Revista Criterio: del nacionalismo católico al neoliberalismo
La "Revista Criterio" fue una de las principales publicaciones católicas de Argentina. Sin embargo, a lo largo de su historia experimentó una transformación que la fue alejando de sus orígenes tradicionalistas y de la temática religiosa en general, para acercarse al liberalismo político y económico.
El 20 de marzo de 1980 Criterio publicó en su sección “De nuestros lectores” una carta del crítico de cine Jaime Potenze. Allí, el autor reclamaba que, en un artículo publicado en números anteriores sobre el intelectual nacionalista Enrique Osés, no se había mencionado que entre 1929 y 1932 este había sido director de Criterio. Potenze reconocía que el paso de Osés “poco tiene que ver [con] la orientación actual de la revista”, pero insistía en que ese detalle “no debe silenciarse”. En alusión a la revista fundada por Félix Luna en 1967, la carta terminaba señalando que “todo es historia”.
Potenze se refería en su carta a un artículo escrito por el historiador Cristian Buchrucker, publicado en Criterio en el número del 28 de febrero de 1980. El texto reconstruía las trayectorias de cuatro intelectuales nacionalistas en los años treinta: Carlos Ibarguren, Julio Meinvielle, Ramón Doll y Enrique Osés. En efecto, sobre este último se mencionaba su paso por los periódicos nacionalistas Crisol, El Pampero y El Federal, pero nada se decía de su relación con Criterio.
Potenze no era un lector más. Desde mediados de los años cincuenta era el encargado de la sección de cine de Criterio. Por ello, su referencia a una distancia entre la orientación de 1980 y la de los años treinta se sostenía en un conocimiento profundo de la historia de la publicación. Por otra parte, en los años cuarenta había sido miembro del equipo de redacción del periódico Orden Cristiano. Esta publicación buscó articular la doctrina católica con principios liberales y tenía en los nacionalistas como Osés a sus principales adversarios.
La carta de Potenze supone que hubo dos momentos marcadamente diferentes en la historia de Criterio, pero no explica cuáles eran los rasgos centrales de cada uno de ellos ni qué fue lo que sucedió entre uno y otro. ¿Qué características tenía la revista de Osés y aquella que publicó el reclamo amable ―pero reclamo al fin― del crítico de cine? ¿Qué había ocurrido entre esos dos momentos? Para responder estas preguntas hay que volver brevemente a los orígenes de Criterio.
El giro de Criterio, 1928-1977
La revista nació en marzo de 1928 como iniciativa de un grupo de intelectuales laicos vinculados a los Cursos de Cultura Católica. Uno de ellos, Atilio Dell’Oro Maini, fue su primer director. El paso de Dell’Oro Maini por la dirección duró poco: en octubre de 1929 fue reemplazado por Tomás Casares y luego por Osés. En esos primeros años, las inclinaciones políticas e ideológicas de Criterio estuvieron vinculadas al nacionalismo: el antiliberalismo, el anticomunismo, el antisemitismo y el corporativismo eran algunos de los ejes de sus posicionamientos.
En 1932 Osés fue reemplazado por Gustavo Franceschi, un sacerdote cuya palabra era reconocida más allá de los espacios católicos. Bajo su influencia, la línea editorial de Criterio se fue transformando hasta su fallecimiento en julio de 1957. El Franceschi de los años treinta era todavía un intelectual nacionalista. Sin embargo, hacia el final de la Segunda Guerra Mundial sus posturas comenzaron a cambiar. En ese marco, el sacerdote y, con él, Criterio comenzó a aceptar la democracia liberal como una realidad con la que había que convivir. No deja de ser sintomático de este desplazamiento que Franceschi convocara a Potenze para escribir reseñas de cine en la revista. Como muestra Miranda Lida en un trabajo incluido en el libro La revista Criterio y el siglo XX argentino (Prohistoria, 2019, compilado junto a Mariano Fabris), el Franceschi de fines de los cuarenta sería irreconocible para sus compañeros de ruta nacionalistas de los años treinta.
