Una geopolítica de lo planetario

Entre el regreso de la geopolítica estatal y el avance de las infraestructuras tecnológicas, el territorio de la política se redefine a escala planetaria. ¿Cómo gobernar un mundo atravesado por la crisis climática, la inteligencia artificial y la circulación masiva de datos? Frente a la polarización y la ingobernabilidad, la disputa decisiva pasa por quién controla la inteligencia planetaria y puede orientar sus decisiones.

por Emmanuel Biset

El contrapunto

En el año 2015, dos años antes de que Donald Trump asumiera su primera presidencia, Benjamin Bratton publicó The Stack, una especie de manual de geografía con un diagnóstico preciso: la geopolítica contemporánea ya no se puede entender como disputa entre Estados nacionales u organismos internacionales. Si estábamos acostumbrados a pensar en un territorio definido como espacio con fronteras donde un Estado ejerce su soberanía, la computación a escala planetaria y la información como agente histórico producen la emergencia de un nuevo espacio: las plataformas. Más que el suelo que pisamos, habitamos en plataformas digitales que van ordenando nuestra vida, una escala de tecnología que absorbe las funciones de gobierno antes atribuidas al Estado. Por ello, reitero, en el año 2015, Bratton señalaba que la tarea es pensar una soberanía y diseñar instituciones para esa nueva definición del geo de la geopolítica. Si nuestro territorio es la web, necesitamos una soberanía de plataformas que pueda diseñar instituciones a la altura de los desafíos que enfrentamos.

En el año 2026, promediando el segundo mandato de Donald Trump, Armen Avanessian publica Geopolítica climática. Empieza con un diagnóstico igual de preciso: un espectro asedia el mundo actual, el espectro de la geopolítica. Con un tono realista y un marcado espíritu nostálgico, la geopolítica está de regreso. La configuración del mundo parece jugarse esta vez en la confrontación entre Estados Unidos y China, con Rusia y Europa pidiendo entrar de algún modo en la distribución de poder. Guerra por el petróleo en Irán, guerra por fronteras en Ucrania, un presidente latinoamericano desplazado por Estados Unidos. El siglo XX nos espera tras bambalinas con una sonrisa de resucitado. Avanessian sostiene que la geopolítica actual se juega fundamentalmente en dos terrenos: la energía y la información. En el modo en que seamos capaces de producir un salto de las energías fósiles a otros tipos de energía, en el modo en que la información es gestionada automáticamente por grandes centros de datos. La pregunta es, entonces, qué instituciones políticas podrán incidir —gobernar, dirigir, controlar— en las maneras de anudar energía e información que configuran el mundo contemporáneo.

Con una década de diferencia, Bratton y Avanessian, ambos hijos de esa corriente mal comprendida llamada aceleracionismo, parecen ofrecer diagnósticos opuestos: de una sentencia de muerte a la geopolítica tradicional a señalar su regreso triunfante, de un pensamiento del espacio de las plataformas a acentuar el acoplamiento entre políticas de la energía y políticas de la información. El tiempo es cruel con todo pensamiento sometido al tiempo. La cosa se mueve rápido y no hay tiempo para pensarla. Hace una década no conocíamos los grandes modelos de lenguaje y la inteligencia artificial seguía siendo un sueño techno. ¿Y entonces? ¿Geopolítica tradicional o nuevos espacios tecnológicos? ¿Debemos discutir la IA global o el traspaso de la hegemonía hacia China? ¿De qué hablamos cuando hablamos de territorio? ¿Cuál es la geo de nuestra geopolítica?

 La cosa se mueve rápido y no hay tiempo para pensarla. Hace una década no conocíamos los grandes modelos de lenguaje y la inteligencia artificial seguía siendo un sueño techno. ¿Y entonces? ¿Geopolítica tradicional o nuevos espacios tecnológicos? ¿De qué hablamos cuando hablamos de territorio?

Lo planetario

Cuando todo parece demasiado nuevo, cuando todo parece demasiado vetusto, resulta necesario suspender la pulsión de catástrofe. Quizás el síntoma más pregnante de la cultura actual es ver catástrofes por todos lados: desde el cambio climático a una IA maldita que elimina la humanidad. Como si la fascinación por la novedad del modernismo —las vanguardias— se hubiera convertido en una mueca histérica. Tragedias por doquier que solo buscan consagrar el nombre propio de quien las enuncia con voz grave. De modo que evitemos la grandilocuencia de quienes detectan catástrofes y evitemos el cinismo de quienes sostienen que todo sigue igual. Ni una nueva geografía, ni el viejo orden estatal. Frente a estas dos posibilidades, aquí la tesis es simple: el territorio contemporáneo es planetario. La geografía de la política y la política de la geografía se juegan en las variantes de pensamiento planetario en disputa en la actualidad. 

