Qué clase de Dios habita el cerro Uritorco
En Capilla del Monte, el cerro Uritorco y el Valle de Punilla se convirtieron en el epicentro argentino de una geografía esotérica poblada de ovnis, ciudades subterráneas, gurúes y peregrinos. Más que preguntarse si Erks existe, la historia invita a entender por qué ese mito echó raíces y qué encuentran allí quienes buscan una experiencia extraordinaria
Grutas ilocalizables, canteras de cuarzo, volcanes huecos. Un ronquido geológico atribuido a la actividad de las “máquinas” de la ciudad intraterrena, o procesos de recarga de energía ovni. Morteros en las rocas de las cumbres tallados por los indígenas, reinterpretados por los guías místicos como respiradores de la metrópoli subterránea. Y aventuras más cercanas al trekking que al contactismo extraterrestre. Como en Paso del Indio, cerca del Paseo Los Mogotes, donde un pasadizo delgado entre piedras chatas recuerda al turista espiritual un contratiempo contundente, quizá laico: el cuerpo es un vehículo, y necesita mantenimiento. O mantener la respiración. Riachos malditos o ciénagas benditas por gurúes en tránsito. Comunidades establecidas o efímeras, nunca independientes de la ciudad que proveen de latas de arvejas, librerías esotéricas o farmacias para llenar el botiquín: las flores de Bach no curan heridas tras una caída ni restañan la mordedura de una víbora. Lugares reinventados para peregrinos que buscan salud, bienestar o un pedazo de cielo. Son el axis mundi de Mircea Eliade, la tranquera del homo religiosus que habita en las grietas donde lo sacro se cruza con lo profano; el zaguán a un portal dimensional visualizado por iluminados que la tienen clara. O no tanto. Al final, internarse en estos santuarios es un acto de entrega: reclama suspender la sospecha y buscar un paraíso en pequeña escala, en un mundo amenazado donde quedan pocas utopías a mano. Pero no todos echan raíces, ni quedan satisfechos. Los espíritus rotan.
La cumbre del Uritorco es un nodo. Allí, el cielo y la tierra se enmarañan y el cableado sináptico hace cortocircuito. Para algunos es, apenas, un paseo intenso. Hace falta tener pulmones libres de humo, buena ventilación alveolar y seguir la música del silencio. Así es posible vencer el primer desafío. Cuatro horas de caminata, con una sola vertiente de agua al promediar la ascensión, no son para cualquier mequetrefe. El cerro tiene 1.979 metros. Alcanzar la cima es un triunfo. Lograr la meta, un instante áurico. La existencia cobra sentido. La geografía pasa a ser un espacio de refundación cósmica. Reinan las cumbres, la naturaleza y la paz. Es un escenario majestuoso donde nacen, renacen y mueren dioses. Con sus instructores y sus iniciados, que van de la curiosidad al redescubrimiento, y diversas fuentes. Conocimiento ancestral cifrado en textos, testimonios y visiones; o coberturas, como las de José de Zer en Nuevediario o los documentales de Infinito. Ideas que tan pronto resuenan con lo que uno intuía o aprendió en otras vidas.
Hay algo indiscutible: para salir de la incertidumbre o plantearse nuevas preguntas, nada mejor que un baño de experiencia.
Capilla del Monte, situada a poco más de cien kilómetros al norte de la ciudad de Córdoba, dio un vuelco completo hace cuarenta años. Antes, su vida social y turística giraba alrededor de los balnearios, el aire serrano y la foto familiar en El Zapato. Después de las festividades por el 400º aniversario de la fundación de la localidad, otra historia comenzaba. En diciembre de 1985, un grupo esotérico anunció un operativo para hallar una ciudad subterránea perdida; en enero de 1986 apareció una gran huella de pastizales chamuscados en una ladera de las Sierras del Pajarillo, ubicada en la pedanía Copacabana, en el departamento de Ischilín, que una familia asoció a la visión de luces. El enigma se legitimó cuando el intendente Diego Sez y Jorge Suárez, secretario de Turismo, firmaron una declaración oficial que certificaba “el aterrizaje de una nave ovni”. Estos tres eventos precedieron la reinvención de una geografía tachonada de rastros dispersos de cultura aborigen en un nuevo espacio sagrado que empezaba a poblarse de criaturas espaciales.
