«Se legisla a partir del modelo boomercentrista»
Entrevista a la periodista española Estefanía Molina, autora de Los hijos de los boomers: De la muerte de la clase media al auge de una generación antisistema
por Salvador Lima
La periodista Estefanía Molina (Barcelona, 1991) es probablemente una de las representantes jóvenes más reconocidas del periodismo español. Colaboradora habitual en El País y la Cadena Ser, publicó este año Los hijos de los boomers: De la muerte de la clase media al auge de una generación antisistema, un ensayo que pretende explorar el declive del Estado de Bienestar y el vaciamiento del ideal de clase media en su país. Representante de los millennials españoles, Molina ve a su generación como una generación bisagra, marcada por la frustración de expectativas y la primera que ha vivido el colapso del ideal clasemediero que estructuró la España de la Transición. Como suele hacer en sus artículos, la autora no trata de profundizar en trincheras políticas, ni de promover guerras generacionales, sino de señalar una serie de problemas que la clase política española ha decidido parchear y postergar, en lugar de resolver. En tu libro señala que muchos jóvenes empiezan a desconectarse emocionalmente de la democracia española. ¿Estamos ante un problema económico o cultural más profundo?
El origen es estructural y es que el Estado de bienestar, la democracia y la economía de mercado en la España actual fueron diseñados por y para la generación del baby boom español, los nacidos entre los años 40 y 60. Este sistema, construido en la España felipista, una época de modernización y de consolidación democrática que permitió a los boomers españoles realizar sus proyectos personales, ya no coincide con la realidad de hoy. Por eso llamó a mi libro Los hijos de los boomers, porque los jóvenes hoy somos los hijos de aquella generación de españoles que pudo aprovechar de unas condiciones únicas e irrepetibles hoy en día.
Mi libro es un intento de dar la discusión sobre cómo los jóvenes –desde los Gen Z que recién ingresados en el mundo laboral hasta los millennials treintañeros que la pelean para realizar sus proyectos familiares o profesionales– se enfrentan a esta situación de precariedad. Ahora bien, a diferencia de otras voces, mi crítica al “sistema” es eminentemente socioeconómica. En España, nos bombardean constantemente con la idea de que los chicos se están haciendo machistas y reaccionarios porque son envenenados por los streamers y el algoritmo. No niego que la tecnología y la cultura tengan una gran influencia pero, a mi modo de ver, el origen del malestar es más estructural y está en el hecho de que el Estado de Bienestar y la democracia en España ya no cumplen con sus promesas de origen y, por lo tanto, dejar de ser visto como legítimos.
Para mucha gente en el gobierno y en los medios progresistas, es muy cómodo decir que estos jóvenes giran a la ultraderecha porque consumen bulos en redes sociales y rechazan el feminismo, pero si fuese así, la fuerza electoral de esta gente sería mucho más reducida y, sin embargo, vemos cómo los partidos que impugnan al sistema no paran de crecer en las encuestas. En realidad, lo identitario cubre nichos de voto, mientras que son los factores socioeconómicos los que otorgan masas de voto a quien sepa aprovecharlo: en el 2011 fueron los partidos de la izquierda radical los que impugnaron un sistema que veían como injusto, hoy, son los de la extrema derecha. Lo vemos sobre todo en la cuestión de la vivienda y de los salarios, que son el sustento de cualquier ser humano.
La ideal aspiracional no tiene nada de neoliberal o de individualista, sino que se sustenta sobre las oportunidades que te daba el sistema. Los boomers creen que nunca han sido la generación dominante, pero la realidad es que han creado, cultivado y establecido el sentido común de la cultura clasemediera.

Comenzás el libro con una siguiente expresión que me gusta mucho: “Mi ideología es clasemediera”. ¿Podrías explicarnos en qué consiste?
