de honor. En 1973, Viktor Alidin, jefe de la administración de la KGB en Moscú, recorrió el Tierpark acompañado por Erich Wichert, responsable de la seguridad del Estado en Berlín Oriental. Ocho años antes habían desembarcado los cosmonautas Pável Beliáyev y Alexéi Leónov, que fueron fotografiados en la Casa Alfred Brehm.
Con los años, la red de espionaje dentro del zoológico se volvió parte del paisaje cotidiano. Como documentó Maier-Wolthausen, la Stasi reclutó informantes entre el personal del Tierpark, y según los expedientes del Archivo Federal alemán, en los años 80 al menos ocho de ellos ocupaban puestos en los niveles medios y superiores de la administración. A Dathe, la Stasi había intentado vigilarlo desde que el parque abrió sus puertas. Una vez, aprovechando que había viajado a Leipzig, un oficial llamó a su secretaria, Irene Engelmann, y le pidió, muy amablemente, que les avisara cada vez que al doctor lo visitaran colegas del Oeste. Cuando Dathe volvió y la secretaria le contó lo que había pasado, no lo pensó dos veces. Agarró el teléfono, marcó el número que había dejado el agente de inteligencia y, apenas atendieron, le gritó que a él no lo iba a espiar nadie, y le tiró el tubo del teléfono. El hombre que de joven se había afiliado al Partido Nazi nunca se afilió al Partido Socialista Unificado, y gambeteaba con elegancia sus directivas.
En el extremo norte del Tierpark, una loma formada con los escombros de la guerra se levantaba junto a las oficinas de la Stasi, separadas del zoológico por un muro de hormigón. Heinrich Dathe quería aprovechar el terreno para construir grandes espacios para animales de montaña y para levantar un café con vista a toda la ciudad. En 1984, bajo una lluvia persistente, llevó hasta allí a varios colegas de Berlín Occidental, entre ellos su eterno rival Heinz-Georg Klös, y les mostró el lugar donde imaginaba las nuevas instalaciones. Klös miraba con incredulidad el terreno cubierto de yuyos, pero el proyecto iba a despertar una preocupación bastante mayor entre los vecinos del otro lado del muro de hormigón. Si el bar llegaba a construirse, los visitantes podrían sentarse a tomar algo mientras contemplaban las oficinas de la policía secreta. Como relata Mohnhaupt en The Zookeepers' War [La guerra de los cuidadores del zoo], la Stasi puso a sus informantes a seguir de cerca los planes de Dathe, hasta que encontró una razón para tranquilizarse. En 1986, sus agentes calcularon que las obras tardarían por lo menos cinco años en comenzar y otros cinco en terminarse.
Dos meses después de la construcción del Muro de Berlín, un cuidador del Tierpark consiguió escapar al Oeste escondido en el cajón de madera de un alce ruso que viajaba en tren. El alce cruzó la frontera con todos sus papeles en regla. El hombre, de colado.
El tiempo libre del socialismo
En mayo de 1971, un año después de que en el barrio de Friedrichshain se inaugurara una colosal estatua de Lenin de diecinueve metros, Erich Honecker reemplazó a Walter Ulbricht al frente del Partido Socialista Unificado y prometió, bajo la consigna de la «unidad de la política económica y social», que el bienestar material y el tiempo de ocio de los ciudadanos serían una prioridad del socialismo. La RDA, que durante años se había medido en toneladas de acero, empezaba a medirse también en departamentos, heladeras, fines de semana libres y hasta en un domingo frente a la jaula de los leones. El tiempo libre, que muchos berlineses del Este pasaban mirando cómo se bañaban los osos, tenía que ponerse al servicio del marxismo-leninismo. Ese mismo año el Ministerio de Cultura les pidió a los zoológicos del país que participaran en la formación de «la personalidad socialista», y desde entonces los informes oficiales presentaron al zoo como una escuela para formarla, aunque los Pioneros que lo recorrían a diario con sus pañuelos azules y rojos anudados al cuello parecían más atentos a los monos que al materialismo dialéctico. En 1974, una comisión dibujó sobre el mapa de la RDA una red que unía a los nueve grandes zoológicos con los 125 zoológicos locales repartidos por los distritos, a los que debían mandar veterinarios, animales y aprendices, y el Tierpark, a la cabeza, quedó convertido en una suerte de comité central de los zoológicos. En 1979, mientras el país se preparaba para festejar sus treinta años, el ministro de Cultura les dedicó un discurso titulado «Los zoológicos en la sociedad socialista desarrollada».
