Variaciones ucrónicas para pensar el presente en la Argentina

¿Qué pasó con nuestra capacidad de imaginar el futuro? Mientras el presente parece atrapado en distopías inmediatas y fines del mundo inminentes, Alejandra Laera vuelve a una rareza del siglo XIX —una novela argentina ambientada en el siglo XXX— para pensar la relación entre crisis, imaginación y tiempo histórico. A partir de ese desvío, el texto propone leer la ucronía no como un simple juego del “qué hubiera pasado si…”, sino como una herramienta para torcer la linealidad del tiempo y abrir, desde el pasado, la posibilidad de otros presentes con deseo de futuro.

por Alejandra Laera

La ucronía imposible del siglo XIX

¿Cómo imaginar la Argentina del siglo XXX, la del año 2901 o la del 2999, cuando el colapso ambiental, los conflictos geopolíticos armados y la descomposición social avanzan cada vez más sobre el futuro y amenazan con la inminencia del fin del mundo tal como lo conocemos? Si tuviéramos que contar una historia que transcurre dentro de mil años en la Argentina, ¿podríamos hacerlo? Y en tal caso, ¿contaríamos, siguiendo la alternativa planteada por Viveiros de Castro y Déborah Danowski (¿Hay mundo por venir?, 2014), una historia del mundo sin nosotros o de nosotros sin el mundo? ¿Hasta dónde llega, hoy, nuestra proyección de futuro?

¿Cómo imaginar la Argentina del siglo XXX, la del año 2901 o la del 2999, cuando el colapso ambiental, los conflictos geopolíticos armados y la descomposición social avanzan cada vez más sobre el futuro y amenazan con la inminencia del fin del mundo tal como lo conocemos?

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En cambio, a finales del siglo XIX, un abogado de la más distinguida elite porteña, Eduardo de Ezcurra, escribió nada menos que En el siglo XXX, una novela que transcurría en un futuro muy lejano en el que, según cuenta el narrador, dos jóvenes amigos, habitantes de la ciudad de Fisiócrata, escribían a su vez una novela en la que querían combatir el avance desmedido del materialismo y las modas, los efectos del individualismo y la doble moral, pero también la presencia de inmigrantes y el protagonismo del pueblo. Y para hacerlo con una “verdad dura” que sirviera de “tratamiento profiláctico”, ubicaban la acción… en el siglo XIX. Los amigos pergeñaban un truco narrativo que venía a replicar el truco que hacía el propio Ezcurra, quien estaba imaginando un futuro remoto, el siglo XXX, en el que los rasgos de un presente decimonónico entregado a la vida moderna (que notaba plena de consumo, ostentación y corrupción) se intensificaban a tal extremo que no cabían dudas de que sus consecuencias serían nefastas si no se cambiaba el rumbo de las cosas, si no se torcía lo inevitable. Con la novela del pasado dentro de la novela del futuro, Ezcurra parecía plantear la imposibilidad de la ucronía, la imposibilidad de imaginar una h/Historia diferente. Su imaginación histórica, sin resignar su fin profiláctico, podría haber mostrado una sociedad futura mejor, más igualitaria y feliz (en el siglo XXX) si las cosas hubieran sido distintas (en el último cuarto del siglo XIX): finalmente, su truco narrativo le daba la libertar de recrear una ucronía (en la ficción creada por los protagonistas de su ficción) en la que podía inventar lo que quisiera, en la que podría haber abandonado la determinación moderna del tiempo.

Pero en la novela hasta los nombres representaban flagrantemente las cualidades de quienes los portaban: por un lado, los virtuosos protagonistas Filos y Andros, con su evocación de la amistad, la lealtad, la superioridad moral, la humanidad; por el otro, el presidente Reaccionario, el ministro de Haciendas doctor Embrollas, el diputado Negocioserio, el gobernador Del Cobre, el historiador doctor Fructuoso Apariencias. Y hay más. No solo la ciudad Fisiócrata se llamaba alegóricamente así porque no había ninguna actividad productiva sino únicamente el uso de los recursos naturales junto con la entrega a la especulación financiera: Fisiócrata estaba emplazada en lo que fuera Buenos Aires, solo que este nombre se debía a un error caligráfico ya que los suyos habían sido aires viciados, e investigaciones recientes revelaban que en verdad era Buenos Aries, porque sus habitantes habían tenído pasión por la hacienda, porque todos habian sido propietarios de ovejas o carneros.