Luego del fallecimiento de Franceschi, la dirección de Criterio quedó en manos del sacerdote Jorge Mejía. Dos grandes líneas guiaron a la revista durante esos años. Por un lado, es posible observar un impulso al aggiornamiento del catolicismo ante la modernidad. En relación con esto, las “Crónicas Conciliares” que Mejía publicaba en la revista fueron un espacio clave para la difusión de las ideas del Concilio Vaticano II en la Argentina. Para los sectores vinculados al tradicionalismo, Criterio se convirtió en los años sesenta y setenta en una expresión del modernismo y el progresismo católicos.
Por otra parte, bajo la dirección de Mejía Criterio profundizó su preocupación por temáticas políticas, económicas y culturales desde una mirada secular y atenta a las transformaciones de las ciencias sociales en los años sesenta. En este punto, nuevos integrantes como el politólogo Carlos Floria, el sacerdote y filósofo Rafael Braun y, a comienzos de los años setenta, el politólogo e historiador Natalio Botana, le dieron a la revista un tono marcadamente democrático e institucionalista. Estas posturas, que no implicaban negar que las dictaduras militares podían dar respuesta a determinados problemas, se pueden observar en las posiciones críticas que mostró la revista ante los golpes militares de 1962, 1966 e incluso 1976.
En esos primeros años, las inclinaciones políticas e ideológicas de Criterio estuvieron vinculadas al nacionalismo: el antiliberalismo, el anticomunismo, el antisemitismo y el corporativismo eran algunos de los ejes de sus posicionamientos.
«Una revista de política y economía con una buena sección sobre religión»
La Criterio que publicó la carta de Potenze comenzó a gestarse bajo la dirección de Mejía, pero terminó de tomar forma luego de que este renunciara en diciembre de 1977 y de que Braun asumiera como nuevo director en enero de 1978. La etapa iniciada con Braun es una de las menos conocidas de la larga historia de la publicación. Durante esos años se produjeron algunos cambios relevantes. En primer lugar, se modificó el lugar que ocupaba el director. A diferencia de la época de Franceschi y, en menor medida, de la de Mejía, la orientación ideológica general y las preocupaciones temáticas de la revista no pueden ser asociadas únicamente a la figura de Braun. La definición de esas orientaciones adquirió un carácter más colectivo, por lo cual figuras como Floria y Botana ganaron centralidad en estos años.
Al mismo tiempo, la actualidad política y económica pasó a ocupar un lugar cada vez mayor frente a las temáticas religiosas. A tal punto esto fue así que Pablo Capanna, miembro del equipo de la revista en esos años, afirmaba en una nota publicada en 2017 que
entre los miembros del staff, nunca llegamos a ponernos de acuerdo para decidir si CRITERIO debía ser una revista de política y economía con una buena sección sobre religión, o bien una revista religiosa con buenas columnas de política y economía.
Esto no significa que Criterio haya dejado de tener una orientación católica en los años ochenta, sino que estas temáticas fueron paulatinamente relegadas a espacios alejados de la coyuntura. La religión estuvo presente en particular en los “Números extraordinarios de Navidad” que Criterio publicaba como cierre de cada año. En ellos se puede ver la orientación religiosa que tenía la revista en la década del 80: un catolicismo preocupado por la evangelización, pero consciente del proceso de secularización que atravesaban las sociedades contemporáneas.
En el plano político y económico, una de las preocupaciones que organizó las miradas de la revista fue el vínculo entre política, economía y sociedad y, en particular, las dificultades que habían encontrado las dirigencias políticas para promover y sostener un sistema democrático estable. Desde este enfoque, la década inició con una mirada sumamente pesimista: en 1980 Criterio advertía que las élites no eran capaces de reconocer sus errores y mostraban una autocrítica nula. El diagnóstico se completaba con una mirada negativa sobre la ciudadanía, a la que consideraba replegada sobre la vida privada e indiferente a la vida pública.
Criterio ante la democracia, 1983-1989
La victoria de Alfonsín en octubre de 1983 modificó este diagnóstico. El triunfo radical, que Criterio recibió con sorpresa y satisfacción, revelaba la existencia de una “Argentina secreta” que no había sido considerada por las élites políticas. Así como el peronismo en 1946 había expresado preocupaciones que los grupos dirigentes no supieron comprender y atender, el triunfo radical revelaba la existencia de una ciudadanía que se mostraba “harta de la violencia, las arrogancias elitistas y populistas, el mesianismo de los dogmáticos [y] la ambición de los poderes corporativos”. Para Criterio, las elecciones demostraban que “el pueblo ha dicho que no a este decadente espectáculo”, que “hemos vuelto a la ciudadanía; a obrar con sentido de bien común.”
