Una especulación para el desierto argentino

De la Conquista del Desierto a Vaca Muerta, el litio y los data centers de inteligencia artificial, los territorios áridos argentinos vuelven al centro de un proyecto de valorización económica. Ya no como tierras vacías que hay que poblar, sino como superficies que concentran minerales, energía e infraestructura. ¿Qué revela este giro del verde al mineral sobre la nueva matriz económica y política del país?

por Ezequiel Gatto

1. ¿Qué es un desierto?

Durante muchos años, en la puerta de la Facultad de Humanidades y Artes de Rosario, donde milité y estudié historia, había una pintada llamativa. Es difícil que alguien que haya merodeado ese lugar durante los noventas y no la recuerde. “Los romanos fundan un desierto y lo llaman Paz”. Llevaba la firma de Tácito, historiador y senador romano del siglo I d.C. No sé quién decidió escribir tamaña declaración en una pared de diez metros de largo en pleno centro rosarino, pero siempre me pareció un acierto. Como definición del imperialismo romano antiguo, la frase me parecía buenísima: sarcástica, precisa. Y me gustaba mucho que definiera a la historia reciente argentina, sobre todo a la dictadura, generando un efecto interpretativo poderoso sin nombrarla directamente. Una referencia, justamente, tácita.

 Para Tácito y para nosotros, humanos occidentales del siglo XX y XXI, el desierto cumple funciones tanto descriptivas como metafóricas y analógicas. Eso no es excepcional: todos los biomas son usados metafóricamente: la selva como ausencia de ley, el mar como inmensidad y misterio, la montaña como jerarquía y rigor. 

 En la frase de Tácito, y en la lengua común, el desierto es una figura del vacío y la muerte. En efecto, de la palabra latina desertus deriva nuestro desierto; significa “abandonado, olvidado, solitario, desunido”. Un espacio sin lazos. Los romanos se definían por oposición al desierto; allí terminaban la ley y el poder, y empezaba la alteridad ingobernable. Siglos después, la barbarie sarmientina también tendría una locación desértica, que aparece enseguida en Facundo, cuando Sarmiento escribe: “Diez años aun después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto, decían: «¡No!; ¡no ha muerto! ¡Vive aún! ¡El vendrá!”. Es la primera aparición de treinta y siete.

 Como contrapunto, en árabe, as-Sahra, de donde proviene Sahara, significa “aridez, sequedad”, sin mención al vacío o la ausencia de humanos. Sería un poco ridículo. Algo similar se puede decir de Tinariwen, la expresión tuareg para hablar del desierto, que en verdad es plural (desiertos), dando a entender que, para esta comunidad nómada sahariana, el desierto no es homogéneo. Y tampoco está despoblado: la noción de Tinariwen implica más bien la amplitud y vastedad de los territorios donde viven los tuareg.

 Mientras que el desierto de Namib lleva más de 40.000 años ocupado por comunidades transhumantes, en hebreo, Bamidbar, que nombra la primera parte de la Torá del Libro de los Números, se traduce como “en el desierto”, y no “desierto”, dando a entender una presencia allí. De hecho, en ese pasaje bíblico, Dios ordena a Moisés hacer un censo para saber cuántos son los judíos en el desierto. Por su parte, los pueblos San del sur de África, habitantes del desierto de Kalahari, no tienen una palabra para desierto. Tal vez porque para ver algo hay que poder ver sus límites, y para los San eso que llamamos desierto es ilimitado. 

 Llena está la historia humana de desiertos y poblados los desiertos de historias con humanos. En ese entorno existencial se esculpen vidas y posibilidades. Minerales, cuadrúpedos, insectos, plantas, variaciones extremas de temperatura, escasez de agua: en el desierto existe una infinidad de cosas en movimiento (quizá por eso Borges gustaba tanto de ellos como de enumerar). Y, contra lo que suele pensarse, los desiertos pueden ser muy biodiversos. No están vacíos. La filósofa Anne-Francoise Schimid dice del desierto que es un “objeto con múltiples dimensiones, cada una de las cuales es una disciplina” (2014, 28). Geología, biología, arqueología, ingeniería, economía, política. You name it. Y semántica e historia porque, como vimos, no hay estabilidad en las palabras y las cosas del desierto.