La cumbre del Uritorco es un nodo. Allí, el cielo y la tierra se enmarañan y el cableado sináptico hace cortocircuito. La geografía pasa a ser un espacio de refundación cósmica. Reinan las cumbres, la naturaleza y la paz. Es un escenario majestuoso donde nacen, renacen y mueren dioses.
El llamado
¿Qué sacraliza ciertos lugares? ¿Hechos fantásticos? ¿Creencias personalísimas? ¿La oportunidad de recomenzar? ¿Qué sucede al desembarcar en un sitio ignoto al que lo llevó un “llamado”? Esa fue la sensación más repetida a comienzos de los noventa, casi un lustro después de que esos parajes de Córdoba se embanderaran de misterio, cosmos e incienso: el Llamado. “Es una señal que devela la emergencia de un centro de peregrinación”, interpreta el antropólogo Alejandro Otamendi. El medio elegido no cambia el resultado. Estos “autoconvocados” son buscadores de sentido. Abandonan sus lugares de origen en pos de un cambio interior o para atender a un estímulo –desde una sensación inefable hasta el “mensaje telepático” de los Hermanos Mayores, recibido por conocidos o por ellos mismos. Siguiendo a Victor Turner, la Huella del Pajarillo aparecida en 1986 en la pedanía de Copacabana convocó a una communitas: en un ámbito liminal, nuevas vivencias invitan a un renacer de los peregrinos, cuyas nociones ordinarias de tiempo, espacio y percepción se alteran. Atender el llamado significa romper con sus vidas anteriores, sus profesiones y rutinas urbanas para radicarse o participar de retiros en busca de la energía “cósmica”, “etérica” o “divina”. El imaginario extra-intraterrestre da un marco de significado que orienta la conducta y la experiencia.
La peregrinación al Uritorco, ausente en la folletería turística previa a 1986, sacralizó el paisaje y ofreció una prenda de unión a los recién llegados. Marchar hasta el faldeo del cerro, antes de perderse en recovecos menos visibles, era una cita mística. Un mensaje bullía en el interior del visitante que, al llegar, se transformaba en reconocimiento. Como los reencarnados que descubren, en un déjà vu, los escenarios de vidas que vivieron en otro tiempo. Para estos andariegos, el plan no era turístico, sino devocional. Lo contrario sería ignorar por qué estacionaron ahí; pasar por alto la zanahoria de su búsqueda.
En el mundo hay otros hotspots, puntos de apariciones ovni recurrentes. Solo en Argentina están la ciudad de Victoria, en Entre Ríos, o Cachi, en Salta y, desde 2026, en Malargüe, Mendoza. Todos han integrado el turismo ufológico dentro de sus políticas públicas, infraestructuras y programas de promoción municipal. Capilla del Monte, precursora en la región, organiza el Festival Alienígena desde el carnaval de 2012. Allí funcionan museos, puestos de observación y un comercio temático que expende desde muñecos de marcianitos verdes, sahumerios para facilitar la meditación, hasta tragos con resonancias intergalácticas. La excepción es, quizá, el corredor ufológico andino, centrado en el astroturismo, la divulgación científica y los miradores –atalayas más tecnológicas que teológicas. Articulado con la localidad de San Clemente en Chile a través del Paso Pehuenche, se constituyó como “corredor ufológico internacional”. El primer proyecto binacional plativolista, vamos.
Sin duda, la zona más esoterizada es la del Uritorco, donde preexiste una tradición cultural, aunque forzada en el caso de los pueblos originarios. No hay actores excluyentes y todo gira alrededor de Capilla del Monte, reconvertida al nuevo mercado a velocidad warp. No solo porque en la ciudad se empezaron a organizar eventos especializados, salidas de transformación personal o a prestar servicios de terapias alternativas. Allí, una cosmología intraterrena ha reelaborado leyendas, ha resignificado objetos esotéricos –anclados en mitologías modernas recién envejecidas, como el Santo Grial y el Bastón de Mando (el Toki Lítico o Simihuinqui)–, y ha generado un efecto cascada regional. Según el geógrafo social Fabián Flores, este “derrame” empujó a otras localidades del Valle de Punilla a adoptar parecidos modelos de sacralización. Así, la mercantilización del flamante imaginario operaría como “un mecanismo de estabilización y reproducción de la esoterósfera local, configurando una hierozona mística”. El reverdecer turístico llegaría, así, junto a una suerte de ¡cabúm! hacia la hierofanía experiencial.
