Un elogio de la amistad
La amistad, el menos “conceptualizado” de todos los vínculos, ¿el más importante en la práctica y el más subestimado en la teoría? Este texto está constituido de extractos del libro “Un elogio de la amistad”, publicado en 2025 por Penguin Random House. Una alabanza de la amistad como modo de vida y como proyecto político.
El sujeto amistoso
La palabra “amistad” no remite en nuestras sociedades a una realidad tangible. Funciona más bien como un significante vacío, de lo que queda, que denomina todo aquello que no está definido institucionalmente, y que, por lo tanto, designa los ordenamientos más diversos, algo a lo que los individuos, las clases sociales y las clases de edad pueden dar sentidos muy diferentes e incluso opuestos. Además, quizás ya sea significativo el hecho de que la lengua se muestre tan poco interesada en conceder un status (y, por ende, un reconocimiento) a las múltiples formas relacionales no institucionales que cohabitan el mundo social; que las trate como un accesorio carente de importancia que, para ser designado, no merece más que una palabra. Hay palabras distintas para nombrar al hijo del hermano de mi madre o al hijo del primo hermano de mi padre, pero no hay dos palabras distintas que designen a alguien como Édouard, con el que hablo todos los días y ceno una vez al mes.
Graham Allan dice en uno de los libros fundacionales de la sociología de la amistad que una de las particularidades de la amistad en nuestras sociedades es que se trata de una forma relacional ajena a la “justificación”: los motivos por los cuales somos amigos se nos escapan y, sobre todo, el acceso a esos motivos no es necesario para que la relación se desarrolle. Si se le pregunta a alguien: “¿Por qué es usted amigo de esa persona?”, las respuestas serán a menudo vagas y estereotipadas. Puede prescindir de toda justificación subjetiva, pues encuentra su justificación en la objetividad de las estructuras sociales cuyas necesidades pone en funcionamiento. En cierto modo, cabría incluso decir que esas amistades redundantes no tienen existencia propia. Son la forma en la que el mundo social vive por segunda vez a través de nosotros, y se reproduce por medio de las prácticas siempre unas poco tediosas de la racionalidad que mantenemos con los demás y que llamamos “sociabilidad”.
Pero algunos ordenamientos relacionales escapan a esa lógica. Existen amistades que podríamos llamar “creadoras”, que comportan algo así como una idea distinta de la relacionalidad y de la vida. Sean duraderas o no, viables o no, no se hallan sometidas al resto de los marcos establecidos, sino que contienen en si mismas una especie de poder de reconfiguración de nuestra manera de estilizar la existencia. Forman el lugar de una ascesis, el hogar de invención de una contracultura del que se sacan principios de diferenciación con respecto a la mayor parte de los modos de existencia institucionalizados, para vivir de otra manera.
(…) Si la amistad no es un estilo de vida dado de antemano, si se trata de un modo de existencia por construir que solo concede libertades si las conquistamos, es porque posee cierta forma de atipicidad social. Y esa atipicidad radica ante todo en el hecho de que se inscribe dentro de la ruptura con la organización tradicional de la vida, y, dentro de ese marco, con el orden familiar.
He aquí un ejemplo que me parece que ilustra particularmente bien esa idea: cada año, Didier, Édouard y yo festejamos juntos el 24 de diciembre. Cuando festejamos esa cena de Navidad a tres y mandamos a otros amigos imágenes de la velada, o cuando las publicamos en las redes sociales, recibimos un numero impresionante de mensajes de personas que nos dicen que envidian la posibilidad de pasar esa noche “entre amigos”. Esos mensajes, que se repiten año tras año, nos llevan cada vez a preguntarnos qué es lo que parece inaccesible de la amistad como modo de vida, incluso para aquellos que aspiran a conseguirlo. ¿No les bastaría con decidirlo para que fuera posible? ¿Qué hace que resulte tan difícil tomar una decisión? Pasar la Navidad, o cualquier evento social de ese tipo, “entre amigos” o “en familia” constituye probablemente uno de los criterios mas potentes para distinguir las existencias que han situado la amistad en su centro de las que siguen condicionadas por las formas de familiarismo dominante, cuando incluso el individuo que reproduce ese familiarismo sufre por ello, y son incontables las quejas expresadas antes de que lleguen las fiestas, sobre todo en redes, acerca de la angustia que provoca tener que hablar con tal o cual pariente desagradable (…) ¿A través de que dispositivos lleva la sociedad a un número incalculable de individuos a reproducir unos modos de vida de los que luego no dejan de quejarse?
