¿Por qué Silicon Valley quiere a nuestros bebés?

El debate sobre la caída en la tasa de natalidad estalló en Argentina y en el mundo. Y tiene sus propios financistas intelectuales. Entre las prospectivas para pensar la natalidad, empieza a conocerse el tecnonatalismo. Lejos de ser una distopía transhumanista, se trata de una respuesta contundente al más humano de todos los problemas: la reproducción de la vida.

por Melina Alexia Varnavoglou

Hijos del Capital 

“La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. La cita es conocida y de un texto profundamente prospectivo:  El 18 Brumario de Luis Bonaparte de Karl Marx.  Pero lo que no había observado es que la metáfora anatómica continúa refiriéndose a Estados Unidos. Un país, para Marx, donde las clases están en un estado prenatal: ya existen (bestehen), pero no se han fijado (fixiert) todavía. Se intercambian partes, dice, en un movimiento continuo, donde “los medios modernos de producción, en vez de coincidir con una superpoblación crónica, suplen más bien la escasez relativa de cabezas y brazos”. 

De algún modo, lo que Marx vislumbra al respecto de Estados Unidos en la antesala de la Segunda Revolución Industrial puede hoy tener su paralelo frente a cómo está asimilando la Gran Aceleración. No está a la altura, a nivel de capacidad productiva, de la modernidad que pretende alumbrar, donde “el movimiento febrilmente juvenil de la producción material, que tiene un mundo nuevo que apropiarse, no ha dejado tiempo ni ocasión para eliminar el viejo mundo fantasmal”. 

Más allá de que el modelo de desarrollo estadounidense deje de por sí últimamente —y casi siempre— bastante que desear (veámoslo en la dependencia en la que se ve obligado a entrar ahora con China), ningún sistema productivo en general se sustenta sólo financieramente y/o tecnológicamente. En palabras del 18 Brumario, no es posible prescindir de la clase trabajadora: aún siguen haciendo falta “cabezas y brazos”. 

Me imagino entonces al capital norteamericano como una gran madre pulpo intentando producir muchos más hijos de los que su propio cuerpo puede generar, muchos más de los que logrará mantener con vida. Una madre que, como todas, resuelve como puede y con lo que tiene, que nunca pareciera alcanzar.   

Para empezar a definir un punto de partida en el análisis al problema de la natalidad hay que ubicarlo como un caso dentro del problema de la escasez. Es en ese marco que el uso de medios técnicos para la reproducción o mejoramiento genético de bebés (tecnonatalismo), combinado con diferentes políticas para maximizar los nacimientos; puede comprenderse como una perspectiva razonable para la reproducción de la vida. Entendida ésta, por supuesto, como la base material sin la cual no es posible, antes que la continuidad de la especie humana –esto pasará a un segundo orden -, la continuidad del capitalismo. Es desde este punto de vista, a su vez, donde las posiciones antinatalistas pueden comprenderse como una visión política de izquierda y/o feminista y no simplemente como una política de abstención individual. 

Al problema de la natalidad hay que ubicarlo como un caso dentro del problema de la escasez. En ese marco el tecnonatalismo promueve el uso de medios técnicos para la reproducción o mejoramiento genético de bebés combinado con políticas para maximizar los nacimientos

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¿Quién cuidará a los viejos millenials?  

Pero antes de meternos con el fetiche teórico de los tecnonatalistas, detrás de quien está por supuesto nuestro nuevo compatriota Peter Thiel, demos primero una mirada más global del problema, dado que la caída en la tasa de natalidad es un problema a escala mundial e involucra una multiplicidad de factores que hablan del estado actual de nuestro mundo. 

Además de la escasez, la natalidad ha de ser pensada junto a otras categorías, interrelacionadas entre sí: la idea de población, la de distribución y la de reemplazo generacional. Pero también involucra cuestiones que van desde la guerra, las corrientes migratorias a la catástrofe ambiental, a las enfermedades, la contaminación zoonótica y la producción de alimentos; y, por supuesto, la precariedad laboral, la crisis en salud mental y la insuficiencia de la infraestructura de cuidados y de políticas de salud reproductiva, y a su vez, la caída en la actividad sexual.  

En fin: todo.   

Por eso si queremos tratar en profundidad el tema, será inabarcable pero me parece que lo importante es correrlo del eje que en estas semanas estuve observando, donde se lo aborda en términos, o bien, ultraestadísticos, donde no se desarrolla el problema; o bien, subjetivistas: desde el deseo o mandato de ser o no madres (subjetividad feminista vs backlash machista). Estas visiones hacen que nuestros debates sean fácilmente infiltrables por el soft power reaccionario, desde representantes de mayor a menor relevancia (como Ramiro Marra). 

