Turquía: el fracaso de la dictadura perfecta

De Atatürk a Erdoğan, la historia política de Turquía puede leerse como una sucesión de proyectos autoritarios que buscaron moldear la sociedad desde el Estado. El actual presidente consolidó el régimen más duradero de la república, pero, como la selección turca que deslumbró en 2002, no logró convertir sus mejores condiciones iniciales en una transformación perdurable.

por Martín Schapiro

“La democracia es un tranvía, cuando llegás a tu parada, te bajás”. La frase de Recep Tayyip Erdoğan de hace más de un cuarto de siglo, cuando su lugar de proyección nacional era la alcaldía de Estambul resume la construcción metódica y paciente, todavía inacabada, de un régimen a su propia medida, con la aspiración de emular, como una suerte de negativo, al creador de la República, Mustafa Kemal Atatürk. Entre aquella frase y el momento actual Erdoğan se presentó de maneras diversas, pero siempre con la aspiración de encarnar una voluntad popular que en Turquía, antes de él y según su narrativa, nunca habría estado representada.

Señalar autoritarismo en un gobierno turco es una operación análoga a señalar el alcohol en la cerveza. No es indispensable, y está de moda decir que no tiene por qué estar, pero fue concebida de ese modo. La historia de la Turquía moderna está embebida de autoritarismo desde antes de su propio nacimiento. Mustafa Kemal Atatürk fundó un Estado nuevo sobre las ruinas del Imperio Otomano, una monarquía absoluta y conquistadora, sede del califato islámico, cuyo acto final, en el marco de la Primera Guerra Mundial, fue la masacre de entre 600 mil y un millón y medio de armenios. Los rasgos de ruptura y de continuidad con el viejo orden inauguran una constante de alto impacto que llega hasta nuestros días. La guerra de Independencia, que liberó al país del desmembramiento y la intervención extranjera, se construyó sobre el armazón del nacionalismo excluyente de los jóvenes turcos. La construcción del nuevo Estado, en transición del imperio multiétnico y plurireligioso ????con primacía islámica???? al modelo de Estado-Nación occidental y laico, requirió una ingeniería social incompatible con la democracia liberal. Occidentalización, centralismo, imposición de reformas sobre la escritura, los días de descanso, la vestimenta, hasta los apellidos fueron impuestos por el nuevo Estado, que a pesar de su laicismo favoreció una identidad nacional turca que tenía como rasgos ordenadores la lengua y la religión. Una modernización forzada e impuesta que construyó un mito fundacional que todavía persiste. Lejos de una simple dictadura personalista, Atatürk dejó una institucionalidad, burocracia, escuelas, tribunales y, sobre todo, fuerzas armadas. Esa arquitectura institucional generó incluso su propia sucesión, y un sistema que estableció los rangos de su propia apertura política.

Adnan Menderes, electo en 1950, llegó con la promesa de la alternancia. Las primeras elecciones verdaderamente competitivas y pluripartidistas vieron emerger a Turquía conservadora. Rural, religiosa y periférica frente a la república centralista del kemalismo. Menderes intentó hacerse fuerte apoyado en el sentimiento popular hasta entonces reprimido. Manteniendo un alineamiento fuerte occidental, permitió el retorno del llamado a la oración en árabe, habilitó una mayor visibilidad de la religiosidad en público y adoptó una postura muy marcada contra las viejas élites republicanas. También mostró, muy temprano, su propio autoritarismo conservador. Cada vez que su gobierno se desgastó, Menderes avanzó sobre la prensa, la oposición y los contrapesos institucionales. El ciclo terminó en 1960 con el primer golpe militar de la República y con una escena que se volvería recurrente. El primer ministro elegido por las urnas, derrocado por los militares, autoerigidos guardianes del legado del fundador de la República.

Las décadas siguientes fueron de una democracia interrumpida y tutelada. Luego de intervenir y reemplazar el gobierno en 1960, llegó el golpe por memorándum en 1971, la toma del poder, directa y devastadora, en 1980, con miles de detenidos, torturas y ejecuciones y, en 1997 el llamado golpe “posmoderno”, cuando el ejército desplazó al islamista Necmettin Erbakan sin necesidad de mostrarse en las calles. La dictadura de 1980 fue la mayor manifestación de un orden que puso a las fuerzas armadas por encima de la voluntad popular. Dejó una nueva Constitución que la sobreviviría largamente, un disciplinamiento institucional absoluto, y una síntesis curiosa entre nacionalismo turco y religión controlada desde arriba, como antídoto contra el crecimiento de la izquierda y el separatismo kurdo, mezclada con una prohibición celosa de las muestras públicas de religiosidad como el velo en universidades y edificios públicos. El laicismo turco nunca fue simplemente separación entre Estado y religión, sino subordinación de la religión al interés estatal. La Dirección de Asuntos Religiosos, la Diyanet, encargada de designar y controlar a los imanes, es síntoma de ese intento de disciplinar cualquier cosmovisión al interés del Estado.

