X, la generación que nunca estuvo
La Generación X nació equívocamente, ya desde su nombre. Atrapados entre el legado posmoderno y neoliberal de los boomers y la guerra generacional declarada por los centenials, quizás hoy podamos aportar eso que siempre nos criticaron: estar fuera de la Historia, practicar un sentido de autenticidad basado en no aspirar a nada más que una conexión irónica con nuestro propio tiempo.
Ya no quiero discutir sobre música. La energía y el entusiasmo que tuve a lo largo de mi vida para pelear el sentido estético, ético y político de un disco fue menguando junto con mi curiosidad por escuchar música nueva. No se trata de que hoy la música sea peor (no hay época exenta de mala música y sé que pagué por escuchar auténticas mierdas en los 90), se trata de que perdí la elasticidad intelectual para incorporar información nueva. Puedo escuchar todas las novedades de Pitchfork pero dentro de los patrones que incorporé hace 30 años: ambient, indie, noise, drum and bass. De la misma manera en que puedo leer páginas y páginas sobre IA, antropoceno, aceleracionismo y lo que sea, porque son temas nuevos expresados en el viejo lenguaje que aprendí en la Facultad de Filosofía y Letras. Pero no aguanto diez minutos de otra cara redonda con bigote, iluminación frontal y remera negra explicando por enésima vez qué es una psyop o que en los años 70 «Chile inventó una internet socialista». Tampoco entiendo la energía y el entusiasmo que tiene esta época para pelear el sentido estético, ético y político de una serie.
Cuando se llega a este punto vital, en el que el mundo giró y uno quedó aquí, las opciones son volverse clásico o ser el Sr. Burns con la remera de Jimbo Jones. Yo opté por el clasicismo, nací para ser viejo: pasé este verano leyendo a Marcelo Cohen, escuchando bandas de Canterbury y defendiendo en redes (y solo en redes) un progresismo que difícilmente me convenza. Pero no es tan fácil. Y cuando veo a mis coetáneos, muchos de ellos con la remera de Jimbo Jones, noto que de verdad es difícil. Podemos asumir las canas y la presbicia pero no toleramos quedar fuera de la época. «Los contemporáneos no son coetáneos ―escribió Ortega y Gasset en 1951―. Alojados en un mismo tiempo externo y cronológico, conviven tres tiempos vitales distintos». Para Ortega, hasta los 25 años aprehendemos al mundo heredado, y de ahí en adelante continuamos la tradición o la rechazamos. Por eso cada 20 años cambia la cepa: «“Hoy” es para uno veinte años, para otros, cuarenta, para otros, sesenta». Que tres modos de vida distintos constituyan un mismo presente era para Ortega la razón de todos los conflictos que motorizan a la Historia. La lucha generacional.
La teoría de las generaciones es bastante vieja, el propio Ortega concibió la suya ensamblando lo ya dicho por gente como Comte, Dilthey y, sobre todo, Karl Mannheim, además de ignotos del siglo XIX como Dromell, Cournot o Giuseppe Ferrari. Esa teoría de las generaciones terminó siendo el ariete conservador para refutar al clasismo marxista, al individualismo liberal y quizás también al racismo pseudodarwinista. «Una generación no es un puñado de hombres egregios, ni simplemente una masa: es como un nuevo cuerpo social íntegro, con su minoría selecta y su muchedumbre, que ha sido lanzado sobre el ámbito de la existencia con una trayectoria vital determinada». Sobre esa idea trabajaron discípulos de Ortega como Julián Marías, Laín Entralgo o Xavier Zubiri. O discípulos de discípulos, como el argentino Jaime Perriaux, autor del libro Las Generaciones Argentinas, y del concepto de «Proceso de Reorganización Nacional» para el golpe militar de 1976, expresión del anhelo por la Generación del 80 y su Organización Nacional.