 Se dice que el humano no tiene hábitat natural (más allá, claro, de la Tierra), pero resulta más preciso decir que el humano es capaz de habitar todos los hábitats, entre ellos el desierto. Habitar no quiere decir sólo ni necesariamente residir. Habitar es también ingresar en la realidad de ese hiperobjeto (vasto, duradero, que excede la escala humana) por diversos motivos. Habitar es, también, echar mano. 

Habitar no quiere decir sólo ni necesariamente residir. Habitar es también ingresar en la realidad de ese hiperobjeto (vasto, duradero, que excede la escala humana) por diversos motivos. Habitar es, también, echar mano. 

II. Agricultura vs. Desierto

Para la agricultura, que Timothy Morton denomina agrilogística para resaltar el nuevo tipo de racionalidad que implicó su aparición hace unas decenas de miles de años, el desierto no puede no ser un problema. La desertificación es la horror vacuis agrícola porque implica el riesgo de su desaparición. La agricultura, y esto también lo sabían los romanos como el agrónomo del siglo I d.C. Lucio Columella, tiene en el desierto su negación. Por eso hay que eliminarlo, o al menos mantenerlo a raya. Las utopías de la abundancia suelen graficarse con la conversión del desierto en vergel y tierra fértil, siendo así utopías de lo agrícola. Un notable ejemplo actual son los experimentos en el Valle de Wadi ad-Dawasair, Arabia Saudita, que consisten en un proyecto de reconversión de un desierto en tierra cultivable a través de tecnologías de riego y sembradíos de plantas resistentes.

 Si la agricultura procura revertir, demorar, repeler al desierto, la minería, que precede en varias decenas de miles de años a la agricultura, se ha organizado para buscar lo que ya hay allí. Para la minería de desierto, que tiene aproximadamente nueve mil años, el territorio puede ser infértil en términos de vegetación pero rico en minerales, metales, piedras, esclavos y otros recursos. Para el ojo minero, el desierto no es un lugar vacío.

La modernidad aceleró las relaciones extractivas con el desierto. De nuevo: esclavos, metales, minerales, piedras, arena y otros recursos, pero esta vez a escala nacional, continental o planetaria. Esto alteró volúmenes, infraestructuras y geopolíticas con el desierto. Probablemente el gran protagonista moderno de la extracción en el desierto sea el petróleo, fuente de energía dominante desde comienzos del siglo XX, factor crítico en la emisión de dióxido de carbono y el calentamiento global de las últimas décadas. Existen múltiples yacimientos de petróleo y gas que no están localizados en el desierto, pero petróleo y desierto son un matrimonio histórico poderoso.

En 1880 se comenzó a explotar la península de Absherón, en Azerbaiyán, pocos después se sumaron California y Texas, en Estados Unidos, Zágros en Irán, y la parte peruana de Atacama. Con el correr del siglo XX se sumaron la meseta patagónica argentina, el Sahara argelino y libanés, el Gobi chino y el desierto de Sonora en México. Pero de todas las experiencias de explotación petrolera en el desierto la más impresionante es, por supuesto, la industria del Golfo Pérsico, una de las obras cumbre de la economía moderna. Pocas experiencias históricas se equiparan con esta, en la que un puñado de territorios casi sin valor para la explotación económica de gran escala pasa, en un par de décadas, a controlar un sector clave de la provisión de un recurso esencial. 

