¿Qué fue la revolución peronista de 1973?
¿Qué fue la revolución montonera, ahora que es historia? ¿Fue inevitable el final que tuvo, estaba inserto en la misma lógica del régimen, o distintas variables condicionaron y determinaron finalmente ese derrotero? ¿Cuánto hay de necesario y cuanto de contingente? es lo que se pregunta Pablo Touzón en ¿Qué fue la revolución peronista?, cuyo prólogo repoducimos a continuación.
por Pablo Touzon
Casi todos tenemos alguna imagen en nuestra cabeza de la revolución argentina; como los barbudos cubanos y el Che Guevara antes, en la etapa pionera del socialismo latinoamericano, el proceso que se desencadenó con la toma del poder de los Montoneros en Argentina fue prolífico en la producción de iconos para la cultura política mundial.
Las gigantescas mareas humanas, a escala china, que cubrieron el país luego de la muerte del viejo caudillo Juan Domingo Perón en Madrid, el 27 de mayo de 1973; el rostro juvenil y alucinado del comandante de las Milicias Populares, el enfant terrible Rodolfo Galimberti, montado en un tanque de guerra entrando a la capital de Mendoza, último bastión urbano de la contrarrevolución; los legendarios discursos de 1975, en plena guerra civil argentina, pronunciados por Héctor Cámpora y Fidel Castro con la imponente Cordillera de los Andes de fondo, y el mensaje dirigido directamente a Augusto Pinochet: “¡La cordillera será la tumba de la reacción imperialista!”; el auto destrozado de Rodolfo Walsh, el Camus argentino, en el confuso accidente que le costó la vida en 1977; los comandantes en verde oliva, Mario Firmenich, Roberto Quieto y Roberto Perdía, fundidos en un abrazo eufórico para festejar el gol de Mario Kempes frente a Holanda en la final del Mundial ´78, convertida en la foto de la victoria montonera luego de los durísimos años de la guerra civil y la lucha desesperada, de sobrevivencia, del régimen montonero. Jean Paul Sartre en el balcón de la Casa Rosada, Norma Arrostito y Jane Fonda en la selva tucumana, Yasser Arafat llevado en andas por las masas en las playas de Mar del Plata.
Imágenes del auge que dejaron paso a otras, más sórdidas, en el crepúsculo final de la revolución a finales de los años ochenta. El descubrimiento paulatino de las condiciones inhumanas de las masivas “cárceles del pueblo” que se desplegaron por toda la geografía argentina durante los años de la guerra y que nunca terminaron de irse del todo (Lo que el periodista Mariano Grondona llamaría, desde su exilio norteamericano, “el Gulag argentino”); el mismo rostro de Rodolfo Galimberti, ahora más adulto, primer desertor de la revolución montonera, que luego de su espectacular fuga en New York en 1982 describiría en el programa de Johny Carson y frente a toda la audiencia mundial los abusos y privilegios de la nueva nomenklatura peronista; la cerrada y asfixiante cultura de la delación fomentada por la nueva Guardia Montonera, suerte de policía política del régimen, que tuvo como máximo y absurdo icono la censura al músico Charly García en 1984 por su canción “Yo no quiero volverme tan monto”; la corrupción creciente de la llamada segunda generación de la revolución peronista, la joven clase arribista que se hizo cargo de casi todos los puestos de la administración estatal hacia principios de los años ochenta, que el ensayista Claudio Uriarte bautizaría desde Montevideo como “la tecnocracia fallida del peronismo realmente existente” y que tuvo como epílogo la quema del Colegio Nacional de Buenos Aires por una turba en 1990, pocos días antes de la caída definitiva del régimen.
La joven clase arribista que se hizo cargo de casi toda la administración estatal hacia principios de los años ochenta, que Claudio Uriarte bautizaría como “la tecnocracia fallida del peronismo realmente existente” y que tuvo como epílogo la quema del Colegio Nacional de Buenos Aires por una turba en 1990, pocos días antes de la caída definitiva del régimen

La pregunta es si es posible pensar, más allá de toda esta proliferación de símbolos y fotos (que sirven pero que a la vez que abruman y confunden) en el proceso profundo de esta revolución, más allá de las pasiones que despertó y seguirá despertando post mortem. ¿Qué fue la revolución montonera, ahora que es historia? ¿Cuáles fueron sus etapas, sus lógicas, sus proyecciones y sus sueños? ¿Fue inevitable el final que tuvo, estaba inserto en la misma lógica del régimen, o distintas variables (como la geopolítica de la Guerra Fría, por ejemplo) condicionaron y determinaron finalmente ese derrotero? ¿Cuánto hay de necesario y cuanto de contingente?