La Generación X
En Estados Unidos, la tradición generacional es diferente. Desde que a Hemingway en París era una fiesta se le ocurrió llamar «generación perdida» a los hijos de la Belle Époque que terminaron peleando la Primera Guerra Mundial, los periodistas y agentes publicitarios comenzaron a producir generaciones en serie: Grandiosa (los ganadores de la Segunda Guerra Mundial), Silenciosa (los criados bajo el macartismo), Baby Boomers (los hijos de los silenciosos). Y la Generación X, así llamada por una novela de Douglas Coupland:
El título del libro no venía de la banda de Billy Idol, como muchos suponían―recordó Coupland en 1995― sino del capítulo final de un divertido libro sociológico sobre la estructura de clases en Estados Unidos llamado Class, de Paul Fussell. En ese capítulo final, Fussell nombraba una categoría "X" de personas que querían bajarse de la calesita del estatus, el dinero y el ascenso social que tan frecuentemente enmarca la existencia moderna. Los ciudadanos de X tenían mucho en común con mis propios personajes socialmente desenganchados (...)
La primera edición de Generación X, en marzo de 1991, fue pequeña, no tuvo publicidad y casi no recibió reseñas. Pero ese verano, un texano de mi edad llamado Richard Linklater estrenó la película Slacker, llena de excéntricos sobreeducados y subempleados que se parecían vagamente a mis personajes (...)
Los problemas comenzaron cuando los creadores de tendencias de todas partes empezaron a aislar pequeños elementos de la vida de mis personajes —su manera despreocupada de manejar los problemas o su cuestionamiento del statu quo— y los inflaron para representar a toda una generación. Parte de esta tergiversación vino de los baby boomers, quienes, golpeados por la recesión y avergonzados por los valores comprometidos de sus propios años 60, comenzaron a transferir su oscuridad colectiva sobre el grupo que amenazaba con robarles el protagonismo.
Esa apropiación que Coupland denuncia podría explicar el sentido ya plenamente marketinero que tuvieron las siguientes generaciones, reducidas al orden alfabético (Y o millenials, Z o centennials, Alfa), y perfiladas por una sensibilidad de consumo, una actitud ante el mercado laboral y un código Pantone. «Cabe preguntarse si tales categorías generacionales son algo más que un recurso perezoso de los opinadores para pensar el cambio histórico ―dijo Kim Phillips-Fein en un artículo de Dissent―. La hipótesis de la identificación generacional oscurece las formas en que nuestra sociedad está dividida, especialmente por clase y por raza». Aún así, espero que debajo de la grilla mercadotécnica de las generaciones haya algo más. Edité este número de Supernova bajo la convicción de que hay algo más.
La Generación X local sería la que nació entre el Cordobazo y Alfonsín: sí, veíamos MTV tirados en un sillón mientras nos gobernaba Menem, pero también formamos H.I.J.O.S. y salimos a cascotear en diciembre de 2001. Argentina no te deja mucho margen para la apatía

El relato de Coupland también señala un tibio conflicto generacional con los baby boomers, la generación de Woodstock y mayo del 68. Nacidos para ser jóvenes, los baby boomers terminaron envejeciendo como cualquier ser vivo. Y la sociedad no se los perdonó. Pero fue otra generación la encargada de hacer justicia: ok, boomer fue el santo y seña milenial para correr del escenario a esos rancios que todavía pretendían explicar cómo funcionaba el mundo, ese mundo que desde 2008 estaba dejando de funcionar. Los Gen X quedaron fuera de ese ring: nadie esperaba nada de ellos, nadie les debía nada y nadie los culpaba de nada. Parecían condenados a arrastrar la apatía de su juventud a lo largo de la Historia.