Como en la minería, el desierto del petróleo es reservorio de un elemento que se disemina mundialmente y opera en la infraestructura –y por ello en la estructura de posibilidades– del mundo contemporáneo. El petróleo y el desierto no sólo están en el teléfono, sino que participan del núcleo de las condiciones de la imaginación contemporánea de futuro –y también de lo que no podemos imaginar– y de las estructuras sociotécnicas de la orientación social, desde el GPS a los algoritmos. Y en el petróleo se condensan infinidad de riesgos ambientales y existenciales. Ese “jugo de la tierra”, como se lo llamaba en el siglo XIX, ha alterado al geopolítica y las relaciones de clase tanto como la psicogeografía. Su evocación trae, casi por default, la imagen de un lugar desolado, con máquinas trabajando, unas oficinas, algún que otro trabajador manchado, ruidos, camiones. 

De todas las experiencias de explotación petrolera en el desierto la más impresionante es, por supuesto, la industria del Golfo Pérsico, una de las obras cumbre de la economía moderna. Pocas experiencias históricas se equiparan con esta, en la que un puñado de territorios casi sin valor para la explotación económica de gran escala pasa, en un par de décadas, a controlar un sector clave de la provisión de un recurso esencial. 

 Sea en el desierto en tierra firme como en el mar, las figuras de la explotación petrolera son figuras de enclave. Es interesante detenerse en esta noción: para el filósofo Fredric Jameson, el enclave es constitutivo de la imaginación utópica. Producir un enclave es, simultáneamente, desacelerar la velocidad de la modernidad, que tiende a disgregarlo todo, y propiciar el espacio-tiempo de una sociedad otra. De esta manera, Jameson parece suponer que “enclavar” es criticar la lógica de la modernidad y el capital para fundar otra existencia. A mi entender, la operación de futurización del enclave no se agota allí, sino que se puede instrumentar en pos de una profundización del espacio-tiempo del capital. Más aún, como muestra el diseño de estructuras e infraestructuras del capital, el enclave puede ser un vector aceleracionista. En este sentido, no es un desvío utópico de la modernidad capitalista, sino un aparato de aceleración exponencial. 

 La conversión del desierto en enclave lo pone en un lugar diferente al de las comunidades que lo habitan o las caravanas de mercaderes y rutas comerciales que lo atravesaban. El extractivismo se instala en el desierto para cavar, barrerlo, moverlo de lugar. El fracking podría ser la operación que mejor expresa el enclave capitalista: duro, fuerte, rápido, fracturante, ávido de valorización. Un golpe comando. Otra es la minería a cielo abierto. Otra más la extracción de tierras raras y litio. Si, al utilizar minerales que estuvieron millones de años quietos o enterrados en el planeta, en cada teléfono tenemos un pedacito de la historia de la Tierra, podemos decir que tenemos también un pedacito de desierto, un pedacito de enclave. 

 La lógica de enclave que articula desierto y petróleo no ha hecho más que reforzarse desde los descubrimientos de finales del siglo XIX. En 1908 se descubrió petróleo en Irán y en 1938, en Arabia Saudita. Esa lógica de enclave no ha dejado de diversificarse: se la puede encontrar buscando tierras raras en Gobi (China), Mount Weld (Australia) y Mountain Pass (Estados Unidos), litio en el Salar de Lop Nur (China), Thacker Pass (Estados Unidos) y Atacama (Argentina, Bolivia y Chile), manganeso y acero en Pilbara (Australia), uranio en Akokan (Níger), fosfatos en Bou Cra (Sahara Occidental), cobre en Chuquicamata (Chile), oro en Imouraren (Mauritania). El desierto de la contemporaneidad es un aprovisionador fundamental para la matriz productiva y energética y del consumo del capitalismo. Ese capitalismo que en los últimos ciento cincuenta años ha dedicado buena parte de sus esfuerzos a colonizar tierras que sólo en apariencia están vacías. Tierras que, como en las visiones de los perdidos, es territorio soporte de fantasías, programas y especulaciones sobre posibles operaciones futuras.