El parto sorpresivo de una Revolución
El derrotero de la revolución del ’73 en Argentina demostró a la larga que el caso cubano no fue la excepción, sino la regla. Incluso en países con economías de desarrollo medio, clase media urbana potente y clase trabajadora robusta y movilizada, como era la Argentina en la cual se produjo la revolución, las constricciones de la Guerra Fría a nivel geopolítico y las mismas limitaciones internas de los programas económico terceristas, “ni capitalistas ni socialistas”, impedían el real despliegue de un modelo nacional-popular propio y endógeno. El peronismo empezó en la década del ’50 como una barrera ante el comunismo y terminó propiciándolo en la década del ’70, y esto no una anomalía. En sus orígenes, el movimiento 26 de Julio de Fidel Castro también fue nacionalista y antiimperialista hasta que su propia dinámica interna y las necesidades básicas de protección militar y defensa frente a los Estados Unidos lo llevaron también, como en el caso de los Montoneros, a una sovietización acelerada. El General Perón murió dos días después de que su delegado Cámpora asuma el poder, pero de vivir más tiempo, el proceso revolucionario argentino hubiese transcurrido siguiendo más o menos las mismas etapas (Eric Hobsbaum, Historia del siglo XX).
La historiografía sobre la Revolución suele seguir, con variantes menores, este mismo sendero teórico. Para el peronismo triunfante en 1973, esta es, desde ya, la interpretación canónica. El peronismo tendría, desde esta perspectiva, una primera etapa nacional-popular, sindicalista y tercerista, y una evolución orgánica, natural, inserta en el sentido de la Historia, hacia el socialismo nacional primero y hacia el internacionalismo proletario después. "La clase obrera ya no necesita sindicatos porque está en el poder", justificación teórica de la tensión permanente que existió siempre entre el denominado "movimiento obrero organizado" y la revolución montonera, que terminaría de explotar con el retorno de la autonomía de la CGT en 1987 (la CGT Libre), intervenida desde1975 por el Estado montonero, y las huelgas masivas que precipitaron la caída del régimen.
Sin embargo, cabe preguntarse si en la muerte de Perón en Madrid “a lo Moisés”, en las puertas de su tierra prometida, no hay un acontecimiento político mucho más determinante. Esto opinan incluso algunos antiperonistas notorios como el ex General Agustín Lanusse, quien escribió desde la cárcel, ya en 1980: “Perón, mal que me pese, hubiese puesto un coto a la rama más izquierdizante y castrista de su movimiento. No me cabe la menor duda”. Cuestiones de la contrafáctica; en cualquier caso, por convicción o conveniencia, o cierto es que la nueva Revolución endiosó y mistificó la figura de Perón en un culto a la personalidad nunca visto antes en el Cono Sur. La aristocrática Avenida Alvear en Buenos Aires pasó a denominarse Juan Perón ya en 1973, y algunos observadores metódicos llegaron a detectar más de 40 mil espacios públicos renombrados en su homenaje entre calles, puentes, autopistas, escuelas y hospitales. En los primeros años de su existencia, esta fuente de legitimidad política, el hecho de ser “los herederos de Perón” fue clave en la construcción de su poder, su vinculación con los sectores populares argentinos y en la disputa con las estructuras del sindicalismo tradicional. Cómo declaró en 1974 el presidente del Consejo Revolucionario, Mario Eduardo Firmenich:
Ya no existe la tendencia revolucionaria como una rama del Movimiento porque hoy la tendencia revolucionaria es el mismo peronismo. Este gobierno y esta revolución es peronista, no Montonera.