«Incluso en la madurez, la Generación X queda eclipsada por las cohortes demográficas a ambos lados», agrega Phillips-Fein. Pero eso quizás se deba a sus condiciones de origen: «La idea de la Generación X fue, en cierto modo, un síntoma de la crisis de la izquierda después de los años setenta. Ser Gen X era estar desafectado de las normas de consumo de los años ochenta pero ser pesimista respecto a cualquier posibilidad de transformación social. Era ser irónico, escéptico, desinflar la pretensión y la autoridad, mantenerse distante tanto de los movimientos sociales como de los partidos políticos». El historiador Charles Petersen agrega: «El resultado de esta mentalidad fue una desconexión irónica donde la emoción solo encontraba expresión en una recapitulación en flujo de conciencia. Lo impensable era cualquier tipo de conexión entre el mundo interior y el exterior». Era esperable que, cuando volviera a sonar el clarín de la batalla generacional, nadie quisiera movilizar a la quinta que vio el Mundial 78.
Sin embargo, a medida que el siglo XXI fue mostrando los dientes, empezó a brotar cierta nostalgia por los años 90, nuestra propia Belle Époque antes de esta Guerra Mundial que nadie declaró. Y con la reivindicación de la época vino la reivindicación de los contemporáneos. En 2008 Jeff Gordinier publicó X Saves the World: How Generation X Got the Shaft but Can Still Keep Everything from Sucking, en donde argumenta que la Generación X, subestimada tanto por los boomers como por los milenials, fue sumamente creativa. Sin mandatos históricos ni el foco de la sociología estatal encima, los Gen X trabajaron con humildad y perseverancia en diseñar parte del mundo que aún tenemos o nos influye: Google, Wikipedia, Tarantino, Aphex Twin, Los Simpson, etcétera. Desde entonces empezó una segunda vida para los Gen X, ahora como unos Abe Simpson contándoles a los niños de Springfield que no éramos tan felices, pero si en las reuniones alguien hubiese preguntado si éramos felices, habríamos respondido seguro sí; pero éramos felices, ya pasó mucho tiempo y sin embargo, si alguien nos preguntase si éramos felices diríamos que sí, que éramos. Hasta Forbes sostiene un debate con The Economist sobre el éxito financiero y el bienestar espiritual de los Gen X.
Posmodernos de verdad
¿Cuánto de ese relato generacional funciona aquí abajo? ¿Cuántas de esas categorías importadas nos representan? ¿Qué guerras pelearon nuestras generaciones «perdida» y «grandiosa»? ¿Cuán «silenciosa» fue la generación que llenó la plaza en octubre del 45? Sí hubo un baby boom argentino porque fue una tendencia demográfica global, pero nuestros baby boomers optaron por otra versión de la Era de Acuario. Su Woodstock fue Córdoba; Ezeiza, su Altamont; y su Vietnam, Monte Chingolo: la derrota que no pudieron explicarse. (Malvinas los agarró grandes y la negaron).
La Generación X local sería la que nació entre el Cordobazo y Alfonsín. Sí, veíamos MTV tirados en un sillón mientras nos gobernaba Menem. Pero también formamos H.I.J.O.S. y salimos a cascotear en diciembre de 2001. Argentina no te deja mucho margen para la apatía ni el «flujo de conciencia desconectado del exterior». Tampoco fue fácil nuestra ruptura con los boomers, muchos de los cuáles todavía nos miraban desde la foto carnet de los detenidos desaparecidos, con el pelo lacio y la cara de jóvenes viejos congelada en la era de la revolución que no fue. Aquí también les tocó a los centenials cortar con unos boomers ya bien enquistados en el poder del post 2001.
Podíamos criticar al neoliberalismo y al posmodernismo pero no podíamos dejar de vivir neoliberal y posmodernamente
Antes de seguir con este melancólico juego de analogías y traducciones conviene ver por un rato el proceso material. Y quisiera hacerlo en dos pasos: uno global y otro local. Empecemos por el global. Tanto en el Norte como en el Sur, las personas nacidas luego de la Segunda Guerra Mundial accedieron a tecnologías de comunicación más desarrolladas, pudieron estudiar y tenían una idea más informada y completa que sus padres sobre la sociedad y el mundo en el que vivían. Perdieron la revolución y la guerra, es cierto, pero ganaron la democracia y el mercado. Las trayectorias de maoístas como Sarlo y Altamirano o de gramscianos como Portantiero, De Ipola y Aricó, retornados del exilio para construir el alfonsinismo y el Frepaso, o de Galimberti y Jorge Abelardo Ramos acomodándose en el menemismo, no dejan de ser parte de la comba global que trazaron Daniel Cohn-Bendit o Eldridge Cleaver en las frías costas del Atlántico Norte.