Me pregunto si los lectores de la época (y el propio Eduardo de Ezcurra mientras escribía su única novela), se divertirían con estas muestras de ingenio o les provocarían más bien lo que solía describirse en los textos de la época como un rictus amargo (como el de Andros y Filos); si reconocían en el presente de la novela rasgos de Buenos Aires, Buenos Aries o Fisiócrata o si les eran revelados por ella; pero sobre todo si podían, ellos también, como lo hizo Ezcurra, imaginar el siglo XXX, un siglo que a mí, personalmente, me cuesta siquiera reponer en cifras cuando la flecha del progreso que te lanza de un tirón hacia adelante ya se ha roto.

Como sea, no importa tanto la historia que narra la novela, el periplo de los amigos a lo largo de varios días por esa ciudad imaginada en la que asisten al teatro o a conferencias constatando previsiblemente la decadencia política y social, mientras dedican gran parte de las horas a escribir su novela decimonónica para un aleccionamiento satírico de la sociedad (convengamos en que Andros es tan millonario como aquellos a quienes critica y tiene mucho tiempo libre como para consagrarse a la escritura y mantener no solo a su esposa Parelia sino a su amigo Filos: ¡es todo un rentista!). Tampoco lo más importante es el rescate de una novela olvidada por fuera de los ámbitos de la investigación académica o de la exhaustividad de una historia de la literatura argentina (por lo pronto, la novela está prolijamente disponible on line aunque apenas se la mencione o trate en algún escrito disperso). Lo que importa hoy, en el contexto de la crisis paradójicamente endémica en la que parecemos estar instalados, es la posibilidad de proyectar un futuro a tan largo plazo. Ezcurra no piensa en los comienzos del siglo XX, recurriendo al imaginario apocalíptico que atraen los fines de siglo y que por entonces encontrarían en el descubrimiento de canales en el planeta rojo o en el paso del cometa Halley predicciones concretas del fin de la Tierra (que a su vez serían el núcleo de algunas novelas).

Ni piensa en las décadas que le siguen, donde la ficción futurista podría haber dado más fácilmente con un verosímil bélico o astronómico (desde las guerras mundiales al alunizaje); no piensa a cincuenta años pero tampoco a cien, cuando localmente se podría haber topado al menos por azar con otra crisis brutal como fue la del 2001, que transformó el paisaje urbano y social por completo. Tampoco piensa un futuro sin tiempo, ese futuro en sí mismo, casi una temporalidad contemporánea alternativa, como las que en la Argentina inventaba también en esos años Eduardo Holmberg con sus divertidas fantasías científicas, como la sátira político social Dos partidos en lucha de 1875 o la ficción política Olimpio Pitango de Monalia escrita en 1915 y publicada muy póstumamente. Es que en la novela de Ezcurra no se trataba de un futuro acronológico ni del siglo XX ni siquiera del XXI, sino nada menos que del XXX. Y no solo eso, sino que del XIX al XXX se saltea por completo todas las referencias intermedias, del XX en adelante. Es en esta exageración que de algún modo le quita poder anticipatorio a la novela, donde podemos comprobar la posibilidad de medir y diseñar el tiempo a tan largo plazo. Todo lo contrario de nuestra actual imposibilidad, que apenas puede presentar distopías a corto plazo. Tal es la incertidumbre de futuro.

Con la novela del pasado dentro de la novela del futuro, Ezcurra parecía plantear la imposibilidad de la ucronía, la imposibilidad de imaginar una h/Historia diferente.

La ucronía posible para el siglo XXX

Pero, ¿de qué futuro se trata en En el siglo XXX? Porque su gran salto temporal demuestra algo más que la confianza en la existencia de un porvenir compartida por sus contemporáneos: demuestra una fe tan ciega en el progreso propio de la concepción moderna, lineal e incluso teleológica del tiempo, que la imaginación futurista se proyecta en una sola dirección, en la cual los cambios son del orden de la intensificación y nunca de la transformación. Por eso, como propuesta de cambio, la imaginación de Ezcurra se despliega hacia un escenario paulatino de decadencia (según el pensamiento sociológico de corte spenceriano en boga), y no hacia el horizonte de la revolución (que empieza a circular a través de algunos grupos inmigrantes, agrupaciones políticas y cierta prensa periódica). En Fisiócrata, de hecho, es poco lo que cambia. Si cambian las costumbres es porque hay menos saber y más charlatanería, menos trabajo y más negociados, menos espiritualidad y más materialismo, menos meritocracia y más arribismo.