Mientras en las fábricas, las escuelas y las oficinas públicas colgaban el retrato de Honecker y las pancartas rojas con las consignas del último congreso del Partido, en el Tierpark los únicos carteles explicaban qué comían los antílopes y de qué continente venían las cebras. Dathe, que se movía entre los funcionarios con la misma soltura que entre los bisontes y los osos, había convencido a las autoridades de que era mejor mantener al parque alejado de las consignas ideológicas, porque para los visitantes del Oeste un zoológico sin lemas era la mejor propaganda que podía ofrecer la RDA. Lo que sí circulaba de mano en mano entre las jaulas y los corrales era la Guía por el Tierpark, un folleto que se reeditaba todos los años y se vendía en la entrada, con los planos de los recintos, las fichas de las especies y, desde los tiempos en que Fritz Ebert era alcalde de Berlín Oriental, una foto suya que Dathe había incluido para tenerlo contento.
Pero para encontrarse con el Tierpark no hacía falta pagar la entrada ni comprar la guía. Alcanzaba con abrir el diario a la mañana o leerles un cuento a los chicos antes de dormir. En los diarios y en las revistas, su embajador más fiel era Erich Schmitt, el caricaturista más popular de la RDA, que publicaba sus dibujos en el Berliner Zeitung y en Eulenspiegel, la revista satírica del país, y pasaba buena parte de su tiempo libre en el zoológico. En 1964, Schmitt inventó a Ede, un aprendiz del Tierpark que les daba un beso de buenas noches a las jirafas, se ponía un traje estilo frac para limpiar la jaula de los pingüinos y, para consolar a un camello que extrañaba su tierra, le pasaba películas filmadas en el desierto. En un país en el que los afiches celebraban a los obreros ejemplares que superaban las normas de producción, ese aprendiz berlinés, inteligente, pícaro y voluntarioso pero incapaz de terminar una tarea sin hacer algún desastre, era la versión amable y despeinada del joven trabajador socialista. Ede se volvió tan popular que se vendían muñequitos suyos en los puestos de recuerdos.
El Tierpark tenía su propio héroe de historietas. Se llamaba Ede, era un aprendiz de cuidador y sus aventuras incluían ponerse un frac para limpiar el recinto de los pingüinos o proyectar películas del desierto para consolar a un camello que extrañaba su tierra.
En los estantes de las bibliotecas escolares, el Tierpark tenía, además, su propio clásico. En 1960, Kinderbuchverlag, la editorial que el Partido había fundado en 1949 para la organización de los Pioneros y en la que se imprimía casi toda la literatura infantil del país, publicó Hirsch Heinrich, la historia de un ciervo traído desde un bosque de China, en los años en que Pekín y Berlín Oriental todavía se trataban como hermanos, que vivía en un gran Tierpark alemán y olvidaba la nostalgia gracias al cariño de los visitantes. Cuando llegaba diciembre y el parque se vaciaba, Heinrich, solo y con hambre, saltaba el alambre de su jaula para volver a China, pero en el bosque lo esperaban el frío y los cazadores, hasta que un maestro y sus alumnos, que se lo cruzaban en el camino, le devolvían las ganas de volver con sus amigos. Poco antes de la llegada de la Navidad, el ciervo volvía al Tierpark y entraba de un salto en su jaula, donde todos lo estaban esperando. En 1990, cuando a la RDA le quedaban pocos meses de vida, el libro escrito por Fred Rodrian e ilustrado por Werner Klemke iba por su duodécima edición.