Atender el llamado significa romper con sus vidas anteriores, sus profesiones y rutinas urbanas para radicarse o participar de retiros en busca de la energía “cósmica”, “etérica” o “divina”. El imaginario extra-intraterrestre da un marco de significado que orienta la conducta y la experiencia.
Antes de todo
El primer eslabón visible de las cosas raras sucedidas en el Valle de Punilla inicia en diciembre de 1985, cuando dos medios, el diario Clarín y la revista Flash, entrevistaron a miembros de una llamada “Operación E.R.K.S.”, liderada por el Instituto Planificador de Encuentros Cercanos (I.P.E.C.). El grupo partió desde la Capital Federal el 7 de enero de 1986. A lo largo de diez días rastrillaron los alrededores del cerro Uritorco, extendiéndose hasta las sierras del Pajarillo, donde el 10 de ese mes una familia en Quebrada de Luna informó la aparición de la famosa huella, que relacionó con un resplandor rojizo visto el día anterior. El padrino de la expedición era el doctor Guillermo Alfredo Terrera (1922-1998), un jurista, antropólogo y docente de la Universidad Nacional de Córdoba, cuya deriva esotérica –aseguraba ser vidente– lo terminó alejando de la academia. Aquel anochecer, el metafísico cordobés confió que, muy cerca de allí, en el Parque Natural Los Terrones, mientras el espíritu de un tal Saruma incorporaba al maestro de un ritual de contacto, una entidad cósmica llamada Witaykon había pasado a saludar.
La Operación E.R.K.S. aludía a una exploración a pico y pala: el grupo iba en busca de evidencias concretas del Santo Grial, vinculando a la región con remotas “civilizaciones subterráneas que monitorean a la humanidad desde las fraternidades ocultas de Agharta y Shambhala en el Tíbet”. Ambas zonas fueron agregadas, por distintas vías, a la doctrina teosófica. Agharta era el reino que el esoterismo europeo de fines del siglo XIX situó bajo el Himalaya; Shambhala, un reino oculto de la tradición tántrica tibetana asociado al Kalachakra, un texto que llegó al Tíbet en el siglo XI, y ubicado al norte de un río mítico llamado Sita, en Asia Central. Áreas-51 de la espiritualidad, como el Shangri-La de Horizontes Perdidos, la novela de James Hilton de 1933 llevada cuatro años después al cine por Frank Capra.
El IPEC trazaba un “triángulo de fuerzas cósmicas” (otro concepto de raíz teosófica) donde yacía enterrado el Bastón de Mando, una barra labrada en basalto que Terrera dijo haber recibido en 1948 de manos de su maestro espiritual, Orfelio Ulises Herrera, iniciado –afirmaba– en Shambhala.
En Antropología Metafísica, Terrera escribía: “El poseedor del Bastón de Mando es un elegido de la leyenda y de los milenios, como lo fue Jesús, José de Arimatea o Parsifal, el iluminado caballero de la eternidad”. Alineado con la derecha peronista, se jactaba de su amistad con Perón y Muamar el Gadafi. Así lo afirma en el libro autoeditado Perón, Khaddafi y yo. En 1992, durante un evento público, el ocultista cordobés desató su voz cavernosa y rugiente y extendió su brazo derecho: “¡No tengan miedo de levantar la mano! Este es el saludo del solsticio para recibir la energía”. En segundos, gran parte del auditorio imitó el saludo hitleriano. Pocos sabían que, en las prácticas neopaganas, el ritual solar es con ambas manos extendidas hacia el cielo para simbolizar apertura, acogida de la energía y conexión con la naturaleza.