La verdad es que yo estudié Ciencias Políticas y hace muchos años que me dedico a pensar y a hablar de política. De modo que siempre quise saber cuál era mi ideología, nunca tuve claro dónde situarme en el esquema clásico de izquierda y derecha. Porque aunque me considero una persona progresista, no creo que serlo implique siempre ser de izquierda. Hay soluciones o propuestas que a veces vienen de la derecha que también pueden ser progresistas. Lo que se me ocurrió un día es que la ideología no es el argumentario de un partido político, ni un paquete o programa electoral, sino lo que mueve tu mundo y te frustra. Creo que lo que te frustra dice mucho de tus valores. Y lo que más me frustraba de lo que ocurre a mi alrededor es el ver que la gente que se esfuerza no tiene la recompensa que merece. Es una constante que encuentro a mi alrededor, entre personas que tienen estudios, idiomas, que han viajado y que se esfuerzan un montón, que dedican horas de trabajo y, sin embargo, apenas pueden llegar a fin de mes. Si esto es lo que me frustra, no es porque lo haya aprendido en un mitin o panfleto de partido. Es porque lo aprendí en mi casa. El hecho de que mis padres no impartiesen doctrina no significa que no nos transmitiesen “ideología”: su ideología era la cultura del esfuerzo vinculada a la idea del progreso. Eso es, para mí, la ideología clasemediera.
Este ideal aspiracional no tiene nada de neoliberal o de individualista, sino que se sustenta sobre las oportunidades que te daba el sistema. El constatar que este motor se ha estancado fue mi principal motivación para escribir este libro. En mi caso, vengo de una familia humilde de inmigrantes andaluces en Cataluña. Tuve la oportunidad de crecer en una España aún pujante y de ir a la universidad pública, mientras que mis padres me incentivaron a estudiar, a aprender idiomas y a esforzarme para progresar. Con el tiempo, me di cuenta de que esta no era una ocurrencia de mis padres, sino que era el consenso ideológico de los boomers en España. La clase media es el motor de legitimación democrático y de un Estado del bienestar en el que yo creo. Curiosamente, los boomers creen que nunca han sido la generación dominante, pero la realidad es que han creado, cultivado y establecido el sentido común en nuestro país. Todo el mundo, incluso los de Podemos y Vox, han sido criados en la cultura clasemediera y en el fondo, todos creen en ella. Pueden negarlo o llamarlo de otra manera, pero el constructo clase media no es solo un salario, sino un proyecto de vida y una aspiración realizable dentro del sistema. Por ello la clase media es para mí un espacio dinámico que se define por la autonomía, el sentimiento de emancipación personal y ser dueño de su propia vida.
¿Cómo se relaciona esta problemática con el concepto de “boomercentrismo” que utilizás en tu libro?
En todas las sociedades europeas hay una tensión generacional similar a la que acabo de describir en España: el sistema de los boomers, diseñado hace cincuenta años, con un Estado de Bienestar y una economía en expansión y un esquema de jubilaciones pensado para sociedades con una demografía que se renovaba constantemente y que tenía una expectativa de vida de 70 años. Hoy en día somos muchos más longevos y nuestra economía ha perdido vigor en comparación con otras partes del mundo, de modo que las viejas premisas han reventado. Como consecuencia, los hijos no están viviendo mejor que los padres.
Es ahí que pensé en el término “boomercentrismo” para definir a un sistema y un sentido común que gira alrededor de la generación de españoles que se benefició de la Transición y la inserción en Europa, pero que ya no acompaña las exigencias del mundo actual y las necesidades de los millennials y las generaciones que les siguen. Lo vemos claramente en el modo en que el gobierno de España –y de otros países europeos, como Francia– gestionan los problemas económicos: se legisla a partir del modelo “boomercentrista”, es lo único que conocen. Todas las políticas están orientadas a cumplir con unas premisas que ya no existen, de ahí las enormes ineficiencias de la economía española.