Después de la muerte de Perón se encadena en este primer año de la Revolución otro acontecimiento no previsible, y hasta insólito: el juramento de fidelidad de la Armada argentina (desde 1945 el arma más nítidamente gorila de las Fuerzas Armadas) al nuevo gobierno de Héctor Cámpora. Un cambio de bando que no puede explicarse sin el aleatorio “rol de la personalidad en la Historia”, y en este caso, la de una personalidad en particular: el almirante Emilio Eduardo Massera. El más florentino, intrigante y maquiavélico político del Partido Militar argentino fue el Judas de su propia clase porque la consideró incapacitada para expresar una alternativa de poder en el corto plazo, y por pura ambición personal. Nadie como Massera interpretó tan fríamente las urgentes necesidades de un nuevo gobierno que pronto empezaría a ser amenazado por aire, tierra y mar. Y nadie acumuló tanto poder en esos primeros años como él, expandiéndose como un pulpo sobre servicios de inteligencia, organismos estatales y empresas públicas. Cuanto más contra las cuerdas se encontraba la revolución montonera, más necesidad tenía de él, en una relación de tensión, desconfianza y recelo que no terminaría hasta su muerte en 1976 a manos de sus propios ex camaradas de armas.
De toda la jerarquía de las FFAA, Massera fue el primero que convalidó y apoyó el proceso de formación de las milicias populares a cargo de Galimberti, también justificó y sostuvo la integración del PRT-ERP en dichas milicias para el combate a la contrarrevolución en las regiones más calientes del país.
De toda la jerarquía de las Fuerzas Armadas, Massera fue el primero que convalidó y apoyó el proceso de formación de las milicias populares a cargo de Galimberti, el primer organismo militar oficial de la nueva revolución, inclusive antes que Jorge Raúl Carcagno, el camporista comandante general del Ejército argentino. También justificó y sostuvo en los meses siguientes un acuerdo que sería estratégico para la organización interna de las fuerzas revolucionarias en la Argentina: la integración del PRT-ERP en las Milicias Populares en un rol especifico, el combate a la contrarrevolución en las regiones más calientes del país. Probablemente su mayor traición, y la que le costó la vida en el atentado con bomba frente a su palacete de la Avenida Juan Perón.
Ya desde diciembre de 1973, distintos cuerpos del ejercito comenzaban a levantarse en armas, de manera ciertamente muy desorganizada, aquí y allá, contra el nuevo gobierno, en un proceso que terminó en 1974 en el enfrentamiento abierto en varias provincias, en particular en dos provincias, incomunicadas entre sí. Mendoza, abastecida desde septiembre de ese año por el nuevo régimen de Augusto Pinochet en Chile y Tucumán, donde se produjeron las batallas más encarnizadas, que le valieron el mote de “El Carnicero de Tafí Viejo” a Enrique Haroldo Gorriaran Merlo, líder del ERP y el comandante de la columna más virulenta de las milicias revolucionarias. Sin una división en el Partido Militar argentino, no había revolución montonera.
Y finalmente, un tercer acontecimiento, esta vez internacional. Suele decirse con acierto que el caso Watergate y sus implicancias corrosivas en el proceso de toma de decisiones en Washington fue la ventana de oportunidad que aprovecharon los Montoneros en el poder. Richard Nixon pudo mantener e incluso acelerar el proceso de derrocamiento de Salvador Allende en Chile, pero se quedó sin resto político para hacer lo mismo en la Argentina, con un gobierno que había sido validado en las urnas tan solo unos meses antes, un ejército desgastado por el ejercicio del poder desde 1955, sin alternativas políticas reales al retorno del peronismo y en estado de ruptura interna frente a la alianza Carcagno-Massera, una movilización popular masiva y unas fuerzas guerrilleras en armas y en el poder en la Casa Rosada. En esos primeros años la revolución peronista fue realmente popular, un dato evidente muchas veces pasado por alto hoy, un absurdo historiográfico siendo que es el elemento que explica, más que el peso de las armas, su supervivencia.
Además, la comandancia revolucionaria había tomado otra decisión estratégica, una que fue central en esos primeros años para su relación con el resto de Occidente: no cortó la legalidad institucional burguesa. El argumento político interno que la conducción montonera sostuvo contra sus propios ultras (sobre todos de los aliados troskystas del PRT, desconfiados de toda forma de proceso democrático burgués) fue que, dado que el mandato constitucional en la Argentina era de 6 años, y que este acababa de comenzar, no tenía sentido perder ese activo de respetabilidad institucional hacia afuera y de legitimidad hacia adentro. Así, Cámpora siguió siendo presidente de la Argentina hasta después del Mundial de Fútbol de 1978, aunque más no fuera de manera nominal y en el formato de Osvaldo Dorticós en Cuba, porque a nadie escapaba que el verdadero poder residía en el Consejo Revolucionario que presidía Mario Eduardo Firmenich y que contenía a la conducción montonera, la del PRT-ERP y que sumaria luego, a tono con la creciente presencia soviética en el país, al Partido Comunista Argentino. No sería hasta 1979 que la revolución asumiría plenamente su carácter revolucionario con la reforma constitucional y la proclamación del “socialismo nacional” como forma de gobierno.