¿De qué hablamos cuando hablamos de lo planetario? Hacia fines del siglo pasado existió un boom de publicaciones en torno a la globalización. Desde la sociología a la ciencia política, nada podía escapar del análisis de la forma del mundo surgida después de la caída del muro de Berlín. Al mismo tiempo que se discutía de modo desenfrenado la tesis del fin de la historia —la mayoría de las veces sin una buena lectura de ese hegeliano llamado Kojève— parecía emerger un mundo unipolar donde la democracia liberal y el capitalismo tardío dejaban de tener antagonismos reales. Cuando parecía que Estados Unidos quedaba como la única hegemonía existente, el orden global parecía decretar la muerte del Estado-nación. El diagnóstico repetido decía que los flujos financieros del capital, los organismos internacionales y las organizaciones no gubernamentales diseñaban un mundo donde la soberanía estatal era cada vez más frágil. Ese orden global encontró nuevos sujetos políticos: de la fascinación teórica con una multitud constituyente a los movimientos antiglobalización. Este mismo orden global tuvo sus últimos estertores en eso llamado globalismo, como forma ideológica de la globalización, con el obamismo. La democracia liberal bienpensante como faro moral de la humanidad. 

Sin embargo, nada dura demasiado en los tiempos que corren. Ese orden no solo mostró sus grietas desde el comienzo, sino que irrumpieron en escena dos fenómenos que quedaban un poco lejos de la sociología de la globalización: el cambio climático y la disrupción tecnológica. Cuando todo pasaba por mercados financieros, el calentamiento global, la acidificación de los océanos, la pérdida de biodiversidad hicieron de la naturaleza un actor político de primer orden. Eso que había constituido un telón de fondo de los asuntos humanos, siempre repetitivo y perdurable, comenzó a volverse inestable. Cuando todo pasaba por organismos internacionales, la expansión de internet, la explosión de la información, la irrupción de las redes sociales y, más recientemente, la IA, hicieron de la tecnología el lugar irreductible de nuestras vidas. La conjunción del problema del clima y un mundo tecnológico encontró en la palabra “Antropoceno” un nombre para la época. Una historia que narraba el fin de siglo desde la globalización parecía muy corta de miras frente a una categoría, la de Antropoceno, que piensa el tiempo en escala geológica. Según sostienen sus defensores, sea desde la Revolución Industrial o desde la aceleración de mediados del siglo XX, vivimos una época marcada por la intervención humana a gran escala. 

En este marco, lo planetario viene a desplazar el concepto de globalización porque, al centrarse solo en el debilitamiento de las fronteras estatales frente a flujos financieros o instituciones globales, dejaba de lado los grandes procesos que definen nuestro tiempo. Esto significa algo aún más difícil de pensar: que irrumpan la naturaleza y la tecnología en el escenario político significa que cuestiones que ubicábamos por fuera de los asuntos humanos ya no pueden obviarse. Lo planetario es un modo de pensar un territorio configurado por la relación de la agencia humana con procesos que lo exceden. En resumidas cuentas, el pensamiento planetario viene a consagrar la muerte de la globalización, poniendo el acento en el cambio climático y la disrupción tecnológica. 

Lo planetario es un modo de pensar un territorio configurado por la relación de la agencia humana con procesos que lo exceden. 

Las posiciones

Nils Gilman, en una publicación de esa usina de ideas llamada Berggruen Institute, sostiene que hoy tenemos que pensar en términos de “condición planetaria”. Si hacia finales del siglo pasado, junto con la globalización, sea con Lyotard o Harvey, se hablaba de la “condición posmoderna”, hoy estamos en otra situación. Si al capitalismo tardío le correspondía una condición posmoderna, al Antropoceno le corresponde una condición planetaria. Gilman sostiene que lo planetario es en la actualidad un objeto tecnocientífico, una preocupación filosófica y el lugar de nuevas formas de gobernanza. Sostiene que, si lo global refiere a procesos intencionales del ser humano (finanzas, servicios, políticas) y a la gestión de relaciones entre Estados soberanos, lo planetario refiere a procesos que exceden las fronteras de lo humano. Si se han intensificado los efectos antropogénicos sobre el planeta y disponemos de tecnologías para detectar esos efectos, tenemos que hablar de la condición planetaria como una transformación ontológica. Más que pensar en flujos de globalización, indagar procesos planetarios. Sin embargo, sostiene Gilman, no existe consenso sobre qué sea esta condición; esto es, tenemos que pensar las posiciones en disputa para definirla.