El ejemplo más visible está en las jubilaciones. La doble trampa en España es que tenemos un sistema jubilatorio de reparto, con una pirámide demográfica invertida y con un régimen de bajos salarios. De este modo, las cotizaciones que pagan tanto los trabajadores, como empresarios, sencillamente no son suficientes para pagar a los jubilados. De ahí, el déficit contributivo que obliga al Estado a sacar dinero de otras partidas del presupuesto o a emitir deuda. Es crudo decirlo, pero es un sistema injusto, ya que se desvía dinero de la recaudación de impuestos para pagar o aumentar jubilaciones, en lugar de ser invertido en vivienda, educación, políticas activas de empleo e infraestructuras.
Paradójicamente, seguir invirtiendo recursos en este sistema que ya no se sustenta por sí mismo es lo que garantiza que en España no haya un estallido social. Porque son las altas jubilaciones las que permiten a los baby boomers sostener a sus hijos millennials para pagar las facturas, el alquiler, parchear imprevistos y otros gastos. Hasta una vicepresidenta de gobierno dijo, con mucho orgullo, que España tiene jubilaciones buenas para que los más grandes mantengan a sus hijos. De este modo, los boomers, que ya tienen la vida hecha y la casa pagada, conservan sus niveles de renta previos a la crisis de la austeridad de 2010, mientras que los millennials cobran unos salarios comparativamente bajos en Europa. No es otra cosa que un tinglado, un parche social, que se sostiene a partir de la solidaridad dentro de la familia.
Muchos críticos ven la solución simplista en que las empresas españolas aumenten sus salarios, pero la verdad es que pagan salarios muy acordes a nuestra productividad. En España no tenemos empresas pioneras en ningún sector, no somos Irlanda o California. Nuestra economía gira en torno a una agricultura subsidiada por la Unión Europea y servicios como construcción, gastronomía y turismo, los cuales tienen poco valor agregado y pagan salarios bajos. De hecho, datos de la OCDE demuestran que España paga salarios acordes a su baja productividad, pero jubilaciones desproporcionadamente altas.
Lo grave es que a la política bipartidista –referida a los dos partidos que ocupan el “centro político” español: el PSOE y el PP– no le importa solucionar esto. Al contrario, hacen todo lo posible para mantenerlo mediante la atracción de trabajadores inmigrantes y el desvío de presupuestos del Estado. La desidia del bipartidismo no es solamente falta de imaginación o de ideas, es también oportunismo electoral. Los boomers son el principal caudal electoral del PSOE y del PP y constituyen un actor social muy numeroso y activo a la hora de protestar en la calle. Es por eso por lo que el tema de las jubilaciones suele ser tan controversial en España. Lo he vivido en carne propia debido a mis intervenciones en el espacio público. Aunque tengas una visión propositiva de cómo mejorar el sistema de jubilaciones, serás atacado y ultrajado con todos los epítetos, desde neoliberal hasta fascista.
El sistema de los boomers, diseñado hace cincuenta años, con un Estado de Bienestar y una economía en expansión y un esquema de jubilaciones, fue pensado para sociedades con una demografía que se renovaba constantemente y que tenía una expectativa de vida de 70 años.
Alguna vez escribiste que hay una entera franja de los millennials españoles que, según testimonios personales, está dispuesta a aguantar la penuria sabiendo que cuentan con la asistencia familiar y que en algún tiempo indeterminado van a heredar un departamento.
Exactamente. Yo suelo reflexionar mucho sobre el concepto de paz social. Creo que la protesta es algo inherente a las sociedades injustas y por lo tanto un cálculo de utilidad. La gente no sale a protestar pensando si se está jugando su vida o su libertad. Si eso fuera cierto, en Irán la gente no habría salido a contestar, arriesgando su integridad física y su vida. Por eso me preguntaba por qué hay gente en España que piensa que su vida es un fracaso y, sin embargo, hay paz social. La respuesta es que el parche son los padres. El “sistema” te lo dice. ¿Y qué es el sistema? Todos los mensajes que te llegan y que articulan esta sociedad. No es un partido, un gobierno o un medio, sino una serie de consensos construidos a lo largo del tiempo. Y aquí viene el mensaje del “boomercentrismo” a los jóvenes: no hay que preocuparse, ya van a heredar. Pero es que ni siquiera es verdad. La longevidad de hoy en día hace que los millennials que tal vez hereden algo – y serán una minoría – lo harán a los cincuenta y pico de años, es decir, cuando una persona de clase media ya debería tener la vida más o menos organizada. Por otro lado, muchos boomers necesitarán gastar su patrimonio en los gastos de la vejez (medicamentos, tratamientos, cuidados, etc.), de modo que no es seguro que leguen demasiado a sus hijos.