Todos han integrado el turismo ufológico dentro de sus políticas públicas, infraestructuras y programas de promoción municipal. Capilla del Monte, precursora en la región, organiza el Festival Alienígena desde el carnaval de 2012.

En los ochenta, Terrera había fundado la Escuela Hermética Primordial de las Antípodas en su casa de San Isidro. Allí se presentaba ante los iniciados como Intichacmani (Hombre con la fuerza del Sol, en un neoquechua de su cosecha). Su misión era refundar la Argentina y conducir la regeneración espiritual de la humanidad desde las sierras de Córdoba. El Bastón de Mando, también conocido como La Piedra de la Sabiduría, era la llave que le iba a permitir cumplir ese mandato mesiánico. Por eso, tras su deceso, la custodia del Toki Lítico fue disputada por círculos espirituales dispuestos a seguir con su causa. Terrera también hizo un aporte crucial para sumar a los comechingones al panteón cósmico, que para él eran “arios”. El impacto social en la subcultura del peregrino es evidente. “Son esencializados románticamente como nativos místicos que estaban en contacto con las entidades espirituales de la ciudad de Erks y del cosmos”, resume Otamendi.
Cabe refrescar la siembra cultural que, en apenas dos décadas, llevó a Capilla del Monte a duplicar su población. Fue un proceso casi por goteo: entre 1982 y 1987, Jaime Cañas, corresponsal local de Flash, publicó en ese tabloide –el de mayor circulación popular en materia de astrología, mancias y afines– más de treinta artículos sobre ovnis en la zona.
Tres años antes de la Huella del Pajarillo, en febrero de 1983, Cañas escribió sobre la presencia de “un centro de poder esotérico” donde “los ovnis suben y bajan”. El historiador Fernando Soto Roland, responsable de exhumar y estudiar el dossier, notó que Cañas manejaba un elástico repertorio de ideas ocultistas, conspiracionistas y ufológicas. También detectó su estilo novelado, que le permitía fabular entrevistas o prestar su voz a amigos o vecinos, generando el más temprano vínculo público documentado de la misión pacífica de los extraterrestres con las “energías cósmicas” del cerro. Roque Balista, entrevistado por Cañas, relacionaba la presencia ovni con “picos energéticos” como el Everest, el Aconcagua, Chimborazo e, incluso, las pirámides de México y Guatemala. Así, el Uritorco era otro “pico terráqueo” en una zona libre de contaminación. “Para el futuro gobierno mundial que nos sucederá antes del año 2000, estas tierras son reservas estratégicas y ecológicas”, decía.
Estas notas precedieron a la Operación E.R.K.S., sigla de Encuentro de Remanentes Kósmicos Siderales. En irdín –la lengua mística de esa neocultura– la misma palabra también significa "devoción". Con el tiempo, Erks pasó a ser el nombre de una ciudad subterránea legendaria, y ese mito quedó inseparable de su fundador: un maestro que, según contaban, canalizaba a Saruma (una entidad espiritual que se manifestaba a través de él) y recitaba mantras bajo las estrellas, abrigado por un poncho de colores claros. El “Remanente Kósmico” nos devuelve a la Llamada: en La Ciudad de la Llama Azul: Luces y sombras sobre el cerro Uritorco, Sebastiano De Filippi traduce el acrónimo así: al principio de los tiempos, algunos seres fueron separados y esparcidos por el universo, tal vez a causa de una tentativa perversa de subvertir el orden cósmico y postergar el plan de desarrollo universal. Uno de los objetivos de este centro espiritual era reunir a los descendientes de estos seres dispersos, hoy encarnados en la Tierra. Ese es el remanente que vuelve, respondiendo a la Llamada.
Desde marzo de 1983, en el parque de Los Terrones, el gurú indicaba a sus discípulos que observaran a Erks, que aparecía justo cuando encendía sus luces el Dique de Cruz del Eje. Monir Addur, un adorable profesor de matemáticas, astrónomo aficionado y exsecretario de Cultura de Capilla del Monte, participó de esos rituales. Muchos como él quedaron pasmados ante esas luces. En 1996, Monir fue asesinado en circunstancias nunca aclaradas.