Desde mi perspectiva, en la condición planetaria se juega una confrontación entre las dos grandes matrices ideológicas actuales: la cosmopolítica posthumana y el prometeísmo tecnológico. O, para ser más directo, la división ideológica pasa en la actualidad por la oposición entre cosmopolítica y aceleracionismo. De un lado, ya hacia fines de la década del 90, Gayatri Spivak publicaba un texto sobre lo planetario —que se suele leer en conjunto con la crítica de lo humano de Sylvia Wynter— donde sostenía que, frente a la imagen del globo, lo planetario surgía como una “alteridad inquietante”, como algo que nos interpela al mismo tiempo que no podemos representar de modo cabal. Me interesa tomarla como indicio de toda una corriente que tiene como referentes centrales a nombres como Bruno Latour, Donna Haraway, Isabelle Stengers o Eduardo Viveiros de Castro. Enfocados particularmente en la cuestión del cambio climático, van a sostener que la irrupción de la naturaleza (o Gaia) en los asuntos humanos produce un profundo desplazamiento de nuestras certezas ontológicas. Estábamos acostumbrados a distinguir entre una naturaleza con leyes determinísticas que estudian las ciencias duras y una cultura construida por la acción humana que estudian las ciencias sociales. Por una parte, los asuntos humanos; por la otra, las cosas artificiales o los fenómenos naturales. Eso ya no funciona en un mundo donde discutimos calentamiento global o inteligencia artificial. Por ello, van a proponer que necesitamos redefinir nuestra política como cosmopolítica, indagando cómo actúan esos fenómenos que exceden lo humano. Latour, en un texto escrito antes de morir, sostenía que ya no podemos creer que las posiciones políticas se dividen entre izquierda y derecha; hoy la gran división es entre los terrestres que buscan sostener la habitabilidad del suelo para toda vida y los modernos que siguen creyendo en un desarrollo infinito donde la naturaleza es solo recurso natural.

De otro lado, existe una corriente en la tradición aceleracionista, donde el planeta no es algo incognoscible, sino un nuevo marco para la acción. Mucho más afines a la imagen del planeta producida por el conocimiento científico, sostienen que la solución a los problemas generados por la tecnociencia es más y mejor tecnociencia. Benjamin Bratton va a postular, como respuesta a la crisis climática, la necesidad de una geoingeniería global que produzca una nueva terraformación del planeta. Reconociendo los procesos planetarios, los nombres propios asociados al aceleracionismo, como Nils Gilman o Armen Avanessian, defienden que solo los avances tecnológicos nos permiten lidiar con problemas que exceden la escala humana. Por ello, la apuesta política pasa por un prometeísmo, esto es, la creencia en que la humanidad puede y debe superar sus propios límites biológicos, naturales y sociales mediante la razón, la ciencia y la tecnología. Para el aceleracionismo sigue siendo válida la distinción izquierda y derecha, aunque redefinida en la actualidad por la oposición entre aquellos que tienen una visión peyorativa de la tecnología, apostando a una especie de retorno a una naturaleza prístina, y aquellos que tienen una visión afirmativa de la tecnología, apostando por los futuros inéditos que aloja. Sea bajo la versión de izquierda que sostiene que la tecnología puede ir más allá de la lógica del capitalismo, sea bajo la versión de derecha que afirma que el vínculo irreductible entre capitalismo y tecnología llevará a un salto evolutivo, la única posibilidad de confrontar las múltiples crisis que enfrenta la humanidad es mediante el diseño tecnológico. 

En la condición planetaria se juega una confrontación entre las dos grandes matrices ideológicas actuales: la cosmopolítica posthumana y el prometeísmo tecnológico. O, para ser más directo, la división ideológica pasa en la actualidad por la oposición entre cosmopolítica y aceleracionismo. 

