Vida y destino del comisario Krímov

En Vida y destino, Vasili Grossman construye en Krímov un personaje incómodo, capaz de condensar las contradicciones de una generación revolucionaria atrapada entre el ideal emancipador y la maquinaria totalitaria. A partir de su itinerario, este ensayo reflexiona sobre la culpa, la responsabilidad moral y la posibilidad de la redención en un siglo atravesado por las grandes causas políticas.

por Eduardo Minutella

Pocas figuras del siglo XX han encarnado tanta ambivalencia como la de la generación revolucionaria rusa de 1917 que transitó del fervor utópico de los primeros soviets al comisariato político burocratizado de los años treinta. A contrapelo de la clásica polarización entre héroes y villanos, esa experiencia histórica, como tantas otras, pero con una intensidad seguramente mayor, da por tierra con la distinción esquemática que divide el mundo entre mártires impolutos y verdugos desalmados. Uno de los grandes aportes de la literatura de la segunda posguerra fue, justamente, dar cuenta de esas tensiones y de esa ambigüedad, a partir de un sinnúmero de retratos que parecían difuminar la frontera entre las formas más heroicas de la entrega personal y los modos más abyectos de la complicidad. Y quizás sea la figura de Nikolái Grigórievich Krímov, uno de los personajes que vertebran la monumental novela Vida y destino, de Vasili Grossman, una de las que mejor nos permita reflexionar sobre esa tensión entre lo sublime y lo repudiable, a tal punto que cada vez que se vuelve a esta novela inconmensurable —que amerita varias lecturas— el lector siente las mismas incomodidades para encasillarlo. Parafraseando a Borges (y también un poco a los Beach Boys), en cada relectura Krímov es héroe y es traidor.

Escrita en los años 50 durante la desestalinización liderada por Jrushchov, y heredera de la tradición de la novela filosófica rusa sobre temática bélica, que tiene en el Tolstoi de Guerra y paz a su más ilustre representante, la obra de Grossman fue juzgada impublicable por resultar incluso “más peligrosa para el Estado soviético que las obras de Pasternak”. En 1961, la KGB confiscó el original, pero no logró impedir que los disidentes distribuyeran copias clandestinas que circularon fotografiadas, una verdadera proeza tratándose de un libro de más de mil páginas. Fue recién en 1980 cuando Vida y destino cobró finalmente luz pública en Suiza; para leerla legalmente en Rusia hubo que esperar hasta 1988, cuando la glasnost impulsada por Gorbachov en los que serían los estertores de la Unión Soviética habilitó un tipo de apertura cultural con fuerte impacto en el ámbito editorial.

Krímov dista de ser el protagonista excluyente de Vida y destino, al fin y al cabo una novela coral, pero problematizar su figura nos resulta interesante para desarmar las categorías simplificadoras de “héroe” o “villano”. Ante todo, el personaje es un comunista de la vieja guardia, un intelectual de acción que en 1917 puso su mente, su cuerpo y su fe con entrega total al servicio de una revolución que alumbraba un futuro más próspero y justo no solo para los rusos subyugados por el zarismo y los horrores de la Gran Guerra, sino para toda la humanidad. En la deriva revolucionaria, no dudó nunca del “derecho sagrado del Partido a blandir la espada de la dictadura” ni de la necesidad inexorable de aniquilar a los enemigos de clase, y ofició en ese sentido tanto en su rol de articulista, como de editor y formador intelectual de cuadros para el partido. En esa trayectoria militante, su entera subjetividad parece reabsorber la lógica propia de un Estado al que Grossman inviste con las ropas inconfundibles del totalitarismo. Durante las purgas de los años treinta, Krímov peca algunas veces por acción y otras, bastantes más, por omisión. Es responsable por algunas de las cosas que dice, sobre todo cuando se apoya en el aparato represivo que integra para cobrarse una pequeña venganza personal; pero, sobre todo, resulta más infamante en aquello que calla ante las injusticias a las que someten a algunos de sus camaradas. Será la guerra, y no solo una trifulca de corto alcance sino nada menos que el sitio de Stalingrado, la que propicie una desarticulación ontológica que permitirá la redención posible del comisario político. Entre julio de 1942 y febrero de 1943 bajo el constante fuego alemán, Krímov, el acomodaticio, el egoísta, el abyecto, ingresa en una paulatina pero constante fractura de sus convicciones, y mantiene con la historia, que se está produciendo en ese frente en vivo y en directo, un tipo de contacto tan incómodo como revelador. Lo que descubre en las trincheras ya no se parece al manual de historia del Partido ni al catecismo marxista-leninista que abrazó y contribuyó a catequizar; es una marejada viva y anárquica en la que un pueblo combate al margen de la burocracia, y a menudo a espaldas de ella. 