Con el tiempo, Erks pasó a ser el nombre de una ciudad subterránea legendaria, y ese mito quedó inseparable de su fundador: un maestro que, según contaban, canalizaba a Saruma (una entidad espiritual que se manifestaba a través de él) y recitaba mantras bajo las estrellas, abrigado por un poncho de colores claros.
El griego
Encarnaba el espíritu de Saruma la figura que iba a sellar el destino esotérico del Valle de Punilla: el osteópata y contactado Ángel Cristo Acoglanis. En los ochenta extendía una tarjeta de doctor en medicina y afirmaba haber nacido en Grecia, aunque era más rosarino que Alberto Olmedo. Ángel creció en un hogar humilde junto a cinco hermanos. Después de la primaria –su única educación formal–, dejó los estudios, abandonó a su familia y se reinventó como jornalero: peón, electricista y chofer. Abrazó el peronismo y en 1962 fue candidato suplente a diputado en la lista de Unión Popular en Ramallo, provincia de Buenos Aires.
En su obra, De Filippi, el biógrafo de Acoglanis, destila una trayectoria que merece una biopic. Ángel le anunció a su esposa y sus hijos que debía seguir “una misión impostergable”. En 1964 viajó a San José del Rincón, Santa Fe, donde empezó a ejercer la quiropraxia. Se hizo buena fama: interminables filas de automóviles se agolpaban frente a su consultorio. En un grupo rosacruz-teosófico leyó La raza venidera (1871), una ficción satírica de Edward Bulwer-Lytton que los teósofos atribuyeron a eventos reales. Este libro le permitió a Acoglanis integrar a su visión del mundo las ideas de la Tierra Hueca, las civilizaciones subterráneas y la energía Vril. En 1967 fue preso por ejercicio ilegal de la medicina. Al salir de la cárcel, partió hacia Córdoba, sin abandonar la sanación. En Jesús María empezó a recibir a una clientela adinerada. Una consultante de la época, Beba Martel, canalizaba seres del espacio que anunciaban un cataclismo inminente. La cosmología que adoptó de Bulwer-Lytton y la visión distópica de Martel pudieron influir en el escenario que iba a representar en las sierras, tres lustros después.
En 1969, dos señoras de Recoleta, las hermanas Sonia y Mercedes Anchorena, le ofrecieron instalarse en Buenos Aires, donde su talento iba a ser más valorado. Allí conoció a un lama, Saarumá, que lo inició en quiropraxia. La obvia homofonía con Saruma, el ser de las Pléyades que Acoglanis afirmó canalizar después en Los Terrones, no le chocó a ninguno de los médicos que lo acompañaron en las clases del maestro. En ese nuevo ambiente trabó amistad con Rubén Elías Antonio, hermano menor de Jorge Antonio, el empresario y confidente de Perón.
Tan carismático como mujeriego, Ángel tenía una amante, la médica Marisa Mur. También alumna del lama tibetano, él la necesitaba. Su matrícula, sobre todo. Claro, “el griego” temía conflictos con su esposa, Betty Mühn, con quien tenía cinco hijos biológicos y dos adoptivos. Un buen día, decidió sacarse a su amante de encima y presentársela a Rubén Elías. El romance terminó en boda. Pero la relación entre Ángel y Marisa siguió. En febrero de 1983, ambos viajaron a la estancia La Aurora en Paysandú, Uruguay. Al parecer, aquel sitio propiciaba curaciones que ni Acoglanis era capaz. Su propietario, Ángel María Tonna, había informado sobre un espectacular caso ovni en febrero de 1976. Ese discreto campo, devenido en epicentro de la actividad contactista regional, alcanzó su clímax cuando el escritor José Trigueirinho publicó Aurora: esencia cósmica curativa. El esoterista brasileño ungió a la zona como uno de los siete centros energéticos de la Tierra.
El paso de Ángel por La Aurora fue clave. Allí afirmó haber recibido la revelación de la Jerarquía espiritual para aceptar la transmigración de una entidad en su cuerpo, Saruma, evento con el que inició en Los Terrones su ciclo ceremonial. Poco después, Marisa Mur iba a ser sacerdotisa de su nueva misión junto con Betty, la esposa de Ángel. Mur aceptó asociarse con él para montar un consultorio en Callao 1541. Esos ingresos iban a financiar el faraónico retiro médico-religioso que Acoglanis planeaba edificar en el Valle de Punilla.