Tampoco se prevén grandes cambios tecnológicos, la vida moderna no implica una gran modernización: hay autómatas para trasladarse sin esfuerzo, “maquinitas” para escribir, ascensores y algún otro dispositivo automático (lo auto- es el colmo de lo maquínico en la novela); hay plena iluminación nocturna, grandes bulevares techados a la manera de las galerías parisinas de la época de Ezcurra (como llevando al extremo lo que la elite veía en sus viajes a la capital francesa). La novela no se destaca por abrirse a una imaginación tecnológica (a la manera de la incipiente ciencia ficción de la época con Verne o Flammarion) que vaya más allá de módicos automatismos o modernizaciones urbanas. No cambian los vestidos ni cambian las ideas, solo hay vestidos más cortos y entallados, solo hay ideas menos fundamentadas. En ese sentido, el cambio mayor radica en la actual ciudad de Fisiócrata, creada sobre la antigua Buenos Aires y de cuya situación se sabe a través de periódicos y libros “milagrosamente conservados en fragmentos después del horrible maremoto que destruyó gran parte de la ciudad de Buenos Aries, en el siglo XXII.”

Sorpresivamente, así como al pasar, aparece, en una dimensión imaginativa mayor que la desplegada en toda la novela, una catástrofe natural (el maremoto, datado unos trescientos años después de la escritura), como si anticipara el actual cambio climático provocado en gran medida por los excesos extractivistas pero sin que hubiera influido en el accionar de los habitantes, que no solo insisten, según inferimos del relato de Ezcurra, en sus errores sino que los profundizan cada vez más hasta llegar al siglo XXX. No sabemos la causa del maremoto pero sí sabemos que ni a Ezcurra ni a sus personajes les resulta ni una amenaza del futuro ni un trauma del pasado. Es apenas una mención instrumental, sin potencial imaginativo ni narrativo. No habría nada que cambiar de la acción humana en cuanto a su relación con los entornos reconocidos como naturales: nada del futuro próximo de crisis ambiental en la imaginación política, social y económica del siglo XIX proyectado remotamente hacia adelante.   

En ese juego de tiempos que va y viene del siglo XIX al XXX (y de la novela escrita a la novela representada) es donde aparece el componente ucrónico que está en la base a la vez de la composición narrativa y de la relación entre pasado, presente y futuro. Solo que no se trataba exactamente acá de plantear qué hubiera pasado si (a la manera de lo que harían décadas después Philip Dick o Philip Roth alrededor de los sucesos relativos a la Segunda Guerra Mundial en dos ucronías canónicas), como de proponer qué pasaría si no: ¿qué pasaría si no se termina con la especulación, el materialismo, la atadura a las modas, la hipocresía y el lujo en la Argentina del futuro? Y aunque los resultados literarios de Ezcurra se ven subsumidos en el presunto moralismo propio de la sátira y relegan todo matiz, es preciso destacar que lo que hace emerger una matriz ucrónica no es tanto del orden de la historia narrada respecto de la Historia (por ejemplo: qué hubiera pasado si Julio A. Roca no hubiera emprendido la autodenominada conquista del desierto en 1879, o si en el enfrentamiento de 1880 con el resto del país Buenos Aires se hubiera separado del Estado nacional), sino que radica precisamente en el juego temporal que lleva a cabo la novela: un juego temporal que explora el presente en términos de futuro y no de pasado, que busca conciliar la fe de la época en el futuro con la crítica política y social recurriendo a elementos de géneros literarios alternativos.

Para decirlo de otro modo: allí donde, partiendo de una fuerte crítica al presente, se impondría el componente distópico para imaginar el futuro, emerge una matriz ucrónica por el hecho de que la novela de Ezcurra del siglo XIX representa la imaginación, composición y escritura de otra novela, la de Filos y Andros, en el siglo XXX que habla del siglo XIX. ¡Cuántas vueltas y trucs para sostener la idea moderna de tiempo, para que la imaginación no juegue una mala pasada y nos muestre enteramente que el futuro puede ser transformador y no solo continuidad lineal del presente!