Lo que Krímov descubre en las trincheras ya no se parece al manual de historia del Partido ni al catecismo marxista-leninista que abrazó y contribuyó a catequizar; es una marejada viva y anárquica en la que un pueblo combate al margen de la burocracia, y a menudo a espaldas de ella. 

Stalingrado como otra realidad

Krímov arriba a las ruinas ardientes de Stalingrado cargado de discursos e investido con un tipo de autoridad gris que en las trincheras parece generar más rechazo que admiración. Desde su arribo queda claro que la misión que le encomendaron es innecesaria e inviable: se le ordenó que dirimiera diferencias en el mando de la Casa 6/1 y que dictara una serie de conferencias ante los soldados y los oficiales, pero para su llegada al frente de combate uno de los oficiales en pugna ya había sido abatido, y el público subterráneo de soldados que atienden a su conferencia de pretensiones doctrinarias, curtidos en el día a día de la batalla, oscila entre la sorna y el desdén. Su voz curtida de orador universitario burocratizado se asordina ante las ráfagas del fuego enemigo y las bromas de los oficiales veteranos ante lo que perciben como cháchara inconducente. De pronto, se apodera de Krímov un tipo de extrañamiento homologable al del sacerdote que confirma que sus sermones ya no interesan: ¿y si no fuera tan solo un burócrata presuntuoso que distrae a pura dialéctica a quienes están arriesgando su vida a cada minuto?

La contracara de Krímov en la Casa 6/1 cercada por los tanques alemanes es la del capitán Grékov, gobernante de facto de lo que allí sucede y antítesis del burócrata de partido. Encarnación de la figura del insurgente natural, Grékov parece encarnar la recuperación salvaje del espíritu primigenio de los soviets de 1917, algo que Krímov conoció y experimentó, pero que el tiempo y las derivas del orden soviético apagaron en su interior. Sin consejo ni directiva explícita del Partido, Grékov ha organizado la defensa comunitaria y ha logrado salvar una posición que parecía inexorablemente perdida. El antagonismo entre ambos personajes es tanto político como existencial: mientras Krímov exige disciplina, subordinación y acatamiento de la línea oficial, Grékov apela a un espíritu asambleísta, un tipo de horizontalidad y un criterio de autonomía radical que remiten al momento fundacional del orden soviético. En sus diálogos siempre tensos con el comisario, el capitán irreductible de la Casa 6/1 le deja en claro que no luchan por la misma causa: Krímov lo hace por el Partido; Grékov, por la libertad. Así, actúa como un espejo invertido y deseable que desestabiliza la masculinidad política de quien alguna vez fuera un héroe, pero en la deriva represiva posterior, en los procesos de Moscú y, sobre todo, en el frente de Stalingrado, ya no lo es. El crescendo de tensiones bajo fuego entre ambos hombres se interrumpe en la novela de forma abrupta. La bala misteriosa que roza la sien de Krímov —tal vez disparada por el propio Grékov, Grossman con maestría elige no contarlo— parece procurar una herida irreparable para la armadura ideológica del comisario. 

Anagnórisis 

Atravesado por la experiencia de la batalla, con el cuerpo herido y misteriosamente degradado en sus funciones, Krímov comienza a descubrir que la maquinaria a la que sirvió lo necesita cada vez menos. La frialdad institucional y el desdén que le demuestran sus camaradas contrastan con la camaradería y la autenticidad que había observado en las trincheras, donde no importaban tanto las jerarquías sociales y partidarias. Caído en desgracia a causa de una denuncia homologable a tantas otras, pero esta vez con él como víctima, finalmente es trasladado a la cárcel de la Lubianka, donde impera una nueva casta de funcionarios grises y advenedizos. La revolución había devorado a muchos de sus hijos, y él —a pesar de sus silencios de antaño, de su ubicuidad calculada—, no sería la excepción. Golpeado, despojado de sus ropas y su privacidad, y sometido a los rigores de un código burocrático implacable ejecutado por hombres sin más virtudes que la obediencia, Krímov descubre el rostro desalmado del Leviatán stalinista. Ante el juez que conduce su proceso, de nada sirven sus antecedentes de servidor de la revolución: sus misiones en China, su voluntariado en la guerra civil, su abnegación leninista. Todo cae en saco roto ante esos hombres carentes del ethos sacrificial de la primera generación revolucionaria. Las pruebas que le espetan son mínimas: una opinión emitida en un brindis, una llamada telefónica con una persona no indicada, una risa a destiempo, bastan para que se le acuse de trotskismo, de conspiración con la Gestapo y de desmoralizar a las tropas en la Casa 6/1. Será en la sala de interrogatorios, con sus focos de luz irritante y su fría rutina de golpes e insultos proferidos por hombres ramplones y sin mayores atributos, donde se produzca la anagnórisis de Krímov: ¿acaso no constituirá todo aquello un espejo abyecto de sí mismo? ¿No había, él también, levantado la mano para condenar a compañeros inocentes? ¿No había guardado silencio tras la caída del camarada Hacken, o ante la detención de los familiares de su exmujer, Zhenia? ¿No había redactado panfletos justificando las ejecuciones en nombre de un futuro que se auguraba luminoso?