“La democracia es un tranvía, cuando llegás a tu parada, te bajás”. La frase de Recep Tayyip Erdoğan de hace más de un cuarto de siglo, cuando su lugar de proyección nacional era la alcaldía de Estambul resume la construcción metódica y paciente, todavía inacabada, de un régimen a su propia medida.

Recep Tayyip Erdoğan proviene de la clase postergada del orden construido por la República. Hijo de la clase trabajadora migrante, que llegó a Estambul desde la región del Mar Negro, de familia y educación religiosa. Militante de la causa islamista, perseguida a la par de la izquierda pro soviética, y electoralmente mucho más exitosa, integró los diversos partidos que el dirigente histórico del espacio recreaba ante cada cierre por parte de la Justicia o las Fuerzas Armadas. En 1994 llegó a la alcaldía de Estambul. En 2001, tras una profunda crisis económica que se llevó puesta la reputación de varios de los partidos tradicionales, rompió con el islamismo tradicional, que había orientado durante décadas Necmettin Erbakan, para fundar el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), con la promesa de fusionar islamismo y democracia liberal, y llevar a Turquía a la Unión Europea. Erdoğan presentaba al AKP como una versión musulmana de la Democracia Cristiana, y recibió el apoyo activo de los líderes occidentales, tanto europeos como estadounidenses, ansiosos por presentar un líder moderado que diera el ejemplo de un modelo deseable en el mundo islámico tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington. En 2002 el AKP llegó al poder en lo que sería la primera experiencia duradera de un gobierno islamista en la historia turca.

El casamiento entre islamismo y liberalismo, extraño en los papeles, se entiende en un momento en que Europa y Estados Unidos impulsaban la democracia y la liberalización política y económica como garantía de alineamiento y receta universal de prosperidad e integración. El optimismo de la globalización y la idea de que la opresión autoritaria generaba entornos propicios para el crecimiento del terrorismo ????el cuco de entonces???? generaron apoyos críticos externos para confrontar con el establishment laicista en las cortes y en los cuarteles. Derrotar al viejo orden autoritario era, también, abrir pie a las convicciones religiosas de la mayoría. La Unión Europea, los liberales turcos, parte de la izquierda democrática, los empresarios emergentes de la Anatolia profunda y los sectores kurdos perseguidos por el nacionalismo kemalista vieron en ese proceso una oportunidad. Durante algunos años, el crecimiento económico y una sensación de apertura acompañaron reivindicaciones islamistas históricas que compartían las agendas liberales extranjeras. El velo y el rezo público, que acompañaban reformas institucionales para poner en línea a Turquía con la Unión Europea en cuanto al control civil del poder militar y el control ciudadano del poder judicial deconstruyeron a un orden que se resistía a cambiar. El Poder Judicial estuvo a un voto de cerrar el partido de gobierno, y un pronunciamiento militar contra el uso del velo por parte de la esposa del presidente motivó a Erdoğan a llamar elecciones anticipadas.

En 2007, y bajo esas presiones, convocó elecciones anticipadas en las que obtuvo una victoria plebiscitaria, y en 2010, una reforma constitucional para debilitar el poder de los jueces laicistas, que fue presentada como una modernización europeísta de la organización institucional. En esos años, el gobierno y los nuevos funcionarios ????muchos de ellos procedentes de una organización religiosa secreta, el grupo de Gülen???? del poder judicial armaron causas contra la cúpula militar, a la que acusaron de una enorme conspiración secreta para condicionar durante décadas al poder político, y de estar detrás de un intento de derrocar al gobierno. Si las reformas liberales habían dado inicio al debilitamiento de la cúpula militar, los juicios Ergenekon y Balyoz terminaron el descabezamiento y la captura, con pruebas armadas, sí, pero con el aplauso de los líderes occidentales, que veían una Turquía que saldaba cuentas con su pasado autoritario, casi al modo de nuestro Juicio a las Juntas, mientras se abrían procesos para saldar cuestiones pendientes como la paz con la insurgencia kurda y la reunificación de Chipre.