Lo que sabemos es que la tendencia general con respecto a la caída de la tasa de natalidad en todo el mundo es que ha llegado a niveles donde el reemplazo generacional ya no será posible. Esto llevará a sociedades “envejecidas”, donde la población económicamente activa no alcanzará a reemplazar a la dependiente.   

Argentina es de los países que más rápido está envejeciendo en este sentido. Como proyecta Gabriela Carpineti “en la década de 2040, los millennials —la generación más numerosa del país— entrarán en la edad de retiro. Para ese entonces, se estima que habrá casi un 25% más de personas mayores demandantes de cuidado. El sistema actual, si no se interviene, no podrá absorber esta demanda”. 

La pregunta y la tarea central entonces es garantizar una infraestructura de cuidados. Esa es en realidad la vía para incentivar la natalidad: que criar hijos hoy en Argentina no sea una tarea imposible no solo por la precariedad laboral, sino por la falta de acceso a servicios de salud pública y  politicas de primera infancia. 

A quienes más les interesan los bebés (los pronatalistas acérrimos) no les interesa exactamente la vida en su conjunto, sino solo la población económicamente activa

Es fácil usar la baja de natalidad como chivo expiatorio de los problemas sociales que el gobierno no solo puede resolver, sino que no le interesa planificar en el futuro. El sistema previsional es claramente uno. 

Pareciera contradictorio sostener una posición natalista y anti-política previsional a la vez. Pero no tanto, porque, como veremos, esa es exactamente la línea que los pronatalistas de Silicon Valley están trasladando a Argentina (producto de los propios debates en el sistema de salud reproductiva en EE.UU. que están ocurriendo): desfinanciar planes de prevención del embarazo adolescente que fueron efectívisimos, como el plan ENIA; la diatriba contra el aborto legal y el desarme o la progresiva privatización del sistema previsional.  

Lo que quiero decir es que, precisamente a quienes más les interesan los bebés (los pronatalistas acérrimos) no les interesa exactamente la vida en su conjunto. Sino solo la población económicamente activa: “las cabezas y brazos” necesarios para producir. A menudo lo que sucede con los planteos pronatalistas es que son, por así decir, “bebecéntricos”, sólo otorgan incentivos económicos “uno a uno” a los padres para incentivar los nacimientos. Pero no tienen en cuenta la dimensión de la crianza y el cuidado. Planteos epistemológicamente abandónicos. Como si dijeran, parafraseando a Donna Haraway, "make babys, not society".

En cambio, comprender la natalidad como un caso del problema de los cuidados es importante, porque hace del problema una cuestión que piensa la vida como proceso, no sólo en términos de actividad económica. Que piensa en los que van a nacer, pero también en cómo cuidarlos y en quién cuidará a los que van a morir. 

Vidas forzadas: Donna Haraway

El debate sobre la crisis de natalidad interesa incluso a quienes siempre han sido antinatalistas y lo celebran como el punto más próximo a la extinción voluntaria. Dentro también del antinatalismo, pero en posiciones más interesantes, podríamos ubicar varias tradiciones feministas. Una de las más relevantes es sin duda la de Donna Haraway, que ve en este problema, más que una crisis, una fértil oportunidad para repensar las formas de hacer parentesco y de transformar la vida en el planeta.  

Sin embargo, y como ha confirmado en una reciente entrevista en El País, no diría que la postura de Haraway es natalista ni tampoco antinatalista. Si bien, en su lema “Make kindship, not babies”, los “parentescos no biológicos” podrían ser interpretados como un reemplazo de la reproducción, es en una lectura integral de su obra que una comprende que los hijos biológicos y los parentescos raros no son excluyentes. Lo que quiere decir Haraway es que no hay que tener más bebés de los que somos capaces de cuidar: si queremos traer vida al mundo, debemos hacer que el mundo sea habitable para ellos primero. 

También, en otros textos, como la maravillosa ficción especulativa Las Niñas del Compost, dice que “los nuevos bebés deberán serán escasos y preciosos”. Claro, la crianza jamás es en soledad (una niña compost debe tener al menos tres progenitores), y siempre es en vínculo con otras especies y generaciones, garantizando su mutua supervivencia.