La palabra “amistad” no remite en nuestras sociedades a una realidad tangible. Funciona más bien como un significante vacío, de lo que queda, que denomina todo aquello que no está definido institucionalmente.
(…) La idea subjetiva según la cual la biografía de cada individuo debería, por lo general, verse marcada un día u otro por una entrada en la vida de familia y que se define, pues, en relación con esta norma, ejerce una influencia psíquica enormemente poderosa en nuestras sociedades. Esa representación se ve reforzada, además, por el hecho de que la existencia normal está organizada por ciclos: de manera brutal, la juventud marcada por una práctica de la amistad cede su sitio a la vida de familia dentro del hogar. Al principio predominan una cultura de los lazos amistosos y una organización de la vida alrededor de los amigos, hasta que se imponen el trabajo y los lazos familiares, junto, por supuesto, por algunos lazos afectivos que perduran pero que por lo general están integrados en esa organización de la vida y que siguen siendo periféricos respecto de lo que representa entonces como el nuevo centro de gravedad de la vida.
Esa organización cíclica de la existencia, esa condena dominante de la amistad a no ser más que una fase previa a la entrada a la vida seria, la vida adulta, pone de manifiesto que nuestras sociedades están gobernadas por una economía psíquica en la que las invenciones relacionales creativas, es decir, autónomas respecto a los demás marcos de la vida, incluso cuando alcanzan su máxima intensidad, tienen tendencia de hecho a ser vividas y sentidas como pasajeras, como destinadas a la desaparición, como si en el fondo un amigo fuera alguien a quien se puede abandonar, a quien se puede sacrificar, porque, en un momento dado, habrá que entrar en “la vida de verdad”, la vida conyugal y familiar.
(…) Degradados políticamente, los modos de vida no institucionalizados se degradan también científicamente. Sociólogos como Durkheim o Bourdieu, por ejemplo, han sido capaces de elaborar una teoría de la sociedad sin elaborar una teoría de la amistad. Cuando se pregunta sobre la multiplicidad de los grupos a los que pertenece un individuo, Durkheim menciona a la familia, la patria, el partido político o la humanidad, pero nunca a los amigos.
Esta degradación simbólica se pudo constatar en toda su brutalidad a través de las modalidades del establecimiento de las políticas de confinamiento que se produjeron en el mundo a partir de marzo 2020 a raíz de la aparición de la epidemia del Covid-19 (…) Mas o menos en todo el mundo, el periodo 2020-2022 ha significado la reconfiguración de nuestras formas de relación con los demás, y algunas de ellas se han presentado como indispensables, mientras que otras se han considerado superfluas o incluso peligrosas, o, en todo caso, se han visto como lazos de los que se podía prescindir. En otras palabras, habría relaciones esenciales, naturales -las familiares, las parentales, las domesticas- y otras secundarias (que acaban viviéndose como ansiógenas), que deberían poder interrumpirse o mantenerse a distancia cuando así lo exige “la salud de la nación”. Es como si esas relaciones no fueran legitimas, sino siempre el fruto de una concesión.
No se está diciendo aquí que no hacía falta tomar medidas contra la epidemia de Covid-19. Pero toda medida administrativa está siempre conformada por un inconsciente social y político que determina su establecimiento. Y quizás la rapidez con la que hubo que tomar esas medidas, el hecho de que tuvieran que promulgarse con carácter de urgencia, hace que se conviertan en un terreno privilegiado de exploración de ese inconsciente social cuyas pulsiones fundamentales se expresaron, como si dijéramos, espontáneamente, casi sin filtro.
Con motivo de la cena de Navidad de 2020, por ejemplo, Berlín promulgó unas normas que pretendían limitar el número de personas autorizadas a reunirse y que se basaban en la noción de “parentesco en línea directa”. En Francia se decretó un toque de queda para la velada del 31 de diciembre de 2020, pero no para la del 24 de diciembre; es decir, que la fiesta amistosa se consideró susceptible de ser eliminada, a diferencia de la fiesta familiar. La forma en que se organizaron las medidas de confinamiento durante los años 2020 y 2021 puso de manifiesto la fuerza de la deslegitimación de todas las formas de vida no instituidas y familiares. La autorización de determinados contactos y la prohibición de otros reflejaba el temor psíquico dominante de los lazos que cada uno de nosotros mantiene con los demás: determinadas relaciones íntimas se codificaron como relaciones extrañas que ya no debíamos mantener. Uno podía atravesar todo el país para ir a ver o buscar un hijo, pero estaba prohibido cruzar la calle para ver un amigo. Ocho personas podían vivir en una casa si formaban una familia, incluidos hijos y abuelos, pero se prohibió que se vean dos amigos solteros o dos amantes que no vivian juntos pero que podía considerarse que formaban una pequeña unidad domestica: entre ellos se interpuso un agente de policía.