Entre otra gente del poder, Ángel atendió a Alfredo Stroessner: agradecido por “curarle un cáncer”, el dictador le otorgó un diploma de médico por la Universidad Nacional de Asunción, sin validez en Argentina. El doctor Florencio Escardó, un médico pediatra y escritor que lo admiraba, intentó que una comisión de la Facultad de Medicina de la UBA verificara sus conocimientos para legalizar su título. Acoglanis dio excusas y no se presentó a las citas. Su debilidad por la adulteración autobiográfica le alcanzaba para respaldar su autoridad. Por un lado, aseguraba haberse recibido como médico en Grecia, de donde sería exiliado político. Betty ignoraba que tuviera dos hijos de su primer matrimonio con Zulema Serra, una etapa escondida ya que él aseguraba que, por esas fechas, había viajado al Tíbet.
Pero el destino lo iba a llevar a una encerrona.
El 19 de abril de 1989, Rubén Elías Antonio, su amigo y padrino de uno de sus hijos, se apersonó en el consultorio de Callao y mató a Ángel de siete disparos. La causa quedó a cargo de la jueza María Romilda Servini de Cubría, vinculada al empresario peronista Jorge Antonio –hermano del asesino–, quien declaró inimputable a Rubén Elías. En 1990, el menemismo nombró a Servini jueza federal. Ese contexto, sumado al fallo benigno, alentó versiones sobre supuestos “secretos turbios” que Acoglanis se habría llevado a la tumba. La explicación más simple parece ser otra: Rubén Elías nunca le perdonó a Ángel que siguieran sus amoríos con Marisa. Una hipótesis que sale fortalecida por la tragedia que le sucedió: liberado en 1993, firmó el divorcio con Mur y se suicidó arrojándose desde la terraza de su edificio.
Los discípulos de Acoglanis no aceptaron que ambos desencarnaran por causas mundanas. Al revés, estas muertes despertaron la sospecha de una conjura. Ángel, y luego su asesino, “fueron silenciados para sepultar el secreto de Erks”. Meses antes, el propio Ángel anunció que se aprestaba a realizar “un largo viaje”, interpretado como un regreso a las montañas del Tíbet o a su origen intergaláctico.
En un grupo rosacruz-teosófico leyó La raza venidera (1871), una ficción satírica de Edward Bulwer-Lytton que los teósofos atribuyeron a eventos reales. Este libro le permitió a Acoglanis integrar a su visión del mundo las ideas de la Tierra Hueca, las civilizaciones subterráneas y la energía Vril.
Los reptilianos van perdiendo
El legado de Acoglanis aún vive a ambos lados de la Ruta Provincial 17, un trayecto de unos 20 kilómetros de ripio en un corredor que abarca Charbonier, Quebrada de Luna, Los Terrones y Ongamira. Este circuito conecta una red de comunidades cosmosóficas (Uksim, coordinado por Daniel Gagliardo), grupos contactistas (Centro Iki Shamuaika, que continúa Betty Mühn, la viuda de Ángel, y el FUPEC, de Dante Franch), centros de retiro new age y neochamánicos. En el sector de Puerta del Cielo, poco antes de terminar preso acusado por el abuso de una menor en 2023, fulguró Antarel Elohím, quien reivindicaba el imaginario desde el nombre de su primera comunidad: Centro Comando Erks.