El resultado electoral, sin embargo, abría un interrogante central: ¿cómo consolidar la democracia luego de décadas de inestabilidad? Para Criterio, una de las respuestas a esta pregunta pasaba por las propias élites. Estas tenían que ponerse de acuerdo para sostener un “pluralismo limitado” que excluyera a los “extremismos” de derecha y de izquierda. El acuerdo, por otra parte, incluía la necesidad de que los dos partidos mayoritarios, el peronismo y el radicalismo, aceptaran la posibilidad de gobernar alternativamente y actuar como opositores leales, esto es: no golpear las puertas de los cuarteles cuando gobierna el peronismo; no pactar con los militares para desestabilizar cuando gobierna el radicalismo. Esta posibilidad pareció hacerse realidad entre 1983 y 1987. En ese lapso, el radicalismo se renovó bajo la figura de Alfonsín y el peronismo inició posteriormente un proceso similar bajo la figura de Antonio Cafiero.
En 1980 Criterio advertía que las élites no eran capaces de reconocer sus errores y mostraban una autocrítica nula. El diagnóstico se completaba con una mirada negativa sobre la ciudadanía, a la que consideraba replegada sobre la vida privada.

Otra clave para superar el momento transicional era transformar la mentalidad de las Fuerzas Armadas. Esta institución, afirmaba la revista, había disfrutado de las prebendas del Estado y había impuesto regímenes políticos que parecían monarquías absolutas desde 1930. En 1983 les tocaba, en cambio, abandonar las prácticas corporativas y reintegrarse a la vida institucional desde una posición profesional. La propuesta de Criterio en este sentido pasaba por modificar la formación militar e inculcar en los futuros oficiales los principios democráticos de la Constitución Nacional.
La crítica de Criterio al corporativismo no se limitaba a las Fuerzas Armadas. En su mirada, los sindicatos, las asociaciones profesionales y la propia Iglesia habían desarrollado prácticas de lobby corporativo con el fin de influir sobre los gobiernos de turno y desviar recursos en función de sus propios intereses. Así, desde 1930 los intereses particulares de cada grupo se habían sobrepuesto al bien común y los partidos políticos habían perdido su capacidad para actuar como mediadores en los conflictos. Consolidar el orden constitucional implicaba que estas instituciones subordinaran sus intereses sectoriales a las decisiones del poder político.
Afianzar la democracia requería también cerrar las heridas abiertas por la violencia de los años setenta. En relación a este tema, Criterio propuso avanzar en un proceso de reconciliación nacional, pero sostuvo que reconciliación no era sinónimo de olvido. Por ello, criticó el Documento Final y la Ley de Pacificación Nacional con los que el gobierno de Reynaldo Bignone intentó condicionar la transición y, ya bajo el gobierno de Alfonsín, acompañó la decisión de iniciar investigaciones sobre el pasado reciente. Aunque cuestionó lo que consideraba una mirada parcial de la violencia de los años setenta ―puesto que situaba su origen en 1973 y no en 1976―, la revista destacó la profundidad de la información obtenida por la CONADEP y la labor de la Cámara Federal en el juicio a las Juntas Militares. Desde esta mirada, la reconciliación solo podía llegar luego del conocimiento de la verdad histórica. El informe Nunca Más y el Juicio a las Juntas habían permitido avanzar en ese sentido, por lo cual había llegado el momento de un punto final.
Finalmente, hacia finales de 1984 Criterio afirmaba que, una vez “recuperadas las instituciones democráticas previstas por la Constitución Nacional, ha llegado el momento de resolver el problema económico”. La evolución de las miradas de la revista en este terreno resulta interesante. A comienzos de los años sesenta es posible observar en ella inclinaciones desarrollistas. Durante la última dictadura, Criterio interpretó las medidas de Martínez de Hoz como un necesario sinceramiento de la economía nacional. Sin embargo, del mismo modo que otras publicaciones, a partir de 1981 criticó las políticas seguidas por Viola, Galtieri y Bignone.