El antagonismo entre ambos personajes es tanto político como existencial: mientras Krímov exige disciplina, subordinación y acatamiento de la línea oficial, Grékov apela a un espíritu asambleísta, un tipo de horizontalidad y un criterio de autonomía radical que remiten al momento fundacional del orden soviético.

Para ilustrar las distintas reacciones posibles ante la experiencia concentratoria, Grossman hace coincidir a Krímov en la celda de la Lubianka con compañeros de encierro muy disímiles, que enfrentan la desgracia con diferente actitud: Dreling, un viejo menchevique templado por dos décadas de presidio, mantiene una ética estoica e inconmovible; Bogoleyev, un poeta desgarrado que sabe que su confinamiento es el precio a pagar por sus convicciones sobre la autonomía sagrada del arte; y, sobre todo, Katsenelenbogen, un antiguo alto mando de la Cheká y la NKVD. Katsenelenbogen es la voz de la racionalidad instrumental llevada al paroxismo: el hombre que “todo lo comprende, pero nada siente”. Para el ex-chequista, el Gulag se presenta como la cúspide de la modernidad tecno-científica: los campos absorben y perfeccionan el progreso tecnológico (locomotoras, turbinas, centrales eléctricas) para aunar sociedad y cárcel en una única estructura perfectamente disciplinada donde la noción “caótica” de la libertad individual quede finalmente extirpada. A diferencia del Krímov caído en desgracia, que parece rehumanizarse en el contexto de encierro, Katsenelenbogen ha divinizado al Estado como Dios absoluto del siglo.

La historia de Krímov en un siglo sin causas

¿Por qué la peripecia de un ficticio comisario bolchevique caído en desgracia en 1942 todavía puede resultar relevante para las sensibilidades de un siglo en el que las verdades absolutas y las causas universales de antaño, a primera vista, parecen haber colapsado, disolviéndose en la fluidez del consumo y la hipertrofia del “yo”? Considero que la historia de Krímov todavía puede ayudarnos a pensar algunas cuestiones para transitar esta época signada por el cinismo, el repliegue individualista y las nuevas formas de autoritarismo algorítmico. Si el fin de las ideologías ha sido proclamado hace ya varias décadas y la adhesión fanática a un solo dogma estandarizado y unívoco parece hoy menos viable, la vulnerabilidad del individuo ante poderes en apariencia más impersonales, que operan bajo la apariencia de la neutralidad técnica y el bienestar de mercado todavía recorre nuestro presente. El examen de conciencia que se autoimpone Krímov en la celda de la Lubianka apela directamente a nuestra responsabilidad ética para con el tiempo que nos toca vivir. En la certidumbre de la caída, el comisario descubre que sus peores faltas no fueron solo los actos cometidos con abierta malicia, sino, sobre todo, más que nada, sus recurrentes y voluntarias omisiones: el silencio repetido ante la injusticia padecida por el prójimo, la adhesión a consensos espurios en beneficio de su preservación personal, la mirada esquiva ante el sufrimiento de cada crítico, cada hombre o mujer de principios, cada disidente. En una cultura volcada al narcisismo digital y a la tentación acrítica y apresurada de la “cancelación”, la figura de Krímov nos interroga sobre la comodidad de nuestras complicidades silenciosas.

Asimismo, la narrativa de Grossman problematiza la ilusión —en otros tiempos considerada “neoliberal” y/o “postmoderna”— del individuo soberano y autosuficiente. La tragedia de Krímov demuestra que el ensimismamiento en el “yo” no inmuniza al sujeto contra la violencia de las estructuras de poder; por el contrario, lo deja desarmado. Sus rasgos de auténtica dignidad solo reaparecen cuando la conciencia se niega a someterse a la mentira institucionalizada. Por eso, hay que esperar hasta los últimos y tortuosos párrafos que Grossman le dedica en la novela para descubrir en el excomisario político algún rasgo de heroicidad. Solo entre golpes y vejaciones Krímov tendrá su despertar epifánico, su reencuentro con una dimensión humana que parecía irremediablemente sepultada y ocluida desde los procesos de Moscú. Al enterarse de la victoria soviética en Stalingrado, su mente parece liberarse del dolor físico y volar hacia un abrazo imaginario y festivo con Grékov, su antiguo rival en el frente, para entonces abatido por una ofensiva alemana. Y, aquí lo más relevante a fines de este texto, a pesar de las presiones y el esfuerzo represivo de su interrogador, Krímov se niega una y otra vez a firmar una confesión falsa, condenando definitivamente su destino, pero al fin dueño de sí. Solo después de esa negativa valiente, recluido en la oscuridad del confinamiento final, se permitirá un llanto liberador al recibir noticias del intento de visita de su mujer. 