El desierto de la contemporaneidad es un aprovisionador fundamental para la matriz productiva y energética y del consumo del capitalismo. Ese capitalismo que en los últimos ciento cincuenta años ha dedicado buena parte de sus esfuerzos a colonizar tierras que sólo en apariencia están vacías. Tierras que, como en las visiones de los perdidos, es territorio soporte de fantasías, programas y especulaciones sobre posibles operaciones futuras.

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III. Una nación para el desierto

En su clásico Una nación para el desierto argentino, el historiador Tulio Halperín Donghi rastreaba los dilemas que el orden político argentino tenía que enfrentar luego de la caída de Rosas, en 1852. Allí utilizaba la figura del desierto en clave romana, como metáfora del vacío. Para horror de Hobbes, Rousseau y seguidores, la Nación miraba de frente al abismo, y el abismo miraba dentro suyo. Para colmo, se trataba de un doble vacío: demográfico-social, al considerar a la pampa húmeda como un desierto debido a su escasa población y su consecuente debilidad económica, y político-institucional, al expresar el vacío de poder y la debilidad estatal que arrastraban estos territorios desde las guerras de independencia, seguidas de las guerras provinciales.

 La Generación del 37, que es el tema del libro de Halperín Donghi, se organizó con la idea de que había que resolver esos dos desiertos, ocupar esos dos vacíos. La migración europea y la reconfiguración exportadora de la producción rural (primero con la ganadería lanar y luego con la ganadería vacuna y los cereales -trigo, maíz, lino, avena y alfalfa-) habría buscado resolver el primer vacío. La construcción de un Estado nacional con una nueva Constitución, aparatos jurídicos, relaciones económicas y poderes políticos habría buscado resolver el segundo vacío. 

Como una suerte de sutura de ambos procesos, tuvo lugar la Conquista del Desierto, una campaña militar llevada adelante entre 1878-1879 que pretendió, simultáneamente, amplificar la expansión del Estado nación imponiendo su soberanía en territorios habitados por comunidades tehuelches, pampas, pehuenches, mapuches, ranqueles, patagones y, en menor medida, eurodescendientes, y disponer de una inmensa cantidad de tierras aptas para el pastoreo de ese ganado vacuno y las siembras que debían convertirse en los commodities que, por medio de la renta terrateniente, configuraran una clase dominante que fuese, a la vez, una clase dirigente. Para ello, esta conquista llevó la frontera nacional hasta la línea de los ríos Negro y Neuquén. Ocupó la región central pampeana, el sur de Buenos Aires, el sur de Córdoba y San Luis, el sur de Mendoza y La Pampa. Tomó también el norte de la Patagonia, declarando Territorios Nacionales a Río Negro, Neuquén, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego. 

 La historia siguiente a 1880 es más bien conocida, pero la resumo: primero, la articulación de un modelo agroexportador intensivo en mano de obra campesina, capaz de volúmenes de exportación inéditos, impresionantes ciclos de migraciones europeas que duraron casi cincuenta años (entre 1870 y 1920) que reconfiguraron la demografía y la política argentina, la presencia de luchas obreras anarquistas y socialistas, una incipiente industrialización, una relativamente baja aglomeración urbana (salvo en Capital Federal) que se fue alterando, la dependencia provincial de las aduanas federales, el desembarco de instituciones bancarias internacionales y la creación de algunas nacionales. Todo mientras las instituciones estatales iban puliendo sus figuras y formas, luchando por una consistencia escurridiza. Con la crisis de finales de los años 20 vino una recomposición de la matriz productiva, que nunca dejó de depender de las exportaciones primarias, con pequeña y mediana industria, el fortalecimiento del sistema bancario y financiero, el robustecimiento del Estado, fuertes tensiones y luchas entre autoritarismo y democratización. Esa industrialización, primero tímidamente y luego con fuerza, fue despoblando las zonas rurales del país en beneficio de un puñado de ciudades. Los sindicatos dejaron de aglutinar oficios y artesanados para reunir obreros fabriles y de grandes infraestructuras (como la ferroviaria o los estibadores). Las bibliotecas de la política y la revolución se renovaron. En ese proceso se inscribe el peronismo, que reconfiguró aspectos institucionales, sociales y económicos del país, reordenando fuerzas y tensiones, y participando siempre de varias posiciones en simultáneo. La ruptura de ese esquema comenzó a suceder con la transformación económico-política iniciada por la última dictadura cívico-militar, cuya crueldad no alcanzó para la reconfiguración que se proponían. Luego de una secuencia de varias décadas de crisis, hiperinflaciones, ofensivas privatizadoras y empobrecedoras y una desindustrialización por oleadas (revertida parcialmente durante el período de gobierno kirchnerista), el país, que en 1910 tenía una tasa de población urbana del 50% y actualmente es del 93%, volvió a descansar fundamentalmente en los commodities del agronegocio, que en veinte años reconstituyeron su poder político.