Criterio y el neoliberalismo
Las tensiones en torno a las ideas económicas se observan en algunas discusiones que tuvieron lugar entre intelectuales ligados al equipo de redacción y que fueron publicadas por la propia revista. En 1982, por ejemplo, se produjo una disputa entre Juan Carlos De Pablo, habitué de las reuniones de redacción, y Juan José Llach, quien se incorporó al equipo en enero de 1984. Este último, futuro secretario de Programación Económica bajo la gestión de Domingo Cavallo en el Ministerio de Economía, envió una carta criticando el contenido de una nota en la que De Pablo señalaba que el papa Juan Pablo II no tenía el conocimiento experto para opinar sobre economía. Llach reconocía el valor de las leyes del mercado, pero acusaba a De Pablo de “economicista”, puesto que sus planteos desconocían las implicancias de la economía en la vida de los hombres.
A fines de 1984, la orientación económica de Criterio aparecía más definida. Las propuestas de la revista para resolver los problemas heredados de la dictadura se centraban en la descorporativización de la economía, la reorientación de las funciones del Estado y la revalorización de la moneda nacional. En concreto, esto suponía la adopción de medidas de orientación liberal: la reducción del gasto público, el abandono de la función empresaria del Estado mediante la privatización de empresas públicas y la desregulación.
Desde este enfoque, el Plan Austral fue recibido como un paso necesario para retomar la senda del crecimiento económico que se había extraviado en la década anterior. Sin embargo, ya a finales de 1986 Criterio veía que el paso siguiente, es decir, la desregulación de la economía nacional y el abandono de la función empresaria del Estado, no parecía estar en los planes de Alfonsín. Así, para la revista, el Plan Austral fue una reforma que se quedó a mitad de camino.
A fines de 1984, la orientación económica de Criterio aparecía más definida. Esto suponía la adopción de medidas de orientación liberal: la reducción del gasto público, el abandono de la función empresaria del Estado mediante la privatización de empresas públicas y la desregulación.
El optimismo sobre la consolidación de la democracia que predominó desde octubre de 1983 comenzó a convertirse en escepticismo a partir de 1987. Los levantamientos carapintadas daban cuenta de la persistencia al interior de las Fuerzas Armadas de una mentalidad corporativa escasamente comprometida con la democracia. La derrota del radicalismo en las elecciones de medio término de 1987 y el triunfo de Carlos Menem sobre Cafiero en las internas peronistas un año más tarde mostraban que el justicialismo en su versión tradicional -es decir, pre-1976- volvía a ganar terreno en la vida política nacional. Por último, la reaparición de la alta inflación, con un pico hiperinflacionario en la primera mitad de 1989, completaba un panorama cada vez más distante de las expectativas iniciales.
El cambio de tono de Criterio es evidente en la presentación del número de Navidad de 1988. Ocho años después, la revista repetía casi de forma literal su diagnóstico de 1980: entre las élites predominaban “la autocrítica perezosa, la renuencia a reconocer el error o el anacronismo, la soberbia, el cinismo”; en la sociedad reaparecían “el repliegue hacia la vida privada, la indiferencia por la vida pública” y una actitud “apática o desencantada” ante la vida política.
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Potenze tenía razón al señalar en su carta de 1980 que el paso de Osés por Criterio poco tenía que ver con la orientación que en ese entonces tenía la revista. Al finalizar la década esa distancia era aún más evidente. La publicación, que había nacido vinculada al nacionalismo, a lo largo de los años ochenta defendió una democracia con un pluralismo limitado, la subordinación de las Fuerzas Armadas y de las corporaciones al poder constitucional y una transformación de la economía en un sentido liberal. Sesenta años después de Osés, Criterio había cambiado profundamente. Pero, como señalaba Potenze, “todo es historia”.
La publicación, que había nacido vinculada al nacionalismo, a lo largo de los años ochenta defendió una democracia con un pluralismo limitado, la subordinación de las Fuerzas Armadas y de las corporaciones al poder constitucional y una transformación de la economía en un sentido liberal.