En España tenemos esta idea peculiar de que personas maduradas durante décadas en la precariedad y el malestar, cuando tengan cincuenta años y hereden se convertirán en los más moderados y defensores del sistema. Esto no es verdad. Las condiciones materiales de la juventud forjan idearios políticos. Me parece que todos nosotros nos hacemos nuestra idea de mundo y nuestros valores en torno a los treinta años. Ninguna persona de cincuenta años se reconcilia con un sistema que le ha fallado durante tanto tiempo.
Hoy en día se dice en España que la economía crece. Y es verdad, el PBI nacional crece, pero lo hace gracias a sectores poco productivos y la incorporación de mano de obra extranjera. Crecemos, pero no lo hacemos en productividad, ni en PBI per cápita. La prueba es que regularizamos inmigrantes, cuya mayoría se dedica a puestos de poca cualificación, mientras que los españoles más preparados se van a trabajar a otros países europeos.
La doble trampa en España es que tenemos un sistema jubilatorio de reparto, con una pirámide demográfica invertida y con un régimen de bajos salarios.
¿Hay una suerte de desacople entre el tipo de educación superior que se imparte mayoritariamente en España y las capacidades de su mercado de absorber a los titulados? ¿O incluso con sus necesidades?
Algo de eso hay. La narrativa de nuestros padres era que si íbamos a la universidad, nos convertiríamos en profesionales y podríamos crecer. Hoy en día, la mayor parte de las formaciones universitarias, especialmente las de humanidades y ciencias sociales, no garantiza nada. Esto está produciendo un cambio de paradigma. Hay muchos padres jóvenes que afirman que, cuando llegue el momento, le dirán a sus hijos que no vayan a la universidad, sino a la Formación Profesional. La FP consiste en una serie de ciclos de educación superior más cortos, que en muchos casos se realizan de manera dual entre las empresas empleadoras y las instituciones educativas, con un enfoque eminentemente práctico y orientado a la inserción directa en el mercado laboral. Es un cambio cultural importante porque hace veinte años que un hijo de clase media vaya a la FP era una derrota social. Hoy, en cambio, las FP tienen una inserción laboral más alta que muchas carreras universitarias que, por inercia, siguen brindando prestigio intelectual y social.
Lamentablemente, en España, todavía nos hace falta una buena reforma educativa acorde con un proyecto de país. Con un mejor modelo educativo y un sinceramiento sobre las ventajas de las FP, podríamos destinar más recursos para que mucha gente tenga una formación superior más ventajosa en el mercado laboral y no frustrarles la vida. En Alemania, por ejemplo, el modelo de formación profesional es un referente mundial. En otros países de Europa del Este, las plazas universitarias para muchas carreras, como periodismo, son limitadas y acordes con lo que se consideran las necesidades del país. Esto no pasa en España, donde un joven tiene pocas dificultades para matricularse en la carrera que le guste.
Es duro decirlo, pero creo que tenemos un exceso de titulaciones que no puede ser absorbido por el tejido del país. Esto aboca a mucha gente a tener que reciclarse en otra profesión, cosa que no todo el mundo sabe o puede hacer, o hacer las oposiciones de funcionario. Es un recorrido muy común de los millennials españoles: estudian algo que les gusta, pero que al final no paga bien o no ofrece trabajo, así que intentan hacerse funcionarios, trabajar en el Estado. La otra opción, como ya mencioné, es irse afuera: Alemania, Países Bajos, Bélgica, Dinamarca. La calidad de vida en estos países es muy alta, pero emigrar siempre es difícil. Por las conversaciones que siempre tengo con la gente de nuestra edad, la mayoría de los españoles no se quiere ir, sea por los afectos, el estilo de vida, el clima, etc.