De lo contrario, se transformarán en “vidas forzadas”, materia para generar más población de descarte. En un brillante ensayo (incluido en Hacer parentesco, no población publicado recientemente en Argentina por Rara Avis, donde podemos tener un panorama muy completo de los principales debates antinatalistas), explica este proceso mediante una dialéctica entre los “nacidos” y los “desaparecidos”.  Dentro de los últimos se encuentran todos los desposeídos de este mundo: todas las formas de vida, que por ya no ser útiles para la reproducción del Capitaloceno fueron exterminadas. Allí entran, desde las especies autóctonas arrasadas por los monocultivos, la flora y la fauna exterminadas por agrotóxicos, a las personas migrantes desplazadas de sus territorios, las víctimas de la guerra, las personas discapacitadas; a literalmente, los desaparecidos durante dictaduras militares. El planteo de Haraway lleva a pensar ya no en términos de población “económicamente inactiva”, sino en términos de poblaciones (humanas y no humanas) y cómo se han previamente conformado de acuerdo con la función que debían cumplir.  Es decir: quienes pueden y no pueden nacer, y quienes están destinados a desaparecer.

Tres prospectivas ante la crisis de natalidad   

En suma, el tema de la natalidad es un tema tan crucial, que involucra dimensiones tan diferentes como la política, la planificación económica y el afecto, que hacen que la ansiedad por resolverlo prolifere en diferentes alternativas. Que son, al fin y al cabo, prospectivas: formas de conducir un proceso desde hoy, sin las cuales los escenarios futuros serán muy diferentes. 

Propongo delinear tres prospectivas con respecto al problema de la tasa de natalidad. Lejos de desarrollar cada una, propongo algunas de las características ideológicas y líneas políticas asociadas que pueden tener. 

Repoblación mundial masiva: Control poblacional. Supremacismo racial. Aceleracionismo tecnológico y visiones transhumanistas. Tradicionalismo y moral familiar. Valores religiosos. Nueva eugenesia (élites biológicas). Política estatal centralizada con incentivos económicos. 

Extinción: Posiciones antinatalistas. Catastrofismo. Algunas visiones posthumanistas. Algunas expresiones radicalizadas del anarcofeminismo y el antiespecismo. Políticas con foco en la catástrofe ecológica/medioambiental.  

Reemplazo socialmente sostenible: Aprovechamiento del bono demográfico. Prevención del embarazo adolescente. Infraestructura de cuidados y sistema previsional. Política pública con orientación popular/ feminista.  

No hay que tener más bebés de los que somos capaces de cuidar: si queremos traer vida al mundo, debemos hacer que el mundo sea habitable para ellos primero

¿Qué es el tecnonatalismo?  

El tecnonatalismo se ubica, emerge (y, como veremos, también se financia) en el marco de la primera prospectiva. En sí no existe como movimiento ni como una ideología autoproclamada; es más bien un término que describe una serie de visiones, encarnadas tanto por varones como por mujeres estadounidenses, que pretenden “repoblar el mundo” mediante el uso de medios técnicos en procesos controlados que involucran la selección genética, la biotecnología y el uso de inteligencia artificial. 

Sus exponentes más poderosos y burdos son Donald Trump y Elon Musk. Apodado a sí mismo “Fertilisation president”, Trump está decidido a generar un nuevo baby boom (quizás en aras de hacer una nueva guerra mundial para justificarlo, pero ese es otro tema). Mientras desarmaba por completo los servicios de salud pública y recortaba los fondos para Medicaid, CHIP, Head Start y Planned Parenthood; la principal política de Trump fueron los bonos por nacimiento, de un monto desde mil dólares por hijo. En Estados Unidos la tasa total de fertilidad es de 1,57 hijos por mujer. Muy similar a la de Argentina, donde la tasa de fecundidad ha descendido a 1,4 hijos por mujer. En ambos casos la cifra se ubica por debajo del 2,1 necesario para el reemplazo poblacional. 

Pero lo más importante de la política natalista de Trump es que promovió la expansión de tratamientos y el abaratamiento de los costos de fertilización in vitro. Es importante porque esto explica el fuerte financiamiento en la industria de las tecnologías reproductivas que hay en curso: la expansión del tecnonatalismo como una alternativa real. 