En toda esa primera etapa de su existencia, la lógica de defensa de “República vs. Fascismo”, a la manera de la guerra civil española, no sólo propició una ola de solidaridad de los partidos progresistas a nivel mundial, sino que también generó una avalancha internacionalista de guerrilleros y activistas venidos de todo el mundo para defender la causa peronista. En las principales capitales del mundo occidental, la defensa de la República en Argentina y los carteles de “No pasarán” con los colores celeste y blanco coexistían con los cada vez más numerosos contingentes de exiliados de este mismo país. Además, durante esos primeros dos años, amplios sectores del Partido Demócrata creían que involucrarse en Argentina era propiciar la generación de otro Vietnam en Sudamérica, cuando todavía el otro Vietnam, el real y no el de la metáfora, seguía activo, perdidoso, y estaba llevándose puesta a una generación entera de norteamericanos.
Cámpora siguió siendo presidente de la Argentina hasta después del Mundial de Fútbol de 1978, pero a nadie escapaba que el verdadero poder residía en el Consejo Revolucionario que presidía Mario Eduardo Firmenich con la conducción montonera, la del PRT-ERP y que sumaria luego, a tono con la creciente presencia soviética en el país, al Partido Comunista Argentino
En cualquier caso, ser “The president who lost Argentina” sepultó definitivamente a Nixon, quien debió renunciar al año siguiente en favor del mediocre Gerald Ford, lo cual no hizo sino procrastinar la crisis del poder del ejecutivo norteamericano hasta 1976, el año en donde Ronald Reagan llegó al poder. Mientras tanto, las estructuras estables del poder en Washington se limitaron a construir un cordón sanitario alrededor de la revolución montonera, a evitar su propagación y a hacerle una guerra indirecta a través de sus países vecinos y, sobre todo, uno: el Chile de Augusto Pinochet.
El Muro de los Andes: la revolución montonera en la Guerra Fría
El Muro se mudó de continente. De Europa a América. De Berlín a la Cordillera de los Andes
Henry Kissinger, entrevista en The Times, Agosto de 1974
El hombre hace su propia historia, pero no la hace a su libre albedrio, bajo circunstancias elegidas por él, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentra directamente, que existen y le han sido legadas por el pasado
Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Bonaparte.
Cuando pensamos en la idea de “Revolución” política, en general nos remitimos al ciclo de grandes revoluciones que irrumpen en la Historia desde la Revolución Francesa de 1789. La Revolución Rusa de 1917, la Revolución Cubana de 1959. Eventualmente, y un tanto más lejana para el lector occidental, la Revolución China de 1949. Hay una gramática de esas revoluciones, un ciclo interno, una coreografía que se repite con insistencia: las peleas entre maximalistas y minimalistas, jacobinos y girondinos, bolcheviques y mencheviques; las purgas, Saturno devorando a sus propios hijos; las colonias de exiliados que brotan como hongos, los primeros expatriados por el proceso revolucionario; y la guerra civil, real y no larvada. La Revolución Argentina no fue la excepción, y en ese destino común encuentra su certificado de validez. Comparte todas las marcas de familia.
Por otro lado, sostener que la Revolución argentina tiene mucho de contingente, de disruptivo y de azaroso, no implica negar tampoco que esta se insertó de lleno en el nudo central de la historia de la segunda mitad del siglo XX: el conflicto bipolar entre capitalismo y socialismo, entre la Unión Soviética y los Estados Unidos. Una guerra fría que moldeó los contornos y que lijó las puntas de cada experiencia nacional y que de alguna manera marcó siempre los límites de su propio despliegue.