Son las altas jubilaciones las que permiten a los baby boomers sostener a sus hijos millennials para pagar las facturas, el alquiler, parchear imprevistos y otros gastos.
En el libro sostenés que la vivienda es el símbolo perdido de la clase media española. ¿Por qué?
En España falta construir mucha vivienda, de ahí el aumento desproporcionado de los precios de los pisos y los alquileres. Como digo en el libro y en algunos artículos míos, el Banco de España ha publicado un informe que sostiene que hacen falta más de 600.000 viviendas en nuestro país. Ahora bien, todo esto es rechazado por una parte del arco político: la izquierda a la izquierda del PSOE. Aunque no dejan de ser minoritarios a nivel de votos, logran imponer un discurso hegemónico que incluso mucha gente del gobierno de Pedro Sánchez asume como propio. En la lectura de la izquierda radical, no se debe construir, porque traería otra burbuja inmobiliaria y los únicos beneficiarios serían las sociedades de inversión que, en su propia imaginación, son dueños de la mayor parte de la vivienda en alquiler, vacía y turística en España.
De este modo, la vivienda se ha convertido en un campo de la batalla cultural y por dos razones: por un lado, el recuerdo de la crisis inmobiliaria en 2010 y las políticas de austeridad subsecuentes reventaron el sistema y generaron mucho sufrimiento; por otro lado, a veces creo que la sociedad española, con tanta gente con estudios superiores, está extremadamente politizada, de modo que lo que debería ser un problema técnico –cómo proveer de más viviendas– se vuelve un arma ideológica o un fetiche. Gusta mucho para la izquierda el discurso anticapitalista de que hay que ir contra los poderosos, los propietarios, los fondos buitres.
La realidad es que, en zonas tensionadas como Madrid o Barcelona, los fondos de inversión poseen solamente el 10% de las propiedades en alquiler. El resto pertenece a familias de clase media con un piso en alquiler. Tampoco los alquileres turísticos son el principal problema, ya que no llegan al 10% de las propiedades en Cataluña, por ejemplo. En cuanto a los más de 3,8 millones de viviendas supuestamente vacías en toda España, es un dato cuestionable, ya que el Instituto Nacional de Estadística lo elaboró a partir del censo de la luz. Cuando se comprobó municipio por municipio en ciudades importantes como Barcelona, las viviendas vacías no llegaban ni al 1% de parque inmobiliario.
Por último, cuando muchos se emocionan con la idea de expropiar las viviendas vacías, se olvidan de que casi todas ellas están en zonas rurales o pueblos, no en las ciudades donde la mayoría de los españoles eligen o necesitan vivir para poder trabajar. A mí modo de ver, esto debería ser un tema mucho menos politizado. La población española ha crecido mucho en los últimos quince años. Es una cuestión aritmética, de oferta y de demanda. Si somos más personas, necesitamos más viviendas en las áreas metropolitanas donde casi todos vivimos.
Hay muchos padres jóvenes que afirman que, cuando llegue el momento, le dirán a sus hijos que no vayan a la universidad, sino a la Formación Profesional.
Ya has hablado de las jubilaciones y de la vivienda. Pasemos ahora a la tercera pata de la “tríada” de grandes prioridades que tratas en tu libro: la inmigración.
