Portugal: el país humilde que parió un Ronaldo

Descubrió medio mundo, perdió un imperio y aprendió a vivir sin escándalos. Entre la saudade, la moderación política y los goles de Cristiano Ronaldo, Portugal sigue demostrando que se puede ser relevante sin ser grande

por Andrés Malamud

Portugal es un país extraordinario. No por grande, rico o poderoso. Tampoco porque haya ganado guerras, liderado revoluciones tecnológicas o inventado instituciones universales. Portugal es extraordinario porque logró convertir la nostalgia en un modelo de desarrollo.

Mientras otros países construían imperios para conquistar el futuro, Portugal construyó uno tan vasto que todavía vive de recordarlo. Los portugueses descubrieron medio planeta y después se retiraron a contemplar la puesta de sol sobre el Atlántico. Singular estrategia geopolítica: primero conquistar los mares y después alquilar balcones para observarlos.

La historia lusa está dominada por una paradoja. Fue el primer país europeo en globalizarse y el último en enterarse de que ya no era un imperio mundial. Durante los siglos XV y XVI, Portugal era el equivalente marítimo de Silicon Valley: innovador, aventurero y obscenamente exitoso. Navegantes como Fernando de Magallanes, Vasco da Gama o Pedro Álvares Cabral conectaron continentes cuando la mayoría de los europeos dibujaba mapas con dragones.

Pero el éxito tiene efectos secundarios. España heredó el síndrome imperial y Portugal desarrolló la saudade. Los españoles siguen creyendo que deberían gobernar el mundo; los portugueses sospechan que alguna vez lo gobernaron.

La política contemporánea refleja la personalidad nacional. Hablamos de la democracia más civilizada de Europa del sur, y también la más aburrida. Los gobiernos caen sin dramatismo, los partidos pierden elecciones sin denunciar conspiraciones cósmicas y los ciudadanos protestan con una moderación que resultaría incomprensible en Francia y reprochable en Argentina.

Portugal demuestra que es posible la alternancia política sin apocalipsis retóricos. Los socialistas gobiernan y el capitalismo sobrevive. Los conservadores retornan y el Estado no desaparece. La extrema derecha crece, pero dedica más tiempo a dar lástima que a cortar el bacalao. En un continente acostumbrado a los sobresaltos, Portugal es el alumno discreto que aprueba con siete y nunca recibió una amonestación.

Claro, la estabilidad tiene un precio. El crecimiento económico avanza con la velocidad de un torneo de bochas. El país produce vinos superiores y diplomáticos notables, pero exporta jóvenes talentosos. Durante décadas, la emigración funcionó como una política pública informal. Cuando faltaba empleo, Portugal ajustaba en población. Su exitosa diáspora es, para muchos, un símbolo del fracaso.

Sin embargo, existe un ámbito en que los portugueses rechazan cualquier modestia: el fútbol. Allí desaparece la saudade y emerge una confianza casi brasileña. El fútbol es el único terreno donde Portugal sigue comportándose como potencia.

La explicación es simple. Las antiguas carabelas ya no navegan, pero los jugadores surfean. El imperio se desintegró, las colonias se independizaron y la marina perdió relevancia. Entonces aparecieron José Mourinho y Cristiano Ronaldo para recordarles a los portugueses que todavía era posible dirigir grandes escuadras europeas y conquistar territorios, aunque fueran áreas rivales.

Portugal es un país extraordinario. No por grande, rico o poderoso. Tampoco porque haya ganado guerras, liderado revoluciones tecnológicas o inventado instituciones universales. Portugal es extraordinario porque logró convertir la nostalgia en un modelo de desarrollo.

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Ronaldo representa una mutación de la identidad nacional. Durante siglos, Portugal admiró a poetas y héroes melancólicos que aceptaban con dignidad los límites de la condición humana. Ronaldo decidió ignorar la tradición. Es quizás el portugués menos saudoso de la historia. Mientras el país cultivaba la nostalgia, él cultivaba abdominales.

La relación de Portugal con los mundiales es reveladora. Como desde hace dos décadas, su selección llega al actual con una mezcla de optimismo racional y ansiedad existencial. Sabe que le sobra talento para derrotar a cualquiera, pero sospecha que también podría ser eliminado por cualquiera. Como en la Eurocopa de 2004, que organizó para ganar y, después de derrotar a España, Inglaterra y Holanda, terminó perdiendo... ¡contra Grecia! En 2016, en París, se desquitó y salió campeón. Segundo, Francia.

Los portugueses observan cada mundial como a su propia historia: convencidos de que la gloria es posible y atemorizados por dejarla escapar. Son el único país capaz de sentirse simultáneamente favorito y pobrecito.

En cierto sentido, Portugal se parece a una versión futbolística de sí mismo. Demasiado pequeño para dominar el sistema internacional, demasiado competente para ser irrelevante. Como el Yáñez de Sandokan, no puede imponer las reglas pero influye sobre quienes las escriben. Carece de la escala de Alemania, Francia o Inglaterra, pero compensa con inteligencia, esfuerzo y la capacidad de aparecer donde nadie lo espera.

Los países grandes confunden tamaño con importancia; Portugal simboliza lo contrario. Abrió rutas oceánicas, sobrevivió a la pérdida de un imperio, construyó la primera democracia de la tercera ola y produce futbolistas que emocionan a millones de personas – y valen millones de dólares.

No está mal para un país que, después de descubrir el mundo, decidió recostarse a contemplarlo desde la playa.

España heredó el síndrome imperial y Portugal desarrolló la saudade. Los españoles siguen creyendo que deberían gobernar el mundo; los portugueses sospechan que alguna vez lo gobernaron.