En cuanto a Elon Musk, podemos observar la expansión de su figura como progenitor semental y padre. Con 14 hijos, algunos fecundados in vitro, otros a pelo, uno desheredado (por autopercibirse trans) y una buena cantidad de no reconocidos. Di con esta intuición del tecnonatalismo, precisamente, al ver que uno de los hijos de Musk, concebido con la cantante Grimes, fue bautizado como “Techno Mecanics”. Entonces me pregunté ¿es simplemente una excentricidad de él o responde a algún tipo de filosofía; al menos, a una estética?   

Existen sí los “tecnopuritanos”. Y son, en principio, dos. Una pareja compuesta por Simone y Malcolm Collins. Se conocieron trabajando en PayPal y desde que se convirtieron en una power couple (la propuesta de matrimonio fue vía Reddit) su carrera en la industria tech se aceleró.  Simone fue directora general de Dialog, un club social secreto, “invite-only”, cofundado y financiado por Peter Thiel. Malcolm, por su parte trabajó en TheVentures, una firma de capital de riesgo en Corea del Sur. Actualmente, ambos son directores generales de Travelmax, una agencia de viajes para corporativos.  

Sin embargo, los Collins no se mueven de su finca, en las afueras de Pennsylvania, donde crian a sus 5 hijos (de los 12 que proyectan tener, según los embriones que llevan congelados). Las últimas, dos niñas, una de tres y otra de un año, se llaman Titan Invictus y Industry Americus.  Su visión pronatalista es clara:

Las tasas de natalidad están cayendo precipitadamente en todo el mundo, tanto en los países desarrollados como en desarrollo. Si no se toman medidas drásticas, seremos testigos de la extinción de sociedades enteras, la expansión de gobiernos totalitarios y un aumento desenfrenado del tribalismo.

Son, además, dos conversos religiosos. Si bien, apenas arrancaron con esto concebían al tecnopuritanismo como una religión “técnicamente atea” (o bajo la idea de que la religión es la técnica en sí misma) hace dos años se convirtieron en una particular intepretación “científica” del cristianismo, donde intentan compatibilizar la teoría de la evolución con el dogma cristiano. Son recontra antisemistas (hablan de “jews caves”). Y por supuesto, también son youtubers.

Se merece al menos mencionar en esta sección la divertida ficcion especulativa de Ectolife, creada por otro seguidor de Peter Thiel: el biotecnólogo y cineasta Hashem Al-Ghaili, nacido en Yemen y residente en Alemania. Con más de 33 millones de seguidores en instagram es por ahora simplemente el creador de este video, que imagina una gran usina de embriones generados artificialmente. El procedimiento es diseñar embriones copiando el útero de las madres con IA. Luego, la gestación se haría a través de cápsulas con biorreactores que generarían las mismas condiciones químicas que en el vientre materno. En este video se expresan los principales argumentos tecnonatalistas; que incluyen, la preocupación por la caída en la baja de natlidad, pero también la mitigación del sufrimento y la prevención de enfermedades. Para justificarlo comparan el procedimiento con la fertilización asistida y la subrrogación de vientres: "Cuando aparecieron los bebés probeta, hubo un gran debate y rechazo, pero ahora está ampliamente aceptado", dice muy coherentemente el biotecnólogo. Esto sería lo mismo, pero en lugar de en el cuerpo de otra mujer, en el de una máquina. Si bien en este caso se trata de una ficción especulativa, algunos medios oficiales lo han levantado como si fuera cierto. Es en el único proyecto tecnonatalista donde vemos una clara intención de repoblación masiva: la promesa es generar 30 mil bebés por año.

El viejo sueño de la eugenesia que hoy regresa de la mano de startups que prometen crear una flamante élite biológica entre los más poderosos.

Noor Siddiqui: La orquídea de Peter Thiel 

Pero la figura central del tecnonatalismo es Noor Siddiqui, joven investigadora estadounidense, de origen árabe; quien a los 17 años obtuvo una beca de 100 mil dólares para estudiar “tecnologías reproductivas” en la Peter Thiel Foundation.  En su página personal recomienda la experiencia con la ilusión de una quinceañera: I met some of my favorite people through the Thiel Fellowship - highly recommend applying if you’re under 20! En su relato dice que la beca le permitió “saltearse el tramo tradicional” e invertir en una investigación propia. Sin embargo, tras la beca, la joven y ya avivada Siddiqui hizo los deberes académicos: se inscribió en Stanford y obtuvo su grado y luego un máster en informática, donde dirigió un grupo para investigadores emprendedores en el Laboratorio de IA de Stanford. También tiene su podcast. El último episodio es una entrevista a una creadora de una app de dating.  