La inmigración es un pilar muy importante y necesario para cualquier país, por cuestiones como envejecimiento poblacional, intercambios culturales y atracción de talento. El problema en España (y en Europa en general) es cómo gestionar la inmigración, cuál es el proyecto en torno a ella, qué tipo de inmigrantes necesitamos atraer. Al día de hoy, solo se traen inmigrantes para suplir sectores laborales de poco valor añadido. A largo plazo, esto no va a cambiar la demografía nacional, ni la estructura salarial o la industria, por la sencilla razón de que los hijos de los inmigrantes se enfrentan al mismo mercado laboral precario. Como dije antes, por ahora son utilizados como un parche para sostener el sistema jubilatorio. También le sirve la inmigración al gobierno para diferenciarse de Vox y de la internacional derechista, encabezada por Donald Trump y Elon Musk. Es una narrativa que le permite a Sánchez presentarse como el campeón del progresismo, sin ninguna consecuencia real a nivel internacional para España, pero que le trae mucho rédito a nivel doméstico.
Hay un tema que casi no aparece en tu libro y es la pandemia. Después de todo, las cuarentenas no dejaron de ser una especie de acto de solidaridad generacional: los jóvenes aceptando ser encerrados para proteger a los mayores más vulnerables ¿Te parece que esto puede haber sido un desencadenante de la fractura generacional que desarrollás en el libro?
Ante el malestar de los jóvenes, una reacción natural del sistema “boomercentrista” es querer dormir tranquilo por las noches. La manera de hacerlo es estigmatizar a los millennials y a los Gen Z, decir que si los jóvenes no pueden pagar el alquiler o comprarse un piso es porque son unos vagos e insolidarios, que están todo el día de cervezas o que se la pasan viajando. El mensaje es que la precariedad y las expectativas frustradas no son un problema del sistema, sino de los propios jóvenes y su estilo de vida. Es una narrativa complaciente que ignora todos los problemas estructurales que vengo explicando. Lamentablemente, desde 2021, no ha habido medidas proactivas para resarcir a los jóvenes luego de la pandemia. Al contrario, la pandemia normalizó medidas asistencialistas, como el bono de transporte, el cheque de emancipación o descuentos para los museos, que el gobierno presenta como triunfos de la justicia social pero que no modifican la precariedad. O el decreto antidesalojos que, en general, ha generado auténticas ineficiencias en el mercado inmobiliario al espantar a los propietarios a que alquilen sus viviendas.
Ante el malestar de los jóvenes, una reacción natural del sistema “boomercentrista” es querer dormir tranquilo por las noches. La manera de hacerlo es estigmatizar a los millennials y a los Gen Z, decir que si los jóvenes no pueden pagar el alquiler o comprarse un piso es porque son unos vagos e insolidarios.
Parte de la izquierda te ha criticado mucho por tu definición de clase media y por tu defensa de la igualdad de oportunidades frente a la igualdad de resultados. ¿Por qué cree que ese matiz genera tanta incomodidad dentro del espacio progresista?
Es lo que quiero sostener en mis artículos y mi libro: la igualdad de oportunidades, basada en la democracia y un Estado de Bienestar robusto. En cuanto a la incomodidad con mis argumentos de parte de mucha gente de izquierda, tengo dos miradas. Por un lado, creo que en parte mi discurso es una crítica al sistema que, estoy convencida, a la propia izquierda le gustaría hacer y no puede por una sencilla razón: el PSOE, Podemos y Sumar son el sistema, la clase política dominante. Creo que el hecho de que esta crítica venga de alguien como yo, una hija de padres humildes que estudió en la universidad pública, que proviene del espacio progresista y que habla de feminismo, socialdemocracia y ascenso social, los incomoda mucho. Si yo fuese hija de ricos o un streamer instalado en Andorra sería mucho más fácil para ellos demonizarme o transformarme en un meme. Entiendo que mi defensa del Estado de Bienestar y del ascenso social es el discurso que a la izquierda siempre le gustó enarbolar, pero que hoy tienen que callar porque son gobierno y no pueden autocriticarse. También sucede que, para los que viven del sistema tal como está, hay una tendencia a negar que la clase media exista como tal en España o que alguna vez haya existido. Ya verás que el día que en España vuelva a gobernar el PP, parte de estas personas va a utilizar casi todos los mismos argumentos que yo sostengo para cuestionar la precariedad y la desigualdad.