 A lo largo de todo ese siglo, y a pesar de cubrir casi tres cuartas partes del territorio, los desiertos y las zonas áridas argentinas fueron mayormente marginales en lo político y social, pero espacio clave de la expresión de la violencia estatal. La mencionada Conquista del desierto hace serie con los fusilamientos de la Patagonia, el penal de Rawson, la masacre de Trelew, la represión en Cutral-Co y Plaza Huincul, el crónico ataque a comunidades indígenas, los conflictos socioambientales en Famatina y Antofagasta de la Sierra, la represión del gobierno jujeño a los pueblos originarios. Hay una historia de violencia colonial enlazada a las vidas en los desiertos argentinos. Mientras tanto, en el discurso histórico estos oscilaron entre la invisibilidad, el telurismo y el tropos sarmientino de lo atrasado, autoritario y disgregante. En el discurso literario, en cambio, la presencia del desierto es prolífica: además de Sarmiento, estuvieron José Hernández y Lucio V. Mansilla, Borges y más aquí María Sonia Cristoff y Pedro Mairal. En efecto, y tal como sostuvo Fermín Rodríguez en su Un desierto para la nación, la fuerza especulativa, fantástica e imaginaria del desierto es poderosa.

 Siendo los desiertos y zonas áridas ámbitos de comunidades autosuficientes o participantes de redes comercio corto, la marginalidad económica de esos territorios ha sido la regla, con la excepción de la explotación petrolera patagónica, activa desde principios del 1900, y las exploraciones litíferas de la última década. Pero esa regla se está rompiendo.

La mencionada Conquista del desierto hace serie con los fusilamientos de la Patagonia, el penal de Rawson, la masacre de Trelew, la represión en Cutral-Co y Plaza Huincul, el crónico ataque a comunidades indígenas, los conflictos socioambientales en Famatina y Antofagasta de la Sierra, la represión del gobierno jujeño a los pueblos originarios. Hay una historia de violencia colonial enlazada a las vidas en los desiertos argentino

IV. La Nueva Política Económica del desierto argentino

De diferentes maneras y distintos horizontes, los gobiernos de Cristina Fernández y Alberto Fernández y el macrismo prestaron nueva atención a las potencialidades económicas del desierto. El litio en el NOA, Vaca Muerta en el centro-oeste del país, el petróleo patagónico y las energías renovables. A este pack activo, el modelo libertario busca radicalizarlo con negocios privados que deriven de los paquetes de leyes que le votaron no pocos gobernadores y senadores de las provincias desérticas del (no) Río de la Plata; mientras tanto, juega su carta propia: la construcción de data centers de IA en la meseta patagónica y la explotación minera indiscriminada. Porque cada gobierno tuvo su magnate favorito y ahora le toca a Musk y Thiel.