Por supuesto, ceñirme a la novela de Ezcurra no agrega nada relevante en función de lo que me interesa, que no es la novela sino lo que ella nos hace visible: los modos ficcionales de imaginar el tiempo, la relación entre pasado, presente y futuro, las temporalidades diferentes a la que impuso la modernidad, y sobre todo, las condiciones en las que esa imaginación puede desplegarse, puede llegar a ser dominante o puede pasar inadvertida o ser obliterada. A esta altura, entonces, hay que hacer un par de aclaraciones. La primera es que En el siglo XXX se escribe entre 1890 y 1891, año de su publicación en libro, o sea en plena crisis económico financiera y político institucional. El crack de la Bolsa fue, hasta el 2001, la mayor crisis de la historia argentina (como lo explicaron en Desorden y progreso [2008] los historiadores Pablo Gerchunoff, Fernando Rocchi y Gastón Rossi): además de derrumbar fortunas grandes y pequeñas y de provocar una impactante ola de suicidios por quiebras y deudas, arrasó con el gobierno de Juárez Celman, quien fue reemplazado por su vicepresidente Carlos Pellegrini, encargado de ordenar las finanzas y la política.

Lo interesante es que se trata de una crisis que se produce a la par de un rápido proceso de modernización, en especial en la ciudad de Buenos Aires, que se manifestó en el nuevo trazado urbano, la construcción de edificaciones suntuosas, las vidrieras de las grandes tiendas y sus objetos de lujo, los teatros, el hipódromo, la Bolsa. Es una crisis que resquebraja momentánea pero profundamente la prepotencia modernizadora que busca hacer de Buenos Aires (no Aries) una de las grandes capitales del siglo XIX de cara al XX. Si bien el crack no se menciona en la novela (apenas hay menciones aisladas al juego bursátil del siglo XXX), la insistencia en la especulación financiera, la improductividad del agiotismo, la corrupción pública y privada nos remite todo el tiempo a la situación de 1890, por lo tanto a un hecho concreto, crítico, a partir del cual se crea la ficción. En Ficciones del dinero. Argentina 1890-2001 (2014) señalé que entre 1890 y 1891, inmediatamente después del crack y como respuesta a él, la novela puso por primera vez el foco en la situación económica como matriz narrativa y se escribieron seis novelas centradas en el tema, en particular en las historias de vida marcadas por las alzas y bajas bursátiles de lo que se conocería como el ciclo de la Bolsa.

Sin embargo, y esta es la segunda aclaración que hay que hacer, En el siglo XXX es la única que se sale del marco del realismo para desplegar su imaginación narrativa en el futuro, un futuro datado y localizable que arma, aunque sea desprolijamente, todo un mapa geopolítico mundial. Mientras las otras novelas (de las cuales la más conocida es La Bolsa de Julián Martel) ubican sus tramas en esos años para mostrar las consecuencias de la especulación, la malversación de fondos, la irresponsabilidad del Estado por medio de una historia de vida, sin avanzar sobre el futuro (para contar el dinero ¡había que ser realista!), En el siglo XXX apuesta a lo contrario. Por un lado, con los elementos alegóricos y satíricos en los que sostiene su ucronicidad, la novela pierde eficacia novelesca, pero por otro lado, en esa misma pérdida radica su particular futuridad, que las demás novelas no tienen. Es en ese cruce entre unas circunstancias concretas y su desplazamiento referencial en la ficción, donde emerge, también, el componente ucrónico. 

Esa rareza que presenta En el siglo XXX nos habla, claro, de la literatura argentina de la época, en pleno auge realista y con casos aislados (como el mencionado de Holmberg) de incursión en otros géneros, pero, tratándose de una novela con escasos efectos posteriores, de lo que nos habla más bien es de los alcances de la imaginación cuando está ligada a cuestiones políticas, económicas y sociales concretas. Si algo cambió por completo desde finales del siglo XIX a la actualidad es el modo en que la imaginación narrativa reacciona frente a ellas. Salirse del realismo e imaginar el futuro en tiempos de crisis no es lo mismo que hacerlo para ir en busca de aventuras que la proyección tecnológica futurista habilita (viajes interplanetarios o islas desconocidas o lo que fuere); tampoco es simplemente, ya a finales del XIX, recurrir sin más a la sátira filosófica moralista dieciochesca.