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Las figuras

Persiste en nuestro imaginario la necesidad de dividir el tiempo en etapas con líneas claras. De la modernidad a la posmodernidad a la planetariedad. Sin embargo, la astucia del tiempo consiste en huir de la línea. Sucede que vivimos siempre en momentos atravesados por diferentes estratos del tiempo. En este caso, al mismo tiempo que la soberanía estatal parece volver con fuerza —algunos imaginan una redefinición de la Guerra Fría ahora entre EEUU y China—, estamos atravesados por un conjunto de procesos planetarios que exceden el territorio de la soberanía estatal. Si la planetariedad es la condición actual para pensar y actuar, si nuestras teorías y nuestras políticas deben dar cuenta de ello, la pregunta que parece inevitable es: ¿qué es un planeta? 

La primera respuesta que uno puede esbozar es que durante buena parte de la historia fue una incógnita que solo habilitaba representaciones parciales. El mundo funcionaba, como ya lo señalaba Kant, como una idea de totalidad que carecía de correlato sensible. Nadie puede ver un mundo; vemos solo fragmentos que remitimos a una idea. De esta dificultad histórica es necesario advertir dos cosas. La primera, bastante obvia, es que la imagen del planeta se fue construyendo por diferentes alegorías. Un libro reciente de Elizabeth DeLoughrey, en relación con el Antropoceno, sostiene que las imágenes, los relatos y las formas culturales determinan cómo representamos el planeta, su crisis ambiental y, por ende, cómo atribuimos responsabilidades e imaginamos futuros posibles. En una vieja referencia a Nietzsche, el planeta como una X que solo podemos representar con imágenes, metáforas, alegorías. Nuestros imaginarios culturales, nuestras historias, van configurando el planeta. La segunda, más reciente, es que todo cambió en la segunda mitad del siglo XX cuando se produjo un acontecimiento increíble: la posibilidad de salir del planeta, mirarlo y fotografiarlo. No pocos libros se han escrito sobre esa imagen, la famosa Blue Marble, la que todos tenemos en la cabeza cuando imaginamos el planeta como una esfera celeste. Ahí la cosa cambió para siempre, porque aquello que era imposible, el avance tecnológico lo posibilitó: tenemos una imagen total del planeta.

Si tomamos estas dos indicaciones, necesitamos hacer una historia de los patrones visuales o narrativos que han moldeado nuestra representación del planeta. En un libro dedicado a indagar cómo hemos imaginado el planeta, Ursula K. Heise sostiene que han sido dos esas formas de imaginar. Por un lado, existió un momento donde las imágenes del planeta funcionaban como una alegoría que reducía la complejidad del sistema Tierra a imágenes simples donde se privilegiaba la armonía, el holismo, la conectividad: “aldea global” (McLuhan), “nave espacial Tierra” (Fuller), “Gaia” (Lovelock). Un planeta Tierra que se pensaba desde una ecología armoniosa, equilibrada, definida por la autorregulación. Por otro lado, más recientemente, se abandonó esta idea de totalidad armónica para dar cuenta de la heterogeneidad del planeta, donde ya no se trata de construir alegorías, sino un collage para indagar la conexión entre procesos globales y procesos locales. De la alegoría al collage, he ahí una historia posible del planeta. Anna Tsing insiste una y otra vez en que tenemos que pensar un antropoceno fragmentado [patchy anthropocene] atravesado por fricciones. De lo contrario, volvemos a caer en la imagen del globo como totalidad. En cualquier caso, resulta evidente que solo existe algo como un planeta desde que disponemos de aparatos tecnológicos que pueden representarlo. Si desde la antigüedad estamos imaginando esferas celestes, la cosa cambia cuando disponemos de imágenes técnicas para medirlo.

La inteligencia

El planeta siempre fue una construcción artificial: de relatos o de aparatos. O mejor, de aparatos atravesados por relatos. Lo sabemos hace tiempo: toda tecnología condensa una historia cultural. Por esto mismo, nuestra condición planetaria está sometida a la conjunción de cómo van cambiando nuestros imaginarios culturales y los dispositivos tecnológicos de los que disponemos. En esta historia es posible notar ese desplazamiento entre imágenes que nos permitían representar el planeta como totalidad celeste —bella en su armonía autorregulada— a la recolección de datos particulares que construyen un planeta fragmentado —sublime en sus fricciones tectónicas—. Por ello, me interesa precisar que nuestra condición planetaria surge en la actualidad de la conjunción de dos dimensiones: los sensores y la cognición. 