 Entre los escritores de la Generación del 37 del siglo XIX estaba Juan Bautista Alberdi, al que con los tropezones propios de gente no muy avispada y perezosa para leer, el libertariado local se identifica. Incluso lo invoca en su proyecto cuasi (in)constitucional de la Ley Bases, que evoca la Bases alberdianas, de 1852. Ahí escribió “Gobernar es poblar”, que el tiempo convirtió en proverbio. Pero el Alberdi libertario no va por ahí. Estamos en una coyuntura diferente. No se trata de atraer mano de obra. El movimiento no parece ser la resolución nacional del problema del desierto, sino la resolución desértica de la cuestión nacional. Porque si algo identifica los desplazamientos geopolíticos-económicos del último tiempo es la configuración de una matriz extractivista (antes que productiva) que tiene en el desierto su territorio principal. La sagrada familia del litio, Vaca Muerta, minería y Data centers. Casi podríamos decir que va en el sentido contrario a Alberdi, el totalitarismo capitalista actual podría acuñar sintagmas como “Gobernar es despoblar” o “Conquista del desierto 2.0”. 

 En efecto, el 19 de marzo de 2025, Demian Reidel, físico y economista que había sido empleado de grandes entidades de la especulación financiera global y jefe del Gabinete del Consejo de Asesores (un cargo que le inventó Milei), y que por esos días de marzo era Presidente de Nucleoeléctrica Argentina, una empresa mixta enfocada en la economía nuclear y la minería de uranio, dijo en una conferencia: “Tenemos grandes extensiones de tierra con acceso a energía y agua, climas fríos, que son ideales para el enfriamiento de sistemas de inteligencia artificial. Además, estamos en una región sin conflictos armados, sin tsunamis y sin terremotos. No hay muchos lugares en el mundo con esas características. Obviamente, el problema es que estas áreas están pobladas de argentinos. Así que esa es una de las cosas que hemos arreglado”. El escándalo se generó en torno a la idea de que los argentinos obstaculizamos los negocios. Pero hay más en ese enunciado. Reidel estaba ofertando los territorios patagónicos a los emporios tecnológicos, vendiéndole sus ventajas comparativas. Resonando, un siglo después, con la Conquista del desierto, no decía que el territorio estaba vacío, sino, fiel a la larga tradición genocida que alimenta los imaginarios libertarios, que había que vaciarlo. Había que vaciar de población para fabricar un desierto. Una superficie ventosa, mineral y fósil. Un desierto para la especulación argentina. Un desierto que consagre la matriz extractivista y, en lugar de acoplarla, como hasta ahora, a las necesidades alimentarias de los animales y la población humana china, vietnamita, brasilera o india, la soldara a las necesidades energéticas del complejo corporativo tecnológico-militar, en especial el estadounidense. 12.000 millones de USD de exportaciones en litio y petroleo y derivados en 2025, la más alta desde 2002, están diciendo algo. Mientras que el agro —tomando la medición oficial más amplia (Productos Primarios + Manufacturas de Origen Agropecuario)— alcanzó los USD 52.611 millones, la brecha se está acortando a gran velocidad y los pronósticos vatician un emparejamiento hacia finales de esta década. Un cambio mayor.

Porque si algo identifica los desplazamientos geopolíticos-económicos del último tiempo es la configuración de una matriz extractivista (antes que productiva) que tiene en el desierto su territorio principal. La sagrada familia del litio, Vaca Muerta, minería y Data centers.

 En el norte, el litio. Hoy existen ocho desarrollos activos (Salar de Olaroz, Fénix -ex Salar del Hombre Muerto-, Cauchari-Olaroz, Sal de Oro, Centenario-Ratones, Mariana, Tres Quebradas y Hombre Muerto Oeste) y cincuenta y cuatro proyectos de exploración en distintas fases. Se espera que en unos años funcionen veinte proyectos. Ver una empresa litífera en el desierto es fuerte: aislada de todo, rodeada de tierras áridas, casi emula una expedición espacial. El sueño de las baterías producidas in situ, o en Argentina, quedó atrás. Hoy el plan es llevarse todo y utilizarlo afuera. Mientras que en sus trabajos sobre el tema, Bruno Fornillo, Melisa Argento y Ariel Slipak insisten en que los modos en que se da la explotación del litio en la puna argentina redefine la existencia social y las dinámicas ambientales en términos dañinos, también indican que las regalías son irrelevantes. Los beneficios empresariales son gigantes; el RIGI y SuperRIGI no hicieron más que intensificarlos. Lo mismo, pero más rápido.