A la Argentina su tablero de juego se le planteó tempranamente. La casi total sincronía entre la toma del poder del peronismo y la caída de Salvador Allende en Chile marcaron desde el inicio cuál sería el adversario principal, el estado ideológico hostil, al decir del historiador Ernst Nolte, al que tendría que enfrentar. El cordón sanitario americano se activó rápidamente, pero así y todo no pudo evitar que por algunos meses la suerte geopolítica del Uruguay pendiese de un hilo. La solidaridad revolucionaria entre Tupamaros y Montoneros era fuerte, la empatía cultural también, y pronto empezó a fluir por los estuarios rioplatenses el apoyo montonero a la revolución en Uruguay, que sólo pudo ser contenida con una represión feroz primero y luego, años más tarde, con el acuerdo de neutralidad del paisito. Uruguay seria la Finlandia del Cono Sur.
Brasil, por su parte, expresó contra la Revolución un antagonismo explícito desde lo ideológico que no se condijo nunca con su práctica concreta. Más allá de algunas escaramuzas, los militares brasileños temían verse empujados por Estados Unidos y el resto de los países de la OTAN a un conflicto apocalíptico, una guerra popular y prolongada con su vecino más grande que pondría en riesgo la propia pervivencia del régimen militar y su programa de desarrollo. Brasil optó por una actitud conservadora y un pacto bajo cuerda con los revolucionarios argentinos: “Ustedes no la traigan acá, nosotros no la combatimos allá”. El fantasma de la Guerra de la Triple Alianza sobrevolaba, con la Argentina de Firmenich en el lugar del Paraguay de Solano López, y para los vecinos norteños del país austral fue en definitiva mucho más beneficioso usufructuar los millonarios beneficios de la ayuda americana del “Plan Marshall para las Américas”, como se lo llamó, para su propio crecimiento, armamento y desarrollo de infraestructuras claves, que embarcarse en una guerra fraticida y de final abierto. Los revolucionarios argentinos tuvieron que morderse la lengua y aceptar un status quo que en última instancia los beneficiaba, dada la incapacidad manifiesta de llevar a cabo una guerra, así fuera revolucionaria o partisana, en tantos frentes simultáneamente. La impresionante base militar de la OTAN en las Islas Malvinas, las más grande del planeta, cerraba el circulo de este containment desde el Atlántico Sur.
La casi total sincronía entre la toma del poder del peronismo y la caída de Salvador Allende marcaron desde el inicio cuál sería su estado ideológico hostil: Chile. Por su parte, Brasil expresó contra la Revolución un antagonismo ideológico que no se condijo nunca con su práctica concreta y Uruguay seria la Finlandia del Cono Sur.
Otro fue, ciertamente, el caso de Chile. En la cosmovisión de los dirigentes y cuadros del nuevo régimen pinochetista, la destrucción de la revolución montonera ocupaba un lugar de importancia casi simétrico al de gobernar y expulsar al comunismo de Chile. El compromiso militante, sistemático, riguroso y sostenido contra sus vecinos fue inquebrantable a lo largo de casi todo el periodo peronista, y por eso, e incluso antes de que Kissinger lo nombrase como tal en la entrevista del Times de Londres, todos sabían que había caído un Telón de Acero en Sudamérica de mucha mayor envergadura que el de Europa. A lo largo de toda la cordillera de los Andes se desplegó la que fuera la frontera más militarizada, espiada, penetrada, desertada y opinada de todo el planeta Tierra. La primera ayuda significativa que los soviéticos aportaron a la Argentina de Cámpora fue precisamente en el campo de esta ciencia de fronteras, disciplina en la que URSS siempre destacó, desde incluso antes de la Segunda Guerra Mundial. Así, el primer desembarco de lo que luego sería el fuertísimo involucramiento soviético en la Argentina nació primero por la más urgente necesidad. De Chile afluían armas, medicamentos, comida y dinero que los norteamericanos proveían a los gorilas argentinos, desde Salta hasta Tierra del Fuego, lo cual precipitó a los argentinos a los brazos soviéticos, a pesar de las fuertes resistencias que tenían sectores importantes de la dirigencia revolucionaria con la Unión Soviética, desde Santucho hasta el mismo Firmenich, por motivos ideológicos y políticos. Y también por una razón de estricto cálculo de poder: como no tardó en ser claro, la presencia de la ayuda soviética cambió el equilibrio interno de la revolución, generando un rol cada vez más destacado en las decisiones y en el aparato estatal de la estructura de cuadros del Partido Comunista Argentino, un actor absolutamente menor en la toma del poder revolucionario.