Sin embargo, sería un error juzgar a los boomers por su eficacia o lealtad a un programa político (que no dejaba de ser un remedo del ya lejano ciclo revolucionario de 1917-1938). No, lo que definió a los boomers fue un nuevo espíritu del capitalismo, una empresa de la vida, su capacidad de disolver la realidad en una hiperrealidad para poder gestionarla: de la línea de masas de Mao a la cibernética de Bateson y el marketing de Belk, del MK Ultra a la psicodelia y de ahí a la computadora personal. Así lograron resetear al moribundo capitalismo metalmecánico del 75: dirigieron exitosamente la transición del fordismo al neoliberalismo, desarrollaron la aldea global, crearon la web y pensaron la filosofía posmoderna que coronó esa transición. Los boomers diseñaron una hiperrealidad para gobernarnos desde la virtualidad.
La Generación X se limitó a usar ese mundo virtual, sentados frente a la TV o la PC. Y por esa lasitud nos ganamos el repudio de nuestros mayores, los perdedores de Vietnam y Monte Chingolo, que nos tacharon de cínicos y flojos. Pero nosotros estábamos realizando su sueño. Los boomers pensaron el neoliberalismo posmoderno; los Gen X lo vivimos. Nos tocó la primera web, el primer desempleo estructural, el Nokia 1100 cuando era nuevo, el primer peso que ganamos trabajando valía un dólar. Vivimos todo eso con la inocencia de no tener pasado alguno con el cual contrastarlo. Era la realidad, la única verdad. Y terminó muy pronto, entre 2001 y 2008. Antes de nosotros la verdad duraba años, aunque fuera mentira. Ahora duraba poco, aunque fuera verdad. Nosotros fuimos los verdaderos posmodernos, los protagonistas de una Historia fragmentada cartoneando los restos de la Razón y el Progreso en la Feria de Parque Rivadavia o en el primer Mercado Libre, ese del logo sin borde que ofrecía cosas robadas. Renegamos del statu quo sencillamente porque el statu quo nos dejó en la vereda con el CV, impreso en un cíber, en la mano. Podíamos criticar al neoliberalismo y al posmodernismo pero no podíamos dejar de vivir neoliberal y posmodernamente.
Los centenials llegaron cuando la aldea global que nos legaron los boomers ya estaba rota. Y pudieron sostener otra crítica, una sin el menor viso de ironía, y reclamar un universo sensato con coordenadas morales claras, sujetos históricos macizos e identidades listas para usar: el Imperio romano, el cristianismo medieval, la sociedad salarial de posguerra, la Federación rosista. Es el ansia metafísica por una totalidad coherente. Solo Dios sabe si lo van a lograr pero a veces lo importante no es la meta, sino los amigos (y contactos) que hacemos en el camino. Permanece la hiperrealidad y el problema que diagnosticaron Ravetz y Funtowicz a principios de los 90: «Es difícil imaginar cómo una nueva generación que se ha visto inmersa en la hiperrealidad podrá aún ser capaz de manejar el nivel de destreza que se requiere para operar esta subestructura tecnológica especial». Para nosotros se trató de pasar de los cospeles al line up, sin celular en el pupitre. Hoy esas subestructuras son aún más complejas, con los LLMs y el blockchain a la cabeza. ¿Confiamos en la destreza del milenial Altman y el Gen X Musk para manejarlas responsablemente? Y queda la duda de hasta qué punto los centenials no van a resolver su reclamo de totalidad con más hiperrealidad.