 En el centro, el petróleo y el gas, los hijos sanos de Vaca muerta. La historia petrolera argentina, vinculada a las tierras patagónicas tiene más de un siglo. Originada en una casualidad: según Arturo Frondizi (quien utiliza la palabra “desierto” una vez, mientras que “zonas áridas” o “meseta” jamás aparecen en 404 páginas, reforzando la sensación de una irrelevancia de la geografía) el 13 de diciembre de 1907 se estaba buscando agua para la ciudad de Comodoro Rivadavia y la perforación mostró burbujas de gas y petróleo. A lo largo de ese siglo, una parte no menor de la discusión política, económica, y de políticas económicas, giró en torno al combustible, la energía, la autosuficiencia y la dependencia externa. Hoy Vaca Muerta, anunciada como “la tercera reserva no convencional más grande del mundo” aparece como un El Dorado lo más lejos de la selva que se pueda imaginar. Ahí, en ese El Dorado que, como Milei con un mameluco de YPF, te rompe los ojos de lo feo que es, el departamento de Añelo pasó de 10.786 a 18.166 habitantes entre 2010 y 2022, un incremento del 68,4% que seguramente pegue un salto más amplio en el próximo censo, y Neuquén se presenta como la Texas del Cono Sur, igual de fea que la del Norte, mientras su volumen de empresas creadas y metros cuadrados de cemento encabeza el ranking nacional. Narcos va a haber seguro, así que por ahí pegamos Breaking Bad propio. En este esquema habría que contabilizar también el petróleo y gas presentes en ese desierto que no se percibe como tal: el mar. Ya sea en las plataformas marinas programadas en Mar del Plata como la zona de Malvinas, Tierra del Fuego e Islas del Atlántico Sur. Aquí tampoco se trata del adagio alberdiano del poblamiento y la soberanía, sino mayormente de un horizonte extractivo. 

 Un poco más arriba de Tierra del Fuego y un poco más abajo de Vaca Muerta, donde se va extendiendo la increíble meseta patagónica, late la promesa especulativa más reciente: data centers de IA. Las que aparecen con proyectos concretos son Neuquén, Río Negro y Chubut. En Chubut, Green Capital (Polonia) proyecta 300 MW iniciales. La empresa Sur Energy firmó una rimbombante Carta de Intención con OpenAI para colaborar en un proyecto de Data Center a gran escala denominado, con toda la épica del tecnobro consumidor de sci-fi, Stargate Argentina. Según el comunicado oficial, se instalaría en la zona de Vaca Muerta y sería “capaz de albergar la próxima generación de computación de IA y alcanzar una capacidad de hasta 500 MW”. Se prometió una inversión de US$25.000 millones, que se aprovecha de la liquidación llamada RIGI. Por ahora no pasó nada de eso, pero así todo hay algo que insiste: el desierto como promesa de valorización, como superficie especulativa y financiera.

 Tal vez hoy poca gente futurice tanto como un empresario. “Estamos frente a un punto de inflexión donde la infraestructura digital ya no es solo una cuestión técnica, sino el corazón de las tensiones y alianzas mundiales. Argentina tiene hoy las herramientas para acortar la distancia con los hubs regionales y convertirse en la sala de máquinas del hemisferio sur (...)”dijo el empresario Ariel Graizer en su discurso de apertura oficial del Internet Day 2026 (porque en inglés todo suena mejor, como cuando tenés que cerrar el negocio pero ponés Sale). Podemos ver un arco: del trigo y la vaca viva a la Vaca Muerta; del granero al supermercado del mundo, y de ahí a la sala de máquinas. La progresión es interesante: cuando los otros se industrializaban, acá soñaban con ser granero; cuando los otros se digitalizaron, acá soñaron con ser una góndola; ahora, que los otros pasan a la fase semántica de la digitalización, la oferta es ser la industria no semántica de esa semántica.