La revolución había devorado a muchos de sus hijos, y él —a pesar de sus silencios de antaño, de su ubicuidad calculada—, no sería la excepción.

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En la narrativa de Grossman, el itinerario del camarada Krímov permite abordar una de las dicotomías teóricas más abordadas por la historia de las ideas del siglo pasado: la tensión entre individuo y Estado. Como advierte Nicola Chiaromonte en La paradoja de la historia, la fe en el Progreso y en las grandes leyes históricas tendía a reducir al ser humano a la condición de un peón prescindible en el tablero de las Grandes Verdades, instaurando la absolutización de la primacía de la entidad colectiva por sobre la singularidad irreductible de la persona. En clave humanista, Grossman parece decirnos que el sentido profundo de la existencia no reside en la adscripción a abstracciones supremas —la Raza, la Nación, el Estado o el Partido—, sino en lo que denomina la “pequeña bondad sin causa”, que se resiste a ser codificada por los grandes aparatos ideológicos. 

En las lecturas occidentales de Vida y destino, lo que prima es, sobre todo, un tipo de interpretación que la codifica como una alegoría de la libertad individual frente al totalitarismo omnívoro de la Unión Soviética. Sin embargo, tal como sostiene Fredric Jameson, aunque la idea de libertad recorre toda la historia de Krímov y (agregamos) de la novela toda, la concepción de libertad que forja el renacimiento tardío del personaje se parece menos a una mera proclama en revalorización de lo que antaño se denominaban libertades “burguesas”, que a un tipo de fenómeno horizontal, espontáneo y sensible. De ahí que el autor hile la experiencia primigenia de camaradería de los soviets del año 17 con la de los soldados que arriesgaron su vida en Stalingrado.

¿Es Krímov un héroe? 

La pregunta nos pone en la encrucijada de tener que decidir, y la respuesta, sospecho, varía de lector en lector. ¿Alcanza con el autosacrificio final para lograr esa condición? A veces pienso que sí; otras que no. Los hechos están presentados para que quien se adentre en estas palabras infiera sus propias conclusiones. Si leyera a Krímov en clave aristotélica, considerando a la virtud como un hábito dispuesto hacia el bien cultivado voluntariamente a lo largo del tiempo, debería concluir que no. En esa perspectiva, un estado emocional momentáneo, desplegado como un chispazo repentino al final de una vida, resulta, como mínimo, insuficiente. En clave filosófica utilitarista, Krímov tampoco termina resultando particularmente heroico, en la medida en que su resistencia individual en la celda no permite cambiar un resultado político colectivo, y ni tan solo la vida de alguien más. Siguiendo al Camus de El hombre rebelde, en cambio, la figura de Krímov adquiere una dimensión que podría considerarse heroica en el momento en que se niega a firmar la confesión falsa. Al romper con la lógica mentirosa de la maquinaria del Partido, Krímov recupera su condición de hombre libre. Pero, como todo verdadero héroe, tiene un precio a pagar. Y es altísimo.

En lo personal, aunque los he tenido en distintos momentos de la vida, finalmente aprendí a vivir sin héroes. No los necesito. Sobre todo porque a nada y a nadie le pido tanto. Creo sí, en cambio, en el valor inestimable de las acciones heroicas: menos abstractas y al alcance de la mano de personas que casi siempre distan de ser extraordinarias. Por eso, elijo acordar con Camus: en su negativa a capitular ante la falsedad, en su capacidad final para conmoverse ante el afecto y, sobre todo, en su coraje para decir “No”, el último Krímov actúa en forma heroica. En ese gesto amargo y luminoso de un hombre acaso demasiado imperfecto se vislumbra una forma posible de redención. 

Siguiendo al Camus de El hombre rebelde, la figura de Krímov adquiere una dimensión que podría considerarse heroica en el momento en que se niega a firmar la confesión falsa. Al romper con la lógica mentirosa de la maquinaria del Partido, Krímov recupera su condición de hombre libre. Pero, como todo verdadero héroe, tiene un precio a pagar. Y es altísimo.