La fascinación con la imagen celeste del planeta supo atormentar a las mentes más lúcidas del siglo XX. El mismo Martin Heidegger declaró en una de sus últimas entrevistas sentirse atormentado al ver la imagen del planeta tomada desde la Luna. Sin embargo, en la actualidad, más que una fotografía de la totalidad, el planeta surge de una multiplicidad de sensores distribuidos. A lo largo y a lo ancho del planeta disponemos de sensores de temperatura, sensores de movimientos oceánicos, sensores de calidad del aire, sensores de movimientos sísmicos, sensores de incendios, y así al infinito. El planeta no es algo que surge frente a la visión del ser humano, sino un conjunto de mediciones distribuidas a lo largo y lo ancho de la Tierra. Estas mediciones registran datos a una escala no humana: como ha señalado Mark B. Hansen, registran datos en dimensiones temporales y espaciales imperceptibles para nosotros. Los sensores, como ha escrito Jennifer Gabrys, son dispositivos de entrada que permiten la monitorización, la medición y el cálculo y convierten a la Tierra en algo programable. 

Recientemente, se abandonó esta idea de totalidad armónica para dar cuenta de la heterogeneidad del planeta, donde ya no se trata de construir alegorías, sino un collage para indagar la conexión entre procesos globales y procesos locales.

En la actualidad, las figuras del planeta surgen de la recolección de datos brutos provenientes de una multiplicidad de sensores planetarios. De hecho, ni algo como el Antropoceno, ni la crisis climática, ni las posibles soluciones ambientales, se pueden pensar sino desde esos sensores que otorgan datos parciales del sistema Tierra. Ahora bien, los sensores producen una imagen de lo planetario desde la opacidad de los datos parciales. Esto significa que esos datos solo generan algún tipo de representación o imagen cuando son ensamblados por algoritmos computacionales. Ninguna mente humana, ni individual ni colectiva, puede procesar la cantidad desmesurada de datos brutos que producen los sensores; por eso necesitamos algoritmos computacionales que nos devuelvan eso procesado. La cognición de los datos, es decir, su interpretación para otorgarle significado, depende cabalmente de procesos computacionales. Vivimos atravesados por un conjunto de ensamblajes cognitivos, como señala Katherine Hayles. Nos orientamos desde las imágenes urbanas que produce Google Maps, sentimos el clima mirando Weather Channel en el celular, y así sucesivamente.

En el año 2017, a Gáspár Miklós Tamás le preguntaron qué era el populismo, un poco hastiado del asunto, respondió: “No sé lo que es, pero me pidieron que hable de ello”. Esta fórmula es la mejor definición que tenemos de la IA: nadie sabe lo que es, pero todos tenemos que hablar de ella. Para no eludir el mandato, digamos que la inteligencia se compone de tres cosas: sensores, cognición y acción. Al final, los seres humanos percibimos el mundo, procesamos esa información sensible y desde allí actuamos. La IA es precisamente eso: la relación entre sensores, cognición y acción. Por lo que nuestra condición planetaria surge del modo en que algoritmos computacionales procesan la información recolectada por sensores y habilitan decisiones en función de ello. A la condición planetaria le corresponde una inteligencia planetaria; algunos le llaman inteligencia artificial, otros, como Benjamin Bratton, sapiencia planetaria, otros, como Yuk Hui, cibernética. Lo relevante aquí es que ese procesamiento no genera la imagen de una totalidad —un planeta o un mundo—, sino datos parciales que, según cómo se diseñe el algoritmo, producen una u otra imagen parcial del planeta. 

La política

Nuestros manuales de política, un tanto vintage, nos enseñan que la institución política por excelencia heredada de la modernidad se llama Estado y está compuesta de tres elementos: soberanía, territorio, población. El Estado como la coacción física legítima de una población alojada en un territorio con fronteras delimitadas. El manual que recitamos de memoria parece ya no funcionar porque las coordenadas geográficas que lo definían ya no existen. Lo planetario define nuestro territorio. Sin embargo, al mismo tiempo que parece absurdo dudar de los procesos planetarios encarnados en problemas ambientales y desarrollos tecnológicos, la soberanía estatal parece más viva que nunca en una reconfiguración de la hegemonía global. ¿Entonces? ¿De qué hablamos cuando hablamos de política?