El ejercicio de Ezcurra consistió en combinar todos esos elementos. Esto supuso para Ezcurra, además, varios descartes: una ucronía pura (bastante modesta en términos narrativos: qué habría pasado si la Argentina no se recuperaba del crack en un futuro inmediato), la utopía (una Argentina idealizada que dejó atrás sus vicios y volvió a nacer), y también el descarte de la distopía (aludida en sede ambiental con el maremoto que destruye Buenos Aires en el XXII), que habría encontrado su revancha, en el terreno de lo real, en las dos décadas de altísima especulación como las de 1970 y 1990, y en la crisis climática contemporánea. Es precisamente la imposiblidad actual de pensar un futuro a largo plazo lo que nos entrega, a diferencia de lo ocurrido en el confiadamente moderno siglo XIX, una gran cantidad de distopías que presentan el derrumbe, la ruina, el fin del mundo conocido. La distopía es tan desoladora como nuestro horizonte de futuro. La distopía parece darle una forma, un diseño a eso que no sabemos cómo será pero será catastrófico.

Las distopías del presente son apocalípticas. En ellas, las catastrofes ambientales se combinan con las catástrofes bélicas y nucleares. Más aún: al presente le superponen el futuro y le inscrustan vestigios de un pasado que se creía superado. No dejan lugar (en la narración, en la imaginación) para el cambio: en un mundo distópico, en el que cualquier utopía es una fantasía ingenua, la ucronía parece una broma siniestra. 

Con la novela del pasado dentro de la novela del futuro, Ezcurra parecía plantear la imposibilidad de la ucronía, la imposibilidad de imaginar una h/Historia diferente.

Bucles del pasado para imaginar otro presente posible

Creo que se apresuró Amitav Gosh cuando en The Great Derangement, su ensayo literario del 2016, afirmó que el presente pone en evidencia la crisis total de la imaginación narrativa al no dar cuenta de la crisis sistémica contemporánea, ese “gran trastorno” que es la destrucción ambiental, impulsado por las acciones humanas, las guerras y la injusticia social, entre otros tantos factores que han superado las escalas conocidas (del mundo a lo planetario, de lo humano a lo más que humano). La larga duración no es el territorio propio de la novela, afirma allí Gosh, y se pregunta sobre la crisis de la imaginación para responder a los fenómenos contemporáneos urgentes en los términos del realismo, de la gran novela que solía dar cuenta de las cuestiones sociales. Digo que Gosh se apresuró, porque, de hecho, más allá de otros casos aislados, han surgido en los últimos años novelas sobre el tema que no son estrictamente las ficciones distópicas o especulativas que no satisfacen sus expectativas de realismo (basta pensar en cómo algunas novelas de Margaret Atwood de los 2000 han sido erigidas como contraejemplo, y ni hablar de la última de Ian McEwan, What We Can Know, de 2025, que increíblemente también va al futuro y desde allí explora el pasado).

¿En qué estaba pensando Gosh al hacer semejante afirmación, en qué novelas, con qué parámetros? Aunque quizás deba decir que lo que ocurrió fue que Gosh leyó sesgadamente, sin detenerse en lo que ocurría en América latina, donde la imaginación narrativa no puede ser descripta simplemente como realista o no realista y ha sido muy sensible a las crisis contemporáneas (podría citar muchos ejemplos previos al libro de Gosh, como algunas novelas de Yuri Herrera en México, Héctor Abad Faciolince en Colombia o Samantha Schweblin en Argentina). Es llamativo que alguien como Gosh, frente a tantos cambios de tan diverso orden, no considere que los regímenes de verosimilitud de la novela, como los regímenes de verdad en la sociedad, están sujetos al cambio, son localizados y no es lo mismo escribir novelas desde Francia o India o Argentina, y que difícilmente pueda ya hablarse de una novela que es realista o es de ciencia ficción o es fantástica o es una distopía o una ucronía o lo que fuere en un sentido pleno, tal como la reconocíamos. 

Pero la tesis de Gosh, que ha circulado profusa y ampliamente por su doble condición de narrador y ensayista, es solo mi punto de partida para plantear que estamos asistiendo al final de las clasificaciones (en ocasiones paranoides) que buscan identificar, nombrar a la manera de los colapsados tiempos modernos de la literatura. Si En el siglo XXX mostraba una suerte de indefinición respecto de ciertos modelos genéricos a los que se pretendía acercar la producción literaria de la época en la Argentina, en la actualidad el aumento de las variaciones narrativas ha vuelto superflua la clasificación y, en su lugar, más esclarecedor resulta advertir la diversidad de elementos y matices con los que se intenta lidiar con el presente y que dan resultados tan perturbadores como los datos que entrega una investigación periodística o académica. En este contexto, ¿qué lugar queda para la ucronía?