El 2 de julio de 1965, el día en que el Tierpark cumplía diez años, la DEFA, el estudio de cine estatal de la RDA, estrenó El paraíso de los animales. Un día en el Tierpark de Berlín. La película empezaba antes de que se abrieran las puertas del zoológico, mientras los cuidadores repartían la comida de la mañana y Dathe hacía su recorrida por los caminos todavía vacíos de gente. En diciembre de ese mismo año, el Comité Central del Partido Socialista Unificado acusó a escritores y cineastas de difundir el «nihilismo», el «escepticismo» y la moral de Occidente, al punto de que casi toda la producción cinematográfica de un año terminó guardada en sus latas durante más de dos décadas. Una de esas películas fue Jahrgang 45, el único largometraje de ficción de Jürgen Böttcher, que contaba la historia de un joven mecánico que deambulaba por las calles de un barrio de Berlín sin saber muy bien qué hacer con su vida. En 1968, el mismo Estado que lo había censurado le encargó a Böttcher, a través del Ministerio de Relaciones Exteriores, una película para mostrar la RDA en el exterior. Böttcher filmó en el Tierpark un documental que se llamó, sin más vueltas, Tierparkfilm, y que, según la ficha del Archivo Federal alemán, no tenía un solo comentario aleccionador, solo animales sueltos en una libertad casi paradisíaca.
En junio de 1973, semanas antes de que Berlín Oriental recibiera a jóvenes de todo el mundo en el Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, la línea E del subte sumó una estación en la puerta misma del zoológico, y desde entonces las familias de los monoblocks de los alrededores bajaban del vagón a pocos pasos de la boletería. En los años 80, los zoológicos del país recibían dieciséis millones de visitantes al año, tantos como habitantes tenía la RDA, y para miles de familias, que tenían pocas vacaciones y para las que el Báltico quedaba lejos, la caminata entre las jaulas, con la vianda en la bolsa y los chicos corriendo, se repetía cinco o diez veces al año. En las películas caseras de aquellos paseos, los chicos ocupaban más pantalla que los animales. Entre jirafas, osos y elefantes, las familias también filmaban sus propios recuerdos. Para muchos berlineses del Este, que nunca iban a pisar la sabana africana ni las selvas de la India, el zoológico ofrecía la posibilidad de conocer algo de ese mundo lejano, pero también un lugar al que volver domingo tras domingo. Y para ver de cerca a una jirafa o a un tigre alcanzaba con un boleto de subte.
Sin embargo, mientras el Tierpark se consolidaba como el gran refugio popular del Este, la rivalidad de propaganda con el otro lado del Muro no se había apagado. En 1980, el zoológico occidental dio un duro golpe cuando recibió a Bao Bao y Tjen Tjen, una pareja de pandas gigantes regalada por el gobierno chino al canciller Helmut Schmidt. Lo que Berlín Oriental solo había logrado alquilar durante tres fugaces semanas en 1958, el Oeste lo exhibía ahora como un triunfo diplomático.
Dathe cumplía años el 7 de noviembre, el mismo día en que la RDA celebraba el aniversario de la Revolución de Octubre, y en 1985, cuando llegó a los setenta y cinco, Neues Deutschland, el diario del Partido, lo homenajeó como a uno de los ciudadanos más célebres del país. La obra que más le importaba, en cambio, todavía no tenía ni los cimientos. La Casa de los Paquidermos, discutida desde 1976 y diseñada por Heinz Graffunder, recién empezó a levantarse en 1987, con más de 6.000 metros cuadrados para elefantes africanos y asiáticos, rinocerontes e hipopótamos pigmeos, mientras en el establo provisorio donde Dombo y Bambi vivían desde 1955, cada vez más apretado, se amontonaban los cuatro elefantes jóvenes que habían llegado de Zimbabue y esperaban turno los dos que venían en camino desde el Zoológico de Moscú. El 16 de abril de ese año, en plena obra, murió la esposa de Dathe, la mujer que durante décadas lo había acompañado a la sombra del zoológico, y el anciano director atravesó el duelo entre los andamios, siguiendo de cerca la construcción de una zanja tan peligrosa que pensaba dejar a los elefantes encadenados de noche para que no cayeran al agua en la oscuridad.
En los años 80, los zoológicos de la RDA recibían dieciséis millones de visitantes anuales, casi tantos como habitantes tenía el país. Las familias acudían una y otra vez y, en sus películas caseras, los chicos aparecían muchas veces más que los animales.