Por otro lado, pienso que hay otra razón más dogmática. A buena parte de la izquierda, la clase media les resulta muy incómoda. Aferrándose a la teoría marxista, ellos creen que si uno se define como trabajador, de algún modo está pegado a su identidad de clase y las opciones políticas asociadas a ella. Es una noción de consciencia de clase que choca mucho con mi concepción de clase media aspiracional. La ven como una amenaza: si se invita a la gente a progresar material y profesionalmente, a trascender su clase, entonces corre el peligro de que tal vez algún día la gente ya no vote a la izquierda. Lo siento mucho, pero me resulta una visión sumamente paternalista sobre los trabajadores. Parece que a veces le quieren explicar a las personas humildes qué es ser pobre, como si éstas no se dieran cuenta por sí solas. Donde más se cree en el mérito no es en las familias de clase alta, que confían en los contactos y el dinero, sino en las familias de clase humilde. Al contrario del ideario asistencialista que tanto enorgullece a cierta izquierda española, la gente de clase trabajadora cree en el mérito, en el ideal emancipatorio y en ser dueña de su destino. Y es que sin eso no les queda otra.
La clase media se hunde y el gobierno no hace nada. Esta es la razón, a mi modo de ver, del crecimiento de la ultraderecha. Por ello, los millennials nos hemos vuelto tan escépticos.
En el epílogo, decís que el libro probablemente sea una oda a nuestra generación millennial, la última generación que recuerda el mundo analógico y la España de antes de la recesión del 2008. ¿De qué modo los millennials pueden hacer de puente entre el mundo que se fue, representado por los baby boomers, y las nuevas generaciones Z y Alpha, con todos sus tics autoritarios o idealistas?
Creo que somos la generación que ya ha sufrido una oportunidad fallida de cambiar el sistema, en 2011. En aquel 15 de marzo, protagonizamos la primera protesta generacional por las condiciones de vida de la gente joven. La realidad es que, más allá de la aparición de más partidos políticos, más espectáculo y tertulias, nada ha cambiado. En el 2011, protestábamos por no poder ser propietarios de un piso, hoy protestamos porque no se puede pagar el alquiler de una habitación en un piso compartido. Es una evolución muy gatopardista: el sistema se ha lavado la cara, pero no ha cambiado de verdad. La clase media se hunde y el gobierno no hace nada. Esta es la razón, a mi modo de ver, del crecimiento de la ultraderecha.
Por ello, los millennials nos hemos vuelto tan escépticos. El 15-M de 2011 lo vemos hoy como un fracaso. Tenemos la experiencia y la memoria histórica. Hemos crecido en familias de clase media y criados por padres boomers en el ideal clasemediero y aspiracional, y nos hemos visto desengañados por el sistema. Por proximidad generacional, tal vez parte de nuestra misión sea explicar a los centennials de la Generación Z que el sistema funcionó alguna vez, que el ideal clasemediero es legítimo, que uno debería y podría depender del esfuerzo propio para ser dueño de su vida. No quiero que la gente crezca pensando que el bienestar lo proveen los padres y que el Estado es solamente una máquina esquilmadora de impuestos. Para eso debemos restaurar la fe en el Estado de Bienestar y en la clase media. Cuando un gobierno se autocelebra por poner medidas asistencialistas o subir el salario mínimo, deberíamos recordarle que no es un éxito. El éxito sería que la gente pueda cumplir sus ideales de aspiración y ascenso social y que la menor cantidad de ellos necesite del asistencialismo y del salario mínimo. Por ello creo que los millennials tenemos una visión y una misión muy peligrosas para el statu quo y debemos ejercerla, desvelar conciencias.
Tal vez parte de nuestra misión sea explicar a los centennials de la Generación Z que el sistema funcionó alguna vez, que el ideal clasemediero es legítimo, que uno debería y podría depender del esfuerzo propio para ser dueño de su vida.