Los soviéticos instalaron el grueso de su aparato militar en el Sur argentino, con sede en la comandancia militar del Ejército Rojo en el ex hotel Llao Llao, emplazamiento de alto valor simbólico desde donde monitoreaban la región de los lagos. Bariloche, la Little Moscú como la empezaron a llamar los argentinos a causa de la descomunal presencia rusa en la ciudad, fue la perla urbana de la era soviética en el hemisferio sur, con sus dachas secretas, su arquitectura brutalista y sus centros de vacaciones sobre las que el escritor Rodolfo Fogwill, exiliado luego en Los Angeles, ironizó: “el único comunismo que me gusta es el que tiene vista al lago”.
La guerra fría en la mítica cordillera dio lugar también a un sinfín de expresiones culturales. Películas, libros (siendo tal vez la novela de John Le Carré, The Woman who Came from the South, una suerte de secuela de su primer celebrado libro sobre el Muro de Berlín, el más celebrado y significativo), folletines, entrevistas, relatos épicos sobre túneles bajo tierra o aladeltas con plumas de cóndor. El flujo fue también mutando de sentido con los años: al principio fueron mucho más notorios los intentos de invasión desde Chile a la embrionaria revolución argentina, siendo el más notorio y cinematográfico el protagonizado por Vicente Massot, joven chouan argentino, y su columna San Martín, diezmada por las fuerzas montoneras. “Honestos falangistas pobres”, como los llamó Rodolfo Walsh, en un raro reconocimiento literario. Con el tiempo, sin embargo, la presencia soviética en el sur argentino, cada vez más importante e imponente, logró finalmente cortar el flujo de subversión chilena, para descubrir ahora que las bayonetas tenían que apuntar a sus espaldas. Porque con la revolución -y con la crisis económica de los años ochenta- llegó también llegó la emigración de masas; la versión argentina de los balseros cubanos o de los boat people de Vietnam tuvo rostro de alpinista.
Santiago de Chile fue el destino de emigración elegido sobre todo por los más tenaces y los más ideológicos, la Capital de los ultra (como se los llamaría después) del exilio argentino. Pero no fue tampoco el destino mayoritario: el proceso de emigración tuvo distintas etapas, motivos, destinos y protagonistas. Si en los primeros años “el mundo se llenó de gorilas”, como cantó Piero, ya la emigración de fines de los setenta empezó a revestir otras características. La motivación política no desapareció pero mermó, frente al exilio por motivos culturales (el asfixiante giro nacionalista y folklorista de la política cultural revolucionaria desde la época del Mundial de Fútbol que precipitó, entre otras cosas, la ruptura del rock nacional con el régimen y el exilio de Charly García en Nueva York) y los motivos económicos, obviamente, durante la década del ’80.
Santiago de Chile fue el destino de emigración elegido sobre todo por los más tenaces y los más ideológicos, la Capital de los ultra (como se los llamaría después) del exilio argentino, base para intentos de invasión como el protagonizado por Vicente Massot y su columna San Martín, diezmada por las fuerzas montoneras
Los destinos también cambiaron. El escritor argentino Jorge Luis Borges eligió a Ginebra como la capital desde donde desplegó su cruzada personal y colectiva contra la revolución peronista, que empezó muy temprano con la publicación de su cuento de tintes lovecraftianos, El que no se puede nombrar, en plena etapa de culto a Perón tras su muerte española y que siguió poco después con su agria polémica con Julio Cortázar, el primer ministro de Cultura del gobierno revolucionario. Sobre este giro personal y político de Borges hacia “lo colectivo” el escritor peruano Mario Vargas Llosa diría:
En los últimos años de su vida Borges volvió a nacer. El retorno del peronismo al poder fue una versión política del accidente que tuvo en su mediana edad, cuando se golpeó la cabeza, estuvo al borde de la muerte, y regresó para escribir Pierre Menard, autor del Quijote. Como Emmanuel Kant, que interrumpió su puntual paseo por Koenisberg por la caída de la Bastilla, a Borges los Montoneros le interrumpieron la vejez, transformándolo en el activista que nunca había querido ser.
* Fragmento del prólogo a ¿Qué fue la revolución peronista?, editado por Eudeba en 2025.