Hoy Siddiqui tiene 32 años y se encuentra desarrollando Orchid, la primera empresa de fertilización in vitro y escaneo genético de embriones en simultáneo. El cribado embionario es algo que ya existe, pero no a la manera en que lo hace esta técnica, que escanea y “descarta” por adelantado: lee el genoma entero y busca errores que podrían luego manifestarse como enfermedades.  La elección del nombre no es menor: criar orquídeas es una de las técnicas botánicas más complejas y delicadas del mundo. Es posible criar orquídeas naturales, sí, pero es muy difícil y ya casi nadie lo hace; la mayoría se hacen mediante hibridación y en laboratorio. Además, esta es la única manera de producir masivamente y de obtener orquídeas con características deseadas (color, tamaño, turgencia).  

Bajo esa lógica, piensa Noor su propia vida como emprendedora y futura madre. “El sexo es para el placer, los hijos en cambio, se hacen en el laboratorio”, llega a decir en uno de sus twits y, aún soltera, planea tener “4 hijos diseñados”. Más que una empresa, Orchid es una técnica que patenta y ofrece a servicios de salud pública. Lo que la diferencia de otras técnicas es su eficiencia. Lo cual garantiza seguridad y tranquilidad a las familias. El objetivo de Sidiqqui, cuya madre perdió la visión por una enfermedad degenerativa (retinitis pigmentaria) dice, es evitar el sufrimiento.  Y es cierto: ¿quién elegiría tener un hijo con algún tipo de deficiencia genética o enfermedad crónica pudiendo evitarlo?  

Más allá de la respuesta personal, creo que la trampa está en ese tipo de imprecisiones. Pudiendo evitar ¿qué exactamente?  Como decíamos, la eficacia no es menor: el escaneo puede detectarlo todo. Más de 1200 enfermedades, entre las que se encuentran el autismo, o “efectos de la contaminación ambiental”. Involucra además modificación genómica, es decir que potencialmente las tecnologías reproductivas podrían determinar aspectos como el color de piel, de ojos, fisonomía. “El 10% de los estadounidenses —30 millones de personas — tiene enfermedades raras. Son enfermedades raras individualmente, pero siguen siendo 30 millones”, explica vagamente Siddiqui.

Orchid ya está disponible en 700 hospitales de Estados Unidos; es decir, que ya dista de ser un servicio privado: está pasando a reemplazar en parte la política de natalidad de Estados Unidos.  

Una cosa es que este tipo de alternativas estén disponibles y reguladas, como ha sabido serlo nuestro país con la sanción de la ley de Fertilización Asistida. Y otra muy diferente es planificar toda una política de natalidad desde herramientas como Orchid. Es decir: planificar poblaciones genéticamente seleccionadas.  Este es el punto que más me interesa: que la tarea de repoblar el mundo esté controlada por los que dominan los medios técnicos (es decir, quienes dominan el mundo). ¿Quiénes van a poder tener hijos?¿Quiénes van a nacer? ¿Y a costa de quiénes?  

Como comenta el filósofo Tomás Balmaceda, quien también investigó a Orchid hace unos años, esta empresa representa “el viejo sueño de la eugenesia que hoy regresa de la mano de startups que prometen crear una flamante élite biológica entre los más poderosos”. La banalidad de la técnica consiste en que su uso sea tan conveniente que no tengamos tiempo de pensar en sus consecuencias ético-políticas. Este tipo de proyectos encuentra en la crisis de la natalidad su apogeo. Ante la desorientación y la búsqueda desesperada por una prospectiva clara, el tecnonatalismo pareciera ser una asertiva solución (no quisiera decirlo de esta manera, pero se parece bastante: un solución final).  Por eso proyectos como el de Sidiqui, no son casos aislados, sino que se inscriben dentro de think thanks como los de Peter Thiel. El desarrollo de las tecnologías reproductivas responde a una visión de mundo. Que es la siguiente, -y quizás diametralmente opuesta a la visión haraweana-: no hay nada del mundo que debamos primero transformar para que sea posible que haya vida en él. 

Es posible concebir vida en cualquier circunstancia. Es posible concebir vida aunque estemos enfermos, entre guerras, en medio de un genocidio, ante la catástrofe ambiental. Podemos seguir concibiendo aún en medio de la extinción. Bebés perfectos en un mundo roto. Bebés que nadie podrá cuidar. Bebés Chernobyl. Bebés Hiroshima. Como la orquídea más hermosa del mundo bailando sola en medio de un campo minado.