El zoológico sin su país
A fines de septiembre de 1989, Dathe inauguró finalmente la Casa de los Paquidermos. A su lado estaban el alcalde de Berlín Oriental, Erhard Krack, y Günter Schabowski, jefe del Partido en la ciudad, miembro del Politburó y, según Mohnhaupt, un amante empedernido de los animales. Ante ellos, Dathe anunció con orgullo que aquel era «probablemente el edificio más grande que jamás se levantará en el Tierpark». Fue también el último que inauguró el viejo director. La noticia corrió rápido, y ese año el parque recibió 3,2 millones de visitantes, un récord que nunca volvió a superarse.
Cuarenta y un días después, el 9 de noviembre, en medio de las manifestaciones que desde hacía semanas recorrían las ciudades de la RDA, Schabowski leyó en una conferencia de prensa las nuevas normas de viaje. El jefe del Partido en Berlín anunció que los ciudadanos de Alemania del Este podían comenzar a viajar al Oeste sin restricciones y, ante la pregunta de un periodista, aseguró que la norma regía «de inmediato». Esa misma noche, los berlineses del Este empezaron a cruzar el Muro de Berlín. Al día siguiente, mientras las filas en el zoológico occidental se extendían desde la Hardenbergplatz hasta la Budapester Strasse, los berlineses del Este descubrían las instalaciones zoológicas del bando contrario. Ni la curiosidad frenó el orgullo local. Entre el murmullo de los visitantes se colaba el comentario de algún chico del Este avisando que la casa de elefantes del Tierpark era bastante más grande que la del zoo del Oeste. En el zoo de Berlín Oriental, entre tanto, todo quedó a media máquina. Salvo una guardia mínima encargada de darles de comer a los animales, casi todo el personal había salido a las calles para comprobar con sus propios ojos que la frontera con el Oeste había dejado de existir.
La desaparición de la frontera sumió a los dos zoológicos de la ciudad en una abrupta incertidumbre. Por primera vez desde 1961, los berlineses de los dos lados podían ir libremente a ambos zoológicos para comparar las colecciones de animales. Aunque Dathe ya había pensado en su retiro, decidió que la situación ameritaba una espera. Cuando su viejo amigo Lothar Dittrich, el director del zoológico de Hannover, le aconsejó que dejara el futuro del Tierpark en otras manos, Dathe le contestó que él era el único allí que había visto cómo funcionaba un zoológico en condiciones no socialistas. Dittrich le explicó que aquel era un capitalismo muy distinto del que había conocido en los años 30. Pocos días después de la caída del Muro, Klös le propuso poner los dos zoológicos bajo la órbita de la Secretaría de Finanzas, como siempre había estado el suyo, y Dathe le respondió que un zoológico era una institución cultural y que no veía ninguna razón para cambiar eso.
En la madrugada del 7 de abril de 1990, Heinrich Dathe recibió una llamada urgente desde la Casa de los Paquidermos. Cuando llegó, encontró a Dombo, una de las primeras elefantas del Tierpark, muerta en la zanja de las instalaciones que había inaugurado apenas seis meses antes. Dombo había llegado en el verano de 1955, cuando el zoológico todavía estaba a medio construir, y durante más de tres décadas había vivido en un establo que debía ser provisorio. Ahora, en su casa nueva, se había soltado de las cadenas durante la noche y había caído en una zanja tan angosta que no pudo darse vuelta. Murió asfixiada bajo el peso de su propio cuerpo. Era precisamente el peligro que los cuidadores habían advertido durante la construcción del recinto. El 9 de abril, Neues Deutschland publicó en su tercera página una foto de dos cuidadores intentando sacar el cuerpo de la elefanta con sogas. Para Dathe, que había luchado durante tantos años por conseguirles una casa nueva a sus elefantes, aquella muerte fue devastadora.