 Una de mis novelas preferidas porque combina experimentación narrativa (en la composición, los procedimientos y la lengua) con cuestiones de agenda (entornos, feminismos, comunidades indígenas) y un alto impacto en diversos grupos lectores (que le dieron a la vez popularidad y prestigio) es Las aventuras de la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara, publicada en 2017. La trama es relativamente simple, si no fuera porque da vuelta los bastiones de la tradición argentina definidos en la segunda mitad del XIX (lo viril, el campo, el honor, el enfrentamiento con el indio, etc.): la mujer del gaucho Martín Fierro, protagonista y narrador del poema nacional que lleva su nombre (1872 y 1879), se convierte en la protagonista de una historia narrada en primera persona, en la que, junto con su amante inglesa y un perrito, atraviesa la pampa hacia el sur del territorio y después, ya unida al pueblo indígena, vuelve a subir hasta llegar a la región del litoral, con sus ríos, su vegetación y sus animales. Menciono con mucha frecuencia esta novela, justamente, porque se la reconoce con bastante rapidez, y también escribí sobre ella a propósito de lo que llamo imaginación narrativa ecoafectiva, porque despliega numerosas y diversas conexiones entre los humanos y todas las especies en y con los entornos.

Todo lo contrario de nuestra actual imposibilidad, que apenas puede presentar distopías a corto plazo. Tal es la incertidumbre de futuro.

La novela de Cabezón Cámara (a la que cada vez más se insiste en leer como si fuera una utopía) produce un efecto sumamente actual pese a estar ubicada alrededor de finales de los años de 1870, y eso se debe en gran medida a la intervención que hace sobre el pasado (literario pero también histórico), creando un bucle sobre el tiempo que lo abre a una temporalidad nueva. Ese es el gesto ucrónico de la novela: no una modificación ficcional de la Historia que sustituya un pasado por otro a partir de un episodio puntual, sino la apertura de una temporallidad alternativa que podría conducir a un presente distinto. 

Si en el siglo XIX la confianza en la linealidad persistente del tiempo debía ubicar en el futuro esa suerte de gesto ucrónico retroactivo que hay en la novela de Ezcurra al plantear qué pasaría si no, la incertidumbre actual de futuro plantea otras preguntas. Como no quiero repetirme, voy a citar el interrogante que planteé al final de ¿Para qué sirve leer novelas? Narrativas del presente y capitalismo:

“¿Y si hubiéramos trazado un camino diferente que, en vez de la distinción y la separación propias de la lógica moderna para pensar y organizar el mundo, hubiera preferido el encuentro, la reciprocidad y la fusión entre varones y mujeres diversos, que hubiera privilegiado los intercambios afectivos entre la sociedad y la naturaleza, que hubiera aceptado la convivencia de diferentes modos de percibir el tiempo? ¿Y si hubiéramos trazado un camino que no fuera rectilíneo y que, en cambio, a veces eligiera demorarse, desviarse e incluso retroceder un poco antes de seguir avanzando? ¿Y si pudiéramos imaginar ese camino, abierto entre la voluntad del trazo y su propia forma natural: en qué tiempo lo iniciaríamos?”   

 Seguramente hoy no lo iniciaríamos en la crisis financiera e institucional de 1890, como quizás lo habríamos hecho en el último cambio de siglo ante la inminencia del 2001. Al menos yo, lo empezaría antes, en los umbrales mismos del ingreso de la Argentina al capitalismo mundial, con su expropiación territorial, su campaña ofensiva contra los pueblos indígenas, sus imposiciones identitarias. Por eso, lo que rescato de la ucronía no es la respuesta narrativa para un qué hubiera pasado si, sino ese impulso narrativo inicial del y si hubiéramos… que nos entrega, como lo hace la novela de Cabezón Cámara, un bucle temporal del pasado para que podamos desplegar nuestra propia imaginación hacia un presente con deseo de futuro.

Lo que rescato de la ucronía no es la respuesta narrativa para un qué hubiera pasado si, sino ese impulso narrativo inicial del y si hubiéramos…