Resulta necesario detenerse en el otro extremo de la palabra con la que comenzamos: si dijimos que lo geo de la geopolítica es la condición planetaria, resta pensar qué puede ser la política en ese marco. Empezaría con dos advertencias preliminares: resulta necesario evitar la pulsión globalista, esto es, hacer de lo planetario una reinvención de la globalización. A pesar de las advertencias dadas, en muchas ocasiones lo planetario parece funcionar como la indicación de problemas grandilocuentes que hacen del Estado puro pasado. Algo bastante similar pasó allá por la última década del siglo XX. Pero también resulta necesario evitar la pulsión tradicionalista, esto es, la certeza de que nada cambia demasiado, que todo sigue igual, que todo sigue siendo cuestión de fascismo o imperialismo, de luchas entre Estados por la hegemonía global. Acorde con la época, debemos empezar diciendo: ni ni.

La dificultad de la política siempre se ubica en que convergen en ella procesos de diversas temporalidades. Siempre fue así: la política es de una materialidad viscosa que escapa a las teorías claras y distintas. Habla de ella el taxista enojado y el académico universitario. La pregunta geopolítica es si existe algún modo de gobernar los procesos planetarios en curso. Gobernar significa poder conducirlos y orientarlos según la imagen de mundo deseable que se prefiera. Ciertos Estados parecen disputar la configuración de este territorio, la gobernanza internacional es una ilusión y los sectores subalternos no entran en el debate. Sin embargo, los procesos planetarios escapan una y otra vez, la naturaleza irrumpe más allá del control y la tecnología produce accidentes inesperados, por lo que no está claro qué instituciones podrán gobernar esos procesos. En un libro reciente, Anton Jäger sostiene que nuestro presente es hiperpolítico y lo define como “extrema politización sin consecuencias políticas”. Desde su perspectiva, desde el año 2008 aumenta la politización, entendida como polarización radical, sin que existan instituciones que canalicen esta agitación. Sin sindicatos, partidos u organizaciones civiles, en una sociedad atomizada, la politización tiene la forma del bardeo en Twitter. Todo es político, pero nada puede cambiar.

La radicalización política hace juego con la ingobernabilidad de los procesos planetarios. Esta radicalización fue pensada por Martin Gurri o McKenzie Wark hace tiempo, desde el salto cualitativo que produce la información, disolviendo la sociedad en grupos que responden a intereses particulares y cuyo último sentido es el odio del diferente. Wendy Chun supo mostrar que esta polarización no es azarosa, sino el resultado del modo en que las redes sociales generan vecindarios digitales, donde los algoritmos producen burbujas de públicos enfervorizados. La batalla cultural traducida como guerra de religiones. Esta creciente radicalización política, cuya forma es el odio, no se anuda con la sensación de ausencia de consecuencias debido a la falta de instituciones que consoliden la participación, sino a la sensación de procesos planetarios que no pueden ser gobernados. Por ello mismo, la política solo tendrá sentido si logramos hacer de los procesos planetarios objetos de confrontación.

La política como disputa por las infraestructuras materiales que configuran nuestro mundo, es decir, geopolítica de nuestra condición planetaria. Para ello es necesario desanudar la precisa combinación entre politización radical (guerra de religiones) y ausencia de consecuencias (procesos planetarios ingobernables). Entender que el odio en una red social es la contracara de la ausencia de disputa en los procesos planetarios. Esto significa, sin más, entender cuál es el territorio de disputa: más que la batalla cultural, el conflicto por la inteligencia planetaria. El modo en que se recolectan datos y se produce información (los sensores), las maneras en que se procesa esa información mediante algoritmos computacionales (la cognición) y cómo se generan decisiones a partir de predicciones estadísticas (la acción). La disputa actual pasa por sensores, formas cognitivas y decisiones tercerizadas. Diseñar la forma política de esa disputa es la tarea que resta. 

Esto significa entender cuál es el territorio de disputa: más que la batalla cultural, el conflicto por la inteligencia planetaria. El modo en que se recolectan datos y se produce información (los sensores), las maneras en que se procesa esa información mediante algoritmos computacionales (la cognición) y cómo se generan decisiones a partir de predicciones estadísticas (la acción).