Recep Tayyip Erdoğan proviene de la clase postergada del orden construido por la República. Hijo de la clase trabajadora migrante, que llegó a Estambul desde la región del Mar Negro, de familia y educación religiosa.En 1994 llegó a la alcaldía de Estambul. En 2001, tras una profunda crisis económica que se llevó puesta la reputación de varios de los partidos tradicionales, rompió con el islamismo tradicional, que había orientado durante décadas Necmettin Erbakan, para fundar el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP), con la promesa de fusionar islamismo y democracia liberal, y llevar a Turquía a la Unión Europea.

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La ilusión duró más de ocho años. Dos ciclos de gobierno completos. Turquía crecía, superaba el autoritarismo y abría una nueva era dorada de integración con Europa. Salvo porque dentro del país, los vientos que corrían eran mucho más complejos. La agenda islamista, hacia adentro, penetraba al sistema educativo y de promoción valores, de una forma conflictiva con las miradas pluralistas y cosmopolitas de parte de la juventud urbana. Los procesos de paz chocaban con límites estructurales en las reivindicaciones de la izquierda kurda y los escasos incentivos de los grecochipriotas a hacer concesiones a la minoría turca luego de que se aprobara el ingreso de Chipre a la Unión Europea, mientras dirigentes europeos como Angela Merkel y Nicolas Sarkozy dejaban claro que no tenían la menor intención de permitir ingresar al bloque a un país con la mitad del ingreso per cápita del bloque y una población de ochenta millones de musulmanes. En cuanto al debilitamiento de la vieja élite autoritaria laicista, la respuesta fue una captura del estado, mucho más que una reformulación meritocrática. El fracaso de las “primaveras árabes”, el último gran movimiento en el que se intentó conciliar islamismo y democracia, y la apuesta de Erdoğan de convertirse en el interlocutor entre los nuevos gobiernos árabes y occidente terminó de hundir las posibilidades de amalgamar liberalismo e islamismo como fórmula para alcanzar el poder.

Entre 2013 y 2016 se fueron borrando gradualmente los rasgos liberales. Las protestas de Gezi ????una movilización masiva de la juventud urbana???? fueron salvajemente reprimidas. Debilitados los sectores laicistas, el gobierno avanzó sobre otros contrapesos institucionales. La ruptura con el grupo de Fetullah Gülen, una organización religiosa secretista, de gran predicamento entre sectores profesionales y enorme llegada en occidente, que había encabezado los procesos contra militares, y que iniciaban ahora investigaciones de corrupción contra funcionarios activos abrió una nueva purga en el Estado y un brutal enfrentamiento cuyo punto de culminación fue el intento de golpe de Estado de 2016.

El fracaso del proceso de paz con los kurdos completó el giro. Durante un tramo de su gobierno, Erdoğan había explorado una salida negociada al conflicto con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán con el objeto de hacerse de la representación nacional de la minoría kurda ????casi el 20% del país????. El resultado fue el contrario. Los kurdos se organizaron mayoritariamente en un partido de izquierda nacional, el HDP, que fue atractivo para sectores liberales y de izquierda urbanos que, para peor, amenazaron en 2015, por primera vez, la mayoría parlamentaria del AKP. Como por arte de magia, la cuestión kurda dejó de ser una oportunidad para reconstruir democráticamente la república y volvió a ser tratada como una amenaza de seguridad nacional. El líder del partido, Selahattin Demirtaş fue encarcelado, los alcaldes elegidos en las regiones del este del país fueron removidos y reemplazados por interventores, y el lenguaje de la paz fue sustituido por el de la traición. Sin abandonar el islamismo, Erdoğan volvió al viejo nacionalismo turco.

El intento de golpe de 2016 le ofreció a Erdoğan el acontecimiento total que todo proyecto autoritario necesita para justificarse a sí mismo. La sublevación militar fue real y traumática. También fue utilizada como una refundación del régimen. La purga posterior no se limitó a los responsables materiales o intelectuales del golpe. Alcanzó a jueces, docentes, periodistas, militares, policías, empresarios, universitarios y funcionarios. El Estado fue vaciado y rellenado. En 2017, con una sociedad polarizada y bajo condiciones muy desiguales, Turquía aprobó una reforma constitucional hiperpresidencialista.