Cada temporal intenso y, sobre todo, cada incendio forestal, pone al Valle de Punilla al borde de la catástrofe ambiental. Vegetación, cultivos, fauna autóctona y centenares de habitantes sin viviendas. La zona elegida, que iba a evacuar a los elegidos en el final de los tiempos, resultó poco acogedora. Este fenómeno pone a prueba, periódicamente, la fe de las comunidades. Durante los incendios de 2018, Antarel dijo que el fuego había purificado a la Madre Tierra para crear un vergel. “Todo está protegido, no ha habido víctimas fatales y ha habido situaciones milagrosas”. Miryam Dietrich, establecida en Quebrada de Luna, dijo: “La oscuridad trata de dominarnos incendiando una de las tierras más sagradas”. La contactada se hizo conocida porque afirmó que un “asiento de los comechingones”, un hueco en la piedra, era un portal energético activo. “Los reptilianos van perdiendo”, escribió Dietrich en su muro en Facebook, y agradeció a los Hermanos Mayores de Erks. Carlos Gallo, guía del campamento El Peregrino, mencionó que casi no existía diálogo entre las diversas comunidades. Solo después de 2015, cuando el Valle sufrió la primera gran inundación, armaron un grupo de WhatsApp. Lo que el cielo no unía, lo unió el fuego. O el agua. “Nos unió la tercera dimensión”, redondeó Gallo.
En camino a San Marcos Sierras existen otros grupos como Misión Reina de la Paz, coordinado por Patricia, una contactada que conversa en silencio con la Virgen María y la Aldea de los Magos de Tolián, que sigue el calendario maya de José Argüelles. Hacia el sur está la sede de los neotemplarios de Arkadia, liderada por el empresario César Imbellone, CEO de DELCA International Group. Soto Roland leyó su libro Templarios: los Hijos del Sol: “Estos templarios nos hablan de una apócrifa ‘historia oficial’ orientada a ocultar verdades para ellos reveladas, producto de un razonamiento conspiranoico, apofénico, repleto de especulaciones sin sentido que, aun teniendo una lógica interna atractiva, en nada se condice con lo que la historia académica ha podido comprobar”.
¿Para qué necesita Dios una nave?
Esta es la pregunta que el capitán Kirk le hace a la entidad que se presenta como Dios en Star Trek V: La última frontera (1989), dirigida por William Shatner. En la trama, Sybok, el renegado medio hermano de Spock que había rechazado la lógica de su especie para elegir un camino místico, convence a la tripulación de robar el Enterprise para atravesar la Gran Barrera Galáctica. El objetivo: llegar al planeta Sha Ka Ree, la residencia de Dios según la mitología vulcana. Cuando lo encuentran, la entidad –que resulta ser un ser alienígena poco amistoso disfrazado de divinidad– le exige a Kirk que le ceda la nave para poder escapar de su prisión cósmica. Entonces, Kirk formula la pregunta, quizá la línea más citada de la saga: “¿Para qué necesita Dios una nave estelar?”. Si una entidad es omnipotente, bien podría prescindir de tecnología terrícola para desplazarse. La necesidad material desnuda la falla lógica del personaje, delata la impostura.
Si los enigmas más acuciantes de la geografía erksiana se pudieran despejar confrontando la visión racionalista del mundo con la religiosa, bastaría trasladar la misma pregunta –quizá sin la ironía de Kirk– a sus artefactos litúrgicos. Por ejemplo, el rayo tractor de las experiencias extrañas del Valle de Punilla, como la marca del descenso de un plato volador en el Pajarillo. ¿Y si fue causada por el impacto de una centella? Hay evidencias sobre ello. Si las entidades cósmicas pueden asombrar con vuelos rasantes fantásticos o dictar enseñanzas para la evolución de la humanidad, ¿por qué se comunican en un idioma que solo tradujo Acoglanis, con un historial tan problemático? ¿Por qué aceptar el poder místico de un bastón que perteneció a Terrera, una figura que nunca tuvo poder real?
La necesidad material desnuda la falla lógica del personaje, delata la impostura. Si los enigmas más acuciantes de la geografía erksiana se pudieran despejar confrontando la visión racionalista del mundo con la religiosa, bastaría traslsladar la misma pregunta –quizá sin la ironía de Kirk– a sus artefactos litúrgicos.
Los maestros cósmicos que describen Acoglanis, Terrera y Trigueirinho necesitaron de un efecto mágico anclado en factores humanos, terrenales y territoriales. En sus rituales en Los Terrones, Acoglanis/Saruma invoca fenomenologías visuales; el poder de El Simihuinqui ha sido recargado con representaciones esotéricas ampliamente disponibles; y comunidades como Uksim, basada en las enseñanzas del místico brasileño, son el refugio perfecto. El andamiaje funciona mientras existan personas dispuestas a ascender a cerros y quebradas para buscar respuestas de las luces cósmicas, acepten la envoltura mágica de objetos como la Piedra de la Sabiduría o integren comunidades donde sus convicciones son aceptadas.