 Si las proyecciones de organismos oficiales y bancos se cumplen, aunque sea parcialmente, la Argentina de 2032 tendría una matriz exportadora donde el bloque energético-minero podría estar rozando o igualando la proporción histórica del agro, algo inédito en la historia del país. Un desplazamiento del eje agrario hacia una nueva matriz extractivista energético-minera, que pinta ser todavía más primarizante que la anterior. El Stack is the New Poroto de soja. En el siglo XIX y XX, la oferta estaba entre los pastos y árboles de la pampa húmeda, hoy se asienta en la polvareda de un terreno de arbustos: se trata de la desertificación de la matriz económica argentina. Hace unos pocos días Milei habló de un Corredor Andes-Atlántico, que conectaría los sitios de explotación cordilleranos y los puertos de exportación en el borde este del país.

Este esquema casi que dibuja una columna vertebral actual y virtual, que sigue la línea de la cordillera, para girar al centro cuando ingresa a la Patagonia. Una columna vertebral que ya no tiene el verde y los cuadrúpedos de la pampa húmeda y sus ríos, sino la sequedad salina de una tierra árida. Es un giro al desierto, en el que el malón del capital se introduce con una fuerza inédita, siguiendo los pasos de los exploradores del XIX, los militares de la primera mitad del XX y las corporaciones de finales de los noventas. Un contramalón se diría, que a fuerza de reglas espurias, armas de pólvora y armas legales, empuja las fronteras de la valorización. No es descabellado ver en Thiel, pero también en Pampa Energy, símbolos de ese malón. 

Este cambio, encierra otro, quizá aún más importante: un giro de lo biológico a lo mineral. La pampa, apoteosis de la fertilidad no asistida, obra de peones, chacareros, paisanos, plantas y animales, era llana pero verde. Las salinas, las formaciones rocosas cordilleranas, la meseta, son tierras resecas de las que no se espera que brote lo verde, sino que se mantengan así, que no cambien, que cambie el conjunto técnico y económico que la aborda. Antes incluso del giro neorreacionario que los encolumnó y acabó por weaponizarlos como tropas tecnológicas del intento de reconfiguración del poder imperial norteamericano, Silicon Valley ya estaba obsesionado con la inmortalidad y las biotecnologías. En las últimas décadas, el transhumanismo, que es una inquietud sobre la vida y su mejoramiento y optimización por medios tecnológicos y discursos salvíficos no universalistas, descubrió algo que tal vez cambió su eje de preocupaciones: no hace falta criar organismos vivos, es suficiente con controlar los códigos de su actualización. De la misma manera que no hace falta una vaca entera para tener carne sintética, no hace falta la mediación biológica del individuo humano para la prolongación de la vida. Es suficiente con el control bioquímico y físico, genético, de la situación y los recursos. El giro mineral, el giro al desierto, es también eso: el control de las estructuras básicas de la reproducción de la vida que se asientan en la manipulación de minerales -como energía, como información- para operar sobre la vida. El desierto, no sólo no está vacío sino que está lleno de vida potencial. 

Potencial, sí; para todos, no. Hoy la disputa por lo que tiene para dar empieza a ocupar el centro de una matriz productiva, extractiva y política que sin dudas va a redefinir las figuras de lo humano, lo posible, lo despótico y lo común. 

Es un giro al desierto, en el que el malón del capital se introduce con una fuerza inédita, siguiendo los pasos de los exploradores del XIX, los militares de la primera mitad del XX y las corporaciones de finales de los noventas. Un contramalón se diría, que a fuerza de reglas espurias, armas de pólvora y armas legales, empuja las fronteras de la valorización.