Fuera de la Historia
En Qué hacemos con Menem, un desparejo volumen colectivo sobre los años 90 que compiló la Revista Panamá, intenté apurar un balance generacional local:
Para los que salimos a la civilidad y el mercado en aquellos años, el antimenemismo era algo tan instintivo como el consumo de productos importados. La hora de tren desde mi barrio de calles de barro duro hasta avenida Santa Fe o Galería Jardín, y la vuelta con los libros, revistas y cds importados en la mochila, esquivando borrachos sin trabajo que pedían una moneda, o sus hijos en barra, que pedían un poco más, era la normalidad insensibilizada de una persona que no había conocido la Argentina peronista más que por relatos familiares.
Aquel no fue nuestro tiempo, que recién empezaría en 2001: aquello fue nuestra educación sentimental. Revisarlo no es nostalgia ni idealización, es un inventario de las cosas que aún pueblan al espíritu de una generación, el parricidio cultural posible solo por el acceso a nuevos consumos, el adiós obligado a un destino casi atávico de obrero industrial, la naturalización de la pobreza. Objetos y experiencias que hicimos detonar a su debido tiempo.
Sin embargo, tener que recuperar esas señales treinta años después ya indica un problema. Para un boomer, un milenial o un centenial los hitos son rotundos: el retorno de Perón, el Ni una menos, el Juicio a las Juntas, las fiestas clandestinas de la cuarentena. Mannheim deja en claro que «para que pueda hablarse de una generación en sentido pleno es necesario algo más que el simple dato demográfico: es preciso que la situación histórica común actúe como principio formativo». Eso es lo que nos falta a los Gen X, más allá de juntarnos a comer y recordar lo buenos que fueron Cha cha cha o Use your illusion I, o dónde estábamos cuando cayó la Torre Sur. Para Petersen «uno de los principales signos del poder de la época neoliberal fue el grado en que la generación que alcanzó la mayoría de edad en su apogeo —los años ochenta y noventa— perdió el sentido de sí como masa social definida por experiencias compartidas en el flujo de la historia». Y llama a los Gen X a hacerse cargo de su identidad generacional y ponerla al servicio de la época. Es fácil imaginarse a un batallón de barbas grises con la remera de los Ramones mirar con una mueca tristona y sorprendida, como diciendo ¿y qué esperan que haga a esta altura?
Para un boomer, un milenial o un centenial los hitos son muchos más rotundos: el retorno de Perón, el Ni una menos, el Juicio a las Juntas, las fiestas clandestinas de la cuarentena; so es lo que nos falta a los Gen X
¿Fuimos La Cámpora o Galperín? ¿Ganamos o perdimos? Ya es tarde para preguntarlo, sobre todo cuando el estancamiento nacional cumple más de medio siglo. Fuimos una generación conscientemente fuera de la Historia, con un sentido de autenticidad basado en no aspirar a nada más que una conexión irónica con nuestro propio tiempo. Difícil que salga un gladiador o un místico de esta cepa. Pero quizás en este momento de la Historia todo eso sea un activo. Al ansia metafísica de las nuevas generaciones le toca vivir en un parque tecnoeconómico dispuesto a disolver la verdad a cada segundo. Buscar a Dios, la Patria y la Tradición occidental en la época de Banana y DALL-E 3 puede ser un plan frustrante. Y de verdad es difícil imaginar cómo una generación inmersa en la hiperrealidad será capaz de operar esta subestructura tecnológica especial. Pero ahí estamos nosotros, tomando una Pepsi Max y escuchando Galería desesperanza en el pasacassette del auto, listos para aportar desconfianza, ironía, flujo de consciencia y desconexión con el exterior. Un exterior que, hoy más que nunca, quiere y puede colonizar nuestro espíritu. Suena a poco porque es poco. Siempre buscamos poco. Pero logramos bastante. Y no hay mucho más que hacer: podemos ir juntos, agarrados de la mano, viendo cómo se derrumba la ciudad. Nos conocimos en un momento muy extraño de nuestras vidas.