El mito erksiano no necesitó de Acoglanis para sobrevivir. Es, como destaca Otamendi, un espectáculo colectivo y territorial antes que una revelación privada. A la vez, nada es para siempre. “Los mitos se gastan porque están sujetos a las leyes humanas y las explicaciones que fueron de utilidad para una generación, se erosionan con el uso y ya no surten el mismo efecto iluminador para generaciones posteriores”, escribió Marcelo Valko en Ciudades malditas, ciudades perdidas: huellas de geografía sagrada.
Valko también recuerda cómo la irrupción de la quimera en el mundo tangible puede desmontar el tablero de las ideas. Durante siglos, las Indias Occidentales fueron el Paraíso Perdido. Al final fue América. “Un continente tan inmenso y más increíble que la fantasía más impensada, golpea como una maza en la cabeza de fanáticos e incrédulos”. Todas las leyendas, ese infinito crisol de rumores, ritos incomprensibles y monstruos confusos, se volvieron realidad. Erks, claro, no es el Nuevo Mundo. Solo lo es en su registro utópico.
¿Es preciso recordar la existencia de chantas? Desde que preside la Argentina un panelista de la tele al que invitaban porque iba despeinado y afirmaba barbaridades con la seguridad de un loco, llamar a alguien “chanta” es casi un elogio. En el Valle de Punilla proliferaron criaturas por el estilo, miniaturas del divulgador que se cree emperador. A comienzos de los 90, el líder del Grupo Alfa, Francisco Checchi –un antivacunas que falleció por Covid en la pandemia– canalizó a Adoniesis. Le dijo que el Uritorco había sido colonizado por alienígenas negativos, y era preciso dejar ese lugar. Esa misma u otra entidad cósmica le reveló que el grupo debía mudarse a la localidad de La Dorada, en Catamarca. Checchi había recibido en donación varias hectáreas que quería parcelar. Estafadores hay en todas partes.
En el Valle de Punilla, la pregunta por la existencia de Erks parece perder interés. La cuestión relevante ya no es si existe, sino por qué necesitó manifestarse en nuestra cultura. Incluso, a esta altura, resulta secundario si esas luces son naves, la iluminación de un dique distante, vestigios de un portal dimensional o faros de autos. Lo que debería importar es, más bien, por qué tantos creen que en Erks vive una civilización alienígena. Y qué provecho obtienen los creyentes de una aventura que, para otros, sería a todas luces frustrante.
Estos parajes son un refugio simbólico, espacios donde muchas personas que han dejado su vida anterior –no importa si esclava, burguesa o solo aburrida– encuentran pares, comunidad, identidad e incluso amigos y diversión. En ese reencantamiento, una piedra se vuelve hierofanía, un hueco en forma de sillón se convierte en portal y un cerro pasa a ser santuario. Llegan dispuestos a experimentar lo extraordinario o, al menos, a verse a sí mismos experimentándolo. Naturalmente, detrás del hechizo existe una maquinaria aceitada. Hay canalizadores, comerciantes, municipios y, por supuesto, charlatanes. Todos reman para agregarle valor al mito, para que este se transforme en souvenir o circuito turístico –festivales alienígenas, caminatas nocturnas, meditaciones guiadas–, bajo una marca territorial que cada cual, según su juego, contribuye a sostener.
Estas experiencias de ciencia ficción en el mundo real suman adeptos. ¿Quiénes somos nosotros para juzgarlas? ¿Acaso los que no somos capaces de disfrutarlas? El misterio activa la curiosidad y la imaginación, y cuando sirven para tejer un sentido de pertenencia, muchas veces empiezan historias que vale la pena vivir, contar y hasta agendar.
En el Valle de Punilla, la pregunta por la existencia de Erks parece perder interés. La cuestión relevante ya no es si existe, sino por qué necesitó manifestarse en nuestra cultura.