La democracia es un tranvía. La captura del Estado se extendió a los medios y, en general, a todos los articuladores de la vida civil. Los clubes de fútbol dan cuenta del proceso. Además de intentos más o menos groseros de condicionar a los grandes tradicionales, el Estado invirtió fuerte en nuevos y propios. El Kasimapasa, del barrio donde creció Erdoğan, se consolidó en primera. El Basaksehir, identificado con su gestión municipal, fue alimentado desde el Estado hasta convertirse en uno de los contadísimos campeones fuera de los cuatro grandes. Los métodos de las zonas de conflicto kurdas se expandieron hasta el corazón del país. Cuando el oficialismo perdió las elecciones en Estambul, y empezó a aparecer un opositor viable, el gobierno desconoció primero las elecciones y, tras una nueva victoria del candidato opositor, Ekrem Imamoğlu, inició una guerra que terminó en su condena judicial e inhabilitación electoral. El último movimiento fue reemplazar judicialmente al liderazgo del CHP, el principal partido opositor, del que proviene Imamoğlu y fundado por el propio Kemal Atatürk.

La democracia es un tranvía. La captura del Estado se extendió a los medios y, en general, a todos los articuladores de la vida civil. Los clubes de fútbol dan cuenta del proceso. El Kasimapasa, del barrio donde creció Erdoğan, se consolidó en primera. El Basaksehir, identificado con su gestión municipal, fue alimentado desde el Estado hasta convertirse en uno de los contadísimos campeones fuera de los cuatro grandes. 

La dictadura perfecta requiere la ilusión del consenso. Con su metódica construcción autoritaria, Turquía no abolió las elecciones competitivas ni los partidos opositores. Sus victorias, aún en condiciones desiguales, muestran un Erdoğan respaldado por la ciudadanía que lo elige mayoritariamente. La apariencia de solidez del edificio, con todo, oculta grietas evidentes. La economía es un límite obvio. El AKP gobernó sus primeros años sobre una historia de éxito: estabilización posterior a la crisis, reformas heredadas, crédito global barato y apoyo del FMI y el Tesoro estadounidense, construcción, consumo, infraestructura, nuevas clases medias y una burguesía conservadora que sentía por primera vez que el Estado trabajaba para ella. Pero cuando el modelo comenzó a dar signos de agotamiento. Erdoğan tuvo su propia versión de la política gobernando la economía, con los resultados esperables. La teoría de que las tasas altas causaban inflación, defendida con tonos religiosos y nacionalistas, destruyó las reservas y la moneda. La lira se desplomó y la inflación erosionó los salarios, hasta que el gobierno tuvo que llamar de nuevo a los tecnócratas ortodoxos para hacer una estabilización costosa para todos los segmentos sociales.

Las ambiciones de reforma social fueron un fracaso aún más estruendoso. Después de casi un cuarto de siglo, la pretensión de producir el reverso de la obra de Atatürk al momento de fundar la república no aparece en ninguna parte. El gobierno expandió la escuelas religiosas, fortaleció la Diyanet, reformó currículas, multiplicó símbolos, llenó el espacio público de referencias islámicas y presentó la religiosidad como autenticidad nacional. Pero la “generación piadosa” nunca se materializó. Los jóvenes criados bajo el AKP son menos religiosos y más escépticos que sus padres, y las tasas de fertilidad se desploman en Turquía al mismo ritmo que en todo el mundo. La maquinaria construida al calor de la ocupación del Estado, con su formidable eficacia para sostener el poder, no parece haber consolidado tampoco una vanguardia coherente. Erdoğan parece más el eslabón que une distintos grupos y sectores difícilmente compatibles y conciliables, y absolutamente maleables por la coyuntura que el creador de una nueva cosmovisión política capaz de aspirar a moldear una identidad nacional, que ni siquiera aparece clara. ¿Cuál es el lugar de la nueva Turquía en el mundo? Cuando despertó, la OTAN todavía estaba ahí. Incluso los espacios de participación, en condiciones absurdamente desiguales, siguen pariendo momentos de riesgo. Estambul es testimonio del agrietamiento. La ciudad que catapultó a Erdoğan al poder nacional también mostró que podía derrotarlo, y la continuidad del jefe parece ser el proyecto. La hipótesis de que estar respaldado en los sentimientos religiosos de la mayoría, en vez de opuesto a ellos, facilitaría una reformulación basal del país no parece materializarse incluso en las condiciones más favorables de ejercicio del poder.

Acaso algo de ese espíritu haya atravesado a la mejor generación de jugadores desde el 2002, cuando Turquía fue semifinalista, meses antes de que Erdoğan tuviera su primer gran triunfo nacional. Torcer el rumbo requiere más que voluntad, inversión y algún talento singular, y ni siquiera las mejores condiciones iniciales blindan a nadie contra el fracaso. Erdoğan, como la selección, lo va a seguir intentando.

Torcer el rumbo requiere más que voluntad, inversión y algún talento singular, y ni siquiera las mejores condiciones iniciales blindan a nadie contra el fracaso. Erdoğan, como la selección, lo va a seguir intentando.