El 7 de noviembre de 1990, Heinrich Dathe cumplió ochenta años. El país que lo había convertido en una celebridad había desaparecido, pero en el Tierpark todavía sabían cómo homenajear a su director. Los cuidadores organizaron una fiesta con música, sacaron algunos animales a los caminos y lo recibieron con aplausos cuando llegó en un carruaje tirado por caballos acompañado por Elisabeth, su nueva esposa, a la que había conocido en un congreso de ornitología. Dathe sonreía para las cámaras, aunque el cáncer de estómago que su familia mantenía en secreto ya empezaba a notársele en la cara. Entre los invitados estaba Heinz-Georg Klös, que había cruzado desde el Oeste para saludar a su viejo rival. Ni siquiera en aquella celebración pudo evitar una pequeña provocación. Klös le dijo a su «estimado colega» que algunas instalaciones del Tierpark le gustaban tanto que bien podría imaginarlas dentro de su propio zoológico, a orillas del Landwehrkanal.
El reconocimiento público no le garantizó conservar su puesto. Exactamente un mes después de su cumpleaños, el 7 de diciembre, Dathe recibió una carta del municipio que le comunicaba el fin de su carrera. El Tratado de Unificación establecía la jubilación de los empleados públicos de la antigua RDA que hubieran superado la edad de retiro, y las autoridades explicaban que, en consideración a sus «indiscutibles méritos», habían adoptado hasta entonces una solución provisoria. Ahora debía dejar el cargo a su subdirector, Wolfgang Grummt, el 10 de diciembre, entregar su despacho antes del 14 y abandonar la casa del zoológico a fin de mes. En una semana tenía que desprenderse de la dirección de una institución que había construido durante treinta y cinco años. Desde el 15 de diciembre, el Tierpark pasó a depender de la Secretaría de Finanzas de Berlín, como había querido Klös. La regla de los sesenta y cinco años finalmente alcanzaba a Dathe cuando ya tenía ochenta.
A mediados de mes, varios miles de personas marcharon por el parque de Friedrichsfelde, unas 7.500 firmaron en solidaridad con su director para que el Tierpark se mantuviera, y otros mandaron cartas a los diarios reivindicando al viejo zoólogo. Un lector del Berliner Zeitung preguntó con sarcasmo si a Dathe lo echaban por haberles enseñado marxismo-leninismo a los elefantes. El 29 de diciembre, Dathe le dijo al periódico Neues Deutschland que el Tierpark seguramente seguiría existiendo, pero quizás como un simple parque de ciervos que no le hiciera competencia al zoológico occidental, porque ellos siempre habían sido un centro de investigación y el del Oeste, más bien un espectáculo.
Pese a que le habían exigido dejar la casa en la que había vivido más de treinta años, consiguió postergar seis meses la mudanza y nunca llegó a irse. El 6 de enero de 1991, Heinrich Dathe murió allí, a los ochenta años, y aunque lo había fulminado un cáncer de estómago, en los dos lados de la ciudad se dijo que lo había matado la angustia de saber que lo iban a echar de un lugar que, desde hacía mucho tiempo, era suyo por derecho. Ese día, Heinz-Georg Klös cumplía sesenta y cinco años, la edad con la que la ley había justificado el retiro de su rival. Varios miles de personas fueron a despedirlo el 17 de enero a la funeraria de Baumschulenweg y un programa juvenil de la televisión de la RDA lo recordó como el sajón más famoso de Berlín desde el dibujante Heinrich Zille. Ese mismo año la supervisión del Tierpark quedó en manos de Klös. En los meses siguientes, cuidadores, arquitectos y visitantes siguieron recorriendo los caminos arbolados del Tierpark, donde las manadas de ciervos, los elefantes de Zimbabue y las aves tropicales de la Casa Alfred Brehm seguían en sus recintos. En los archivos del parque quedaban las fichas médicas de Chi-Chi, los planos de la Casa de los Tapires y las cartas cruzadas con zoólogos de Praga, Moscú y Varsovia, y en los de la Stasi, los informes sobre la Operación «Kulán». El zoológico del pueblo seguía abierto. El Estado que lo había construido, no.
Cuando Dathe cumplió ochenta años, el Tierpark lo homenajeó con música, animales y un paseo en coche de caballos. El Estado que lo había convertido en una celebridad acababa de desaparecer. Un mes después, las nuevas autoridades le ordenaron abandonar la dirección del zoológico y la casa en la que había vivido durante décadas.