Esta degradación simbólica se pudo constatar en toda su brutalidad a través de las modalidades del establecimiento de las políticas de confinamiento que se produjeron en el mundo a partir de marzo 2020 a raíz de la aparición de la epidemia del Covid-19 .

Vivir de otra manera
(…) Un ordenamiento amistoso no es nunca una “familia alternativa” o “una familia elegida”. Cualquier vocabulario familiar utilizado para designarlo constituye un contrasentido. Desde un punto de vista social y político, se presenta exactamente como una antifamilia: un principio de existencia que funciona con vistas a la desmultiplicación, a la invención, a la conexión del tejido relacional, y no con vistas a la rarefacción y a la calcificación de las identidades.
Si bien la estilización amistosa de la vida se opone al modo de vida familiar, me gustaría subrayar que tampoco puede convertirse en una cultura autónoma salvo a condición de cierta redefinición de la práctica amorosa y de la pareja (…) En la amistad hay algo que exige una ruptura con la conyugalidad, con los efectos psicológicos que comporta la cristalización de una relación en la forma de una pareja tradicional, y, por lo tanto, una ruptura con muchas de las imágenes del amor que circulan en nuestras sociedades y a las que podemos creer que estamos obligados a corresponder para vivir una vida a amorosa aparentemente lograda.
Cuando leemos los Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes, que se presenta como una forma de exploración del sentimiento amoroso, constatamos de inmediato hasta que punto el amor enlaza en nuestras sociedades con una lógica de la fusión y el encierro. El amor es la pareja. El amor es de dos. El libro de Barthes permite calibrar hasta que punto hay en la vida amorosa y en la forma pareja algo que tiende a articularse en torno al fantasma de la clausura. Tanto es asi que la investigación del amor puede desarrollarse ignorando por completo lo que existe y ocurre fuera de la pareja, en ese terreno exterior a ella que surge solo negativamente, en la figura del rival o de aquello de lo que sentimos celos y de lo que nos amenaza. La exploración del sentimiento amoroso se lleva a cabo a puerta cerrada, en un terreno interior dentro del cual, además, el sujeto deja enseguida de hacer frente a otro para enfrentarse solo a si mismo; y el amor se convierte en un espacio de drama, de disputa, de angustia (…) La amistad se expresa en la producción de vínculos, en la apertura, en la experimentación, y su existencia supone, por lo tanto, poner fin a la lógica de puerta cerrada (y a todos los efectos de la rutinización que comporta)
Un ordenamiento amistoso no es nunca una “familia alternativa” o “una familia elegida”. Cualquier vocabulario familiar utilizado para designarlo constituye un contrasentido. Desde un punto de vista social y político, se presenta exactamente como una antifamilia.
Dicho de otro modo, no cabe elaborar una teoría de la amistad tal como se concibe -como se hace tantas veces- a través de la figura del dos (porque era él…), pues en ese momento la reflexión esta sesgada por el hecho de pensar la amistad según el modelo del amor. Ahora bien, lejos de ser sentimientos similares o afines, como se presupone tantas veces, en general el amor y la amistad tienden a tomar direcciones opuestas. El concepto de amistad creadora va unido consustancialmente a su vinculación con la idea de exterior, de salir, de conocer gente, mientras que el del amor y el de pareja se vinculan con el encierro y el interior. Lo que hace que, desde un punto de vista existencial y cultural, nos preguntemos si tenemos razón cuando imaginamos siempre que hay que asimilar la amistad al amor para elogiarla, o que la amistad será más elevada y pura cuanto más se parezca al amor. Por el contrario ¿no sería más interesante intentar hacer amistoso al amor, vivir las relaciones amorosas según el modelo de la amistad?
(…) Hacer de la amistad un modo de vida no quiere decir que uno no pueda estar enamorado o en pareja, sino que la pareja no se constituya como el espacio central de la producción de la subjetividad, como el sitio del que se parte y al que se vuelve, como el sitio de la fijación de los intereses psíquicos fundamentales. No es un centro, no es una puerta cerrada, no es el espacio a partir o en función del que uno lleva su vida. Es uno de los aspectos de la existencia, esencial, pero que no se convierte nunca en un “interior” que chupa las energías en detrimento del